Vida en clausura

Por Natacha Seseña, historiadora del arte y pertenece a la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid (EL PAÍS, 06/03/07):

La exposición Clausuras, que puede verse en la Academia de Bellas Artes de San Fernando me ha hecho reflexionar y volver a pensamientos ya antiguos, pero no arcaicos. Las monjas de clausura han sido, y quizá son, el ejemplo más laudable de entender la espiritualidad, y constituyen, para quien esto escribe, la mejor muestra de vida interior en búsqueda de lo trascendente en el día a día. El Concilio de Trento reguló la vida cotidiana en los conventos, y sobre todo facilitó y sentó las normas para las representaciones artísticas de lo sagrado, llenando los monasterios, iglesias y conventos de imágenes y cuadros donde fraguó la iconografía barroca, y no sólo la oficial sino la doméstica, que es lo que esta exposición pone de manifiesto.

En la vida conventual todo podía ser objeto de devoción o excusa de mortificación, empezando por las imágenes de los grandes protagonistas: Jesús, María, José -ahora más en primer plano que en épocas anteriores a Trento- y demás santos canonizados. Naturalmente, los personajes citados ocupaban los retablos de los altares, pero también -y ahí está la novedad- entraron en los interiores, en las celdas, con la misma naturalidad con que hoy en día están las fotografías de los nuestros en los ámbitos caseros, y es quizá eso lo que llama más la atención del visitante de hoy, o sea la domesticidad alcanzada por esas grandes figuras protagonistas, si bien reducidas en escala para estar a gusto en las celdas. Así la Virgen María, en tallas de pequeño tamaño con mantos arremolinados en diagonal que no ocultan su embarazo, o la talla de san Joaquín, santa Ana con su hija María niña; o los Niñosjesuses, casi desnudos abrazados a la cruz y vestidos y calzados con primor por la monja, o la Virgen de la leche con corona real de plata pero amamantando al Niño ricamente vestido; o la del lienzo de la Divina Pastora; o una Virgen de las caricias (Glikophilousa) mimando a su hijo con manos enjoyadas siguiendo las estrictas normas de una iconografía estudiada por Réau, de origen bizantino. Toda esta imaginería concebida para facilitar el surgir de una tierna vida interior, quizá teñida de un cierto erotismo al saberse las monjas por causa de lecturas o sermones, esposas o madres del Altísimo.

Las monjas fueron mujeres que decidieron no quedarse en el mundo y no parecerse a aquellas que Luque Fajardo describió en 1603, como “gallardas, es decir, desenfadadas y desenvueltas, que hacen ventana, hacen visitas y llevan el manto al hombro…”, una gallardía que hoy la historia enseña como el despertar de las mujeres a la modernidad. Lento despertar, sin embargo. Nunca un retrato de una monja se ha hecho asomada a una ventana. No. La postura debía ser sentadas con recogimiento, en estancias de poca luz y en las manos un libro o devocionario. Así pintó Rubens de manera espléndida a Sor Ana Dorotea de Austria, hija bastarda del emperador Rodolfo II y de su amante Catalina de Estrada. Retrato que se exhibe en esta exposición. Poco sabemos de ella, pero seguramente, y como se decía antes, la “metieron a monja”.

Por el atrezo que se exhibe en Clausuras de lozas y relicarios no vivían mal las monjas, aunque no tuvieran ventanas. Tengamos en cuenta que entre las mujeres llamadas al servicio divino, hubo muchas dotadas de inteligencia, saberes, y curiosidad intelectual, que prefirieron la soledad conventual para poder escuchar ideas dichas por sus confesores o escritas en libros, a ser solamente, con bastante frecuencia, mujeres-madres no tenidas en cuenta en la sociedad civil o ayunas de diálogos enriquecedores.

Las mujeres nobles tenían, además, el convento como lugar confortable en la viudedad, en la orfandad o en el desamor, de ahí que en Madrid podamos presumir de conventos magníficos de fundación real o noble. Quizá al joven ciudadano medio, carente de la cultura general que proporciona la historia de las religiones, le sorprenda esta exposición de la Academia de San Fernando.

El claustro, para la mayoría de los frailes y las monjas, era una carrera, una profesión, una salida. Naturalmente que no eran infrecuentes las vocaciones auténticas porque el temple, el aire del siglo, era religioso como el de nuestros tiempos es científico y técnico. Muy bien lo dice Octavio Paz en su extraordinario ensayo sobre la extraordinaria Sor Juana Inés de la Cruz, cuando advierte que la vocación religiosa proveía ocupación y destino a miles de mujeres (y de hombres) que de otra manera se habrían encontrado sin acomodo, siendo, además una manera de respuesta social a través de la beneficencia, la caridad, y la enseñanza que las distintas Ordenes ejercían. Reconozcamos esto.

Al entrar en la exposición Clausuras, donde un montaje bien pensado nos traslada a lo monjil a través de una celosía, vemos las obras de arte: ese retrato de Rubens ya citado, o la Santa Humbelina de Angelo Nardi, o cómo Juan Carreño de Miranda reunió en un retrato a cinco monjas de distintas cronologías a la manera de las sagradas conversaciones, o las tres profesas de autor anónimo donde aparecen tres monjas de distintas épocas pero nobles y que se guarda en las Descalzas Reales de Madrid. Merece citarse un retrato funerario, anónimo, del XVII. Del monasterio del Corpus Christi ha salido para esta exposición un Cristo yacente de Francisco Camilo que impresiona por la elegancia del cuerpo muerto y el realismo de las heridas que incitan a una piedad compasiva.

Pero todo no era sacrificio y renuncias, ya que cuando se celebraban los grandes días de solemnidad religiosa, también había festejos del siglo como comidas, cantos, bailes, y hasta representaciones teatrales, y no faltaban las visitas. Las monjas no perdían sino que aumentaban lo que era característico de sus “hermanas en el mundo” como hacer dulces, potajes, licores, si bien en estas labores caseras eran ayudadas por el gran número de monjas legas, discretas o depositarias que servían a las profesas, para no distraerlas de su vida contemplativa. Como las señoras, las monjas bordaban, pero en su caso eran pequeñas túnicas y minúsculas sandalias que hacían para sus niños jesuses e imágenes vestideras.

A la lectura de obras espirituales las monjas dedicaban horas, sacando temas para sus meditaciones y sus propios escritos, porque escribían mucho, y todo se lo comentaban a sus confesores, con resultados no siempre justos para ellas, puesto que algunos de ellos los publicaban más tarde con su propio nombre, como demostró Isabel Barbeito.

En esta interesantísima y recomendable exposición sólo se echa en falta, no obstante, la inclusión de algún hábito, manto o toca, así como algún búcaro de barro de los expuestos en el Palacio Real, hace algún tiempo. La costumbre de comer búcaro, que tanto escandalizó y divirtió a Madame D’Aulnoy en su libro de viaje por España, a fines del XVII fue frecuente entre las mujeres como demostré en su día. Aparte de beber agua fresca siempre perfumada, las mujeres comían el borde de los búcaros hechos pedacitos para hacer más llevadera su vida de aislamiento y favorecer sus milagros visuales, si eran monjas, o charlar y divertirse más en las visitas si estaban en el siglo.