Vida en Trappist-1

EL ser humano lleva mucho tiempo preguntándose si está solo o acompañado en el Universo. El reciente descubrimiento de la estrella fría Trappist-1, con su cortejo de siete planetas más o menos parecidos al nuestro, ha vuelto a disparar las esperanzas de encontrar vida extraterrestre. Hay que reconocer que la mera posibilidad ya resulta fascinante, pero conviene hacer algunas consideraciones para evitar desengaños. De entrada, la aparición de los seres vivos que conocemos, seguida de la diversificación de las especies hasta el inverosímil homo sapiens, es un fenómeno complejísimo, un milagro dentro de otro, imposible si nuestro Universo no fuera realmente especial. Bastaría con que una sola de las constantes cosmológicas –la velocidad de la luz o la masa de un electrón, por ejemplo– hubiera sido ligerísimamente diferente para que no se hubiera podido formar ningún planeta capaz de albergar vida.

¿Qué sucedió en realidad? Nadie lo sabe. Nuestro planeta se formó hace casi 5.000 millones de años. Un día, mil millones de años más tarde, en las sombrías aguas que recubren su superficie, surgen ínfimas y extrañas criaturas, nuestros antepasados más remotos: las bacterias. Unicelulares y sin núcleo, son el origen de la vida y de su increíble evolución. Hoy tenemos catalogadas cerca de 2.000 millones de especies vivas, no descartamos que pueda haber 50.000 millones, y suponemos que el 99 por ciento de las especies que han vivido en la Tierra han desaparecido sin dejar rastro.

¿Cómo empezó esa explosión de vida? «De todos los misterios de la ciencia, quizá el origen de la vida sea el más importante y el más difícil, sin solución a la vista». Son palabras del bioquímico Franklin Harold, en su libro «The way of the cell». ¿Por qué esa dificultad? Porque «se pretende descubrir algo que sucedió en un pasado extraordinariamente remoto, en circunstancias difícilmente imaginables. Por eso, conviene repetir que sabemos muy poco con certeza». Daríamos un paso de gigante en nuestro conocimiento del fenómeno biológico si lográramos sintetizarlo en el laboratorio. Pareció que lo habíamos conseguido en 1953, un annus mirabilis, marcado por la coronación de la Reina Isabel II y del Everest, la muerte de Stalin, el descubrimiento de la estructura del ADN y el espectacular experimento de Stanley Miller.

Cualquier bachiller sabe que el célebre científico logró en su laboratorio un caldo de aminoácidos análogos a los que constituyen los seres vivos. La prensa de la época hizo creer que solo hacía falta agitar un poco los matraces para que de ellos saliese, arrastrándose, la vida. El tiempo ha demostrado que el asunto no era tan simple. Hoy no estamos más cerca de sintetizar vida, y estamos mucho más lejos de pensar que podemos hacerlo. En 1998, Miller reconocía que «no sabemos cómo era exactamente la Tierra hace 4.000 millones de años, así que nunca tendremos pruebas directas de si las cosas ocurrieron de uno u otro modo». Estudios recientes han demostrado que la atmósfera primitiva era oxidante, no reductora, como pensaban Miller, Haldane y Oparin.

A pesar de estos desalentadores resultados, la opinión pública tiende a pensar que, por ser la Tierra un punto insignificante en la inmensidad del Universo, la probabilidad de que exista vida en exoplanetas es alta. Muchas revistas de divulgación refuerzan ese convencimiento, al recordar de forma periódica que en nuestra galaxia hay cientos de planetas con las condiciones necesarias para que haya vida: una estrella similar al sol, que proporciona energía y es centro de un sistema planetario con órbitas regulares; una masa suficiente para que su gravedad retenga el agua y la atmósfera; un disolvente universal como el agua; giro de rotación para diferenciar la noche y el día.

Todo este planteamiento es muy interesante, pero olvida algo fundamental: que la existencia de seres vivos –inteligentes o no– no es un problema de condiciones, sino de causas. Las causas intervienen directa y activamente en la producción de los efectos, mientras que las condiciones lo hacen de forma indirecta y pasiva. Cuando abro la ventana oigo las voces y los ruidos de la calle, pero la ventana no es la causa de esos sonidos, sino la condición de que se oigan o no se oigan en mi habitación.

Conviene repetir que las condiciones para que exista la vida no son las causas de la vida, y por eso debemos subrayar que la distancia entre un planeta habitable y un planeta habitado es enorme. Un último ejemplo puede ser definitivo para el lector de estas líneas: el papel de periódico presenta todas las condiciones para ser impreso, pero sin una causa externa al papel, la aparición de un solo ejemplar impreso no parece ni remotamente posible. Y es que las causas no obedecen a la casualidad, sino a la inteligencia.

José María Eiros, catedrático de Microbiología de la Universidad de Valladolid, y José Ramón Aylón, profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra.

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