Victimismo e hipocresía social

Como es bien sabido, la sexualidad es terreno escurridizo. Lo que hace unas décadas era motivo de preocupación social, escándalo o incluso delito (relaciones prematrimoniales, homosexualidad, pornografía…) hoy la sociedad española lo contempla con la mayor indiferencia. Somos, como bien sabemos, una sociedad en la que rige la ley del péndulo: tradicionalmente hemos sido los más conservadores e intransigentes en cuestiones de moral social, mientras que ahora, para no quedarnos atrás, hemos pasado a convertirnos en una de las sociedades más liberales (y libertinas) del mundo. Nuestra mentalidad pendular arrasa. Cuando dominaba el conservadurismo moral, al discrepante se le demonizaba o directamente se le encarcelaba. En el medio liberal-libertino actual, al discrepante se le ridiculiza, estigmatiza o simplemente se le ignora. Tenemos una fuerte tendencia al pensamiento único. Cuando se impone una lógica social, del signo que sea, al discrepante se le silencia. Por eso es tan peligroso la entrada de una nueva moda cultural en España, pues puede barrer con cualquier atisbo de crítica o discernimiento.

Victimismo e hipocresía socialNo ocurre así en EEUU, de donde ya importamos no solo el Burguer King, el UPS y el Halloween, sino también, y cada vea más, sus llamadas guerras culturales. Una de ellas, quizás la más encarnizada, es la que se libra en torno al comportamiento sexual.

La feministas radicales, cuya biblia son los libros de Catharine MacKinnon y la ya desaparecida Andrea Dworkin entre otras, en extraña alianza con la América puritana, llevan años promoviendo una exitosa campaña internacional contra el hombre. No contra el machismo, sino contra el hombre. En sus escritos, Dworkin afirma repetidamente que está en la naturaleza sexual del hombre el deseo de aterrorizar y someter a las mujeres. También afirma que las mujeres que consienten en algunas actividades sexuales con los hombres están siendo objeto de sometimiento y abuso sin ellas mismas saberlo.

Hace años, a petición de autoridades locales del estado de Minnesota, Dworkin y MacKinnon redactaron varias proposiciones de ley según las cuales cualquier mujer que hubiera participado en una producción pornográfica, incluso si había firmado voluntariamente un contrato y había recibido dinero a cambio, podía posteriormente denunciar al productor por abuso sexual. Tales propuestas, con el apoyo de las fuerzas conservadoras, llegaron a convertirse en ley en algunos casos, si bien fueron después recurridas y anuladas por los tribunales. En el caso de Canadá y otros países, las feministas radicales (nombre por el que es conocido el movimiento) han logrado que se impongan fuertes limitaciones legales para la producción y difusión de material pornográfico.

El feminismo radical ha sido duramente criticado por otros sectores feministas por promover una mentalidad de victimismo en las mujeres, y por reducirlas al papel de niños que no saben lo que hacen, incluso cuando voluntariamente firman un contrato. Ejemplo de las reacciones que está provocando el puritanismo victimista es el manifiesto hecho público en Francia firmado por Catherine Deneuve y otros intelectuales nada sospechosos de machismo o connivencia con violadores.

Tácticamente asociada a esos planteamientos del feminismo radical hay una América puritana, cuya base es el protestantismo militante y tradicionalmente anticatólico, que mantiene viva (y cada vez más activa) su cruzada contra el movimiento de liberación sexual. Dentro de esta cruzada se han hecho frecuentes los maratones de virginidad, que llegan a reunir en grandes estadios a decenas de miles de jóvenes de ambos sexos que prometen colectivamente mantenerse vírgenes hasta el matrimonio. Dentro de este marco cultural, la justicia norteamericana tiene ya larga experiencia cuando se presentan denuncias de tinte victimista. Son muchos los estudios psicológicos que se han realizado sobre este asunto, precisamente a raíz de los excesos del feminismo radical. El concepto de regrets desempeña un papel importante a la hora de juzgar estos casos.

Los sentimientos de regret (lamento, deseo de echar marcha atrás en lo ya se ha hecho por no ajustarse a la idea que queremos tener de nosotros mismos), son frecuentes tanto en hombres como en mujeres, y en el caso de las mujeres a veces pueden derivar en acusaciones injustificadas de abuso sexual. A ello se une frecuentemente el argumento, absolutamente infranqueable, del bloqueo («colaboré en el acto sexual porque tenía miedo y me bloqueé»), argumento que en algunos casos es legítimo pero en otros, dudoso.

Aquí en España, como colonia cultural que somos de EEUU, nos llegan determinados productos culturales que absorbemos de modo acrítico, como una moda más, una moda ideológica, cultural, sin conciencia de las coordenadas que dieron lugar a dicho producto originariamente. Y ello entraña graves peligros. Un país en cuyas playas está prohibido ir sin sujetador y en que en los medios de comunicación, y en particular en los canales de televisión, se censuran sistemáticamente imágenes o alusiones de carácter sexual y se anula con un pitido electrónico cualquier palabra malsonante o alusiva al sexo, y en el que hasta la prensa escrita sustituye esas palabras por asteriscos, es un país que al menos se toma en serio su puritanismo.

Ese tipo de sociedad está muy lejos de la española, en que no hay ningún tipo de restricción en televisión al lenguaje obsceno o de carácter sexual, y en la que se muestran desnudos e imágenes intensamente eróticas en el denominado horario infantil (baste ver algunos de los anuncios navideños de colonias para hombre).

Más aún, incluso en la conservadora España de antaño las relaciones intergeneracionales entre adultos y adolescentes no eran motivo de especial preocupación. Pensemos por ejemplo en Antonio Machado, que a sus 34 años se casó con Leonor Izquierdo, de 15 años, la que sería el gran amor de su vida, y con quien mantenía noviazgo desde un año antes de la boda.

En España los adolescentes de ahora, y desde hace décadas, tienen fácil acceso, y están abiertamente expuestos en muchos casos, a material erótico o pornográfico en internet, en los medios y hasta en la vía pública. Están acostumbrados a la idea, culturalmente asumida, de que en el sexo todo es divertido y que es cosa de retrógrados de otras épocas poner objeciones en ese campo. ¿A qué viene, pues, rasgarse las vestiduras y poner el grito en el cielo cuando descubrimos que los jóvenes y adolescentes hacen precisamente aquello a que se les está continuamente incitando? Por mucho que la ley establezca ahora los 16 años como edad de consentimiento, sabemos, por estudios, que muchos adolescentes españoles de ambos sexos tienen relaciones sexuales cada vez desde edades más tempranas. En EEUU se podrán rasgar hipócritamente las vestiduras y estigmatizar para toda la vida a un joven de 20 o 24 años años por haber tenido relaciones consentidas con una chica de menos de 18. Pero es que allí, insisto, al menos toman medidas serias para proteger esa inocencia o supuesta inocencia de sus adolescentes.

En España, a estas alturas no podemos importar esas actitudes sociales y jurídicas, como si de un Halloween más se tratara. Aquí las coordenadas culturales, para bien o para mal, son otras. Una adolescente o una joven de 15 o 18 años que voluntariamente se posiciona en situaciones y contextos claramente conducentes a una actividad sexual, llamémosla explosiva (y más aún cuando lo hace con otros jóvenes con los que se lleva muy poca diferencia de edad) podrá sentir regrets por lo que ha hecho, pero eso no la convierte en víctima de abuso. ¿Vamos a sumirnos ahora en la rigidez puritano-feminista y sistemáticamente estigmatizar y poner en un registro policial para toda la vida a todo el que se ve denunciado por una joven que habiendo mostrado pleno consentimiento a las relaciones sexuales -e incluso habiéndolas buscado con clara determinación- ahora, arropada por el victimismo feminista y por un repentino puritanismo social, dice haber sido objeto de abuso?

Ese victimismo feminista puede destruir la vida de unos chicos jóvenes y sus familias por haber hecho lo que tantos jóvenes y adolescentes llevan haciendo desde hace décadas en la ultraliberal sociedad española, ante la más absoluta indiferencia social.

Ni que decir tiene que en algunos casos puede producirse auténtico abuso, y ahí habrá que actuar con firmeza. Pero hay que saber discernir muy cuidadosamente antes de dejarse arrastrar por las corrientes del nuevo puritanismo victimista y estigmatizar y arruinar injustamente la vida de unas personas jóvenes.

Juan A. Herrero Brasas es profesor de Ética y Políticas Públícas en la Universidad Estatal de California en Northridge.

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