Vida íntima de un laboratorio

Los científicos tenemos en el resto de la sociedad una imagen un poco estereotipada. Estas visiones van desde el sabio loco de la película El jovencito Frankenstein o el doctor Heinz Doofenshmirtz de los dibujos animados de Phineas y Ferb, hasta las hagiografías de Marie Curie o Santiago Ramón y Cajal. La realidad es quizá un poco mezcla de todas estas cosas, pero me gustaría explicarles cómo suele ser la trayectoria vital de un investigador y cómo funciona por dentro un laboratorio. Lo siento, pero habrá pocos detalles jugosos porque no se trata de un libro de Valérie Tasso, aunque pasar tantas horas juntos ha generado muchas historias de amor y desamor.

Lo explicaré desde el punto de vista de la investigación biomédica, que es lo que conozco más, aunque podría adaptarse a otros ámbitos con modificaciones. Todo empieza con la carrera universitaria, que puede ser variada aunque la mayoría de los jóvenes investigadores vienen de la bioquímica, la biología y la biotecnología, seguidos por médicos, farmacéuticos, químicos y veterinarios. Aunque durante la formación universitaria algunos de ellos empiezan a trastear por los laboratorios, durante esta etapa es clave que estudien y saquen buenas notas, que les permitirán disfrutar de becas. Una vez licenciados, comienza el periodo de la tesis doctoral, que suele durar de tres a cinco años y donde el chico o chica pone sobre todo las manos para hacer los experimentos, aunque hoy en día muchas cosas se hacen de forma bioinformática. Esta fase concluye con la obtención del título de doctor en un acto que en los países mediterráneos parece más una comunión o una boda que un evento académico. Como mínimo, te ahorras pagar al fotógrafo y hacer poses de enamorado en el parque Güell.

En este momento, las personas inician su etapa de investigador posdoctoral. La mayoría desarrollarán esta tarea fuera de nuestras fronteras, esparcidas por Estados Unidos y por Europa principalmente. En EEUU suelen preferir la costa este (Nueva York, Boston, Washington, Filadelfia y Baltimore) o la costa oeste (San Francisco, Los Ángeles, San Diego). Solo algunos osados se internan hacia el centro, abajo (Houston) o arriba (Chicago). En el caso de Europa, los destinos de interés científico y turístico preferidos son Inglaterra (Londres, Cambridge) y Alemania (Heidelberg), y aquí los catalanes añaden Francia (París, Montpellier).

En promedio, el periodo posdoctoral dura de tres a seis años, y después de ese tiempo llega la época de las decisiones: unos se quedan por más tiempo en estos países en posiciones más estables y otros vuelven a sus lugares de procedencia. Estos últimos son los que empiezan a tenerlo más difícil. Te puedes reincorporar para hacer un segundo periodo posdoctoral como investigador asociado a un grupo ya formado o convertirte en un jefe de grupo (un jefe, dicho llanamente). Todo depende del currículo hecho, los contactos establecidos, las posibilidades de financiación y el carácter más o menos emprendedor de cada uno. Si siendo un investigador posdoctoral tu investigación implicaba manos e ideas, cuando te conviertes en jefe de un grupo te ves abocado a renunciar a la parte más de batalla, y la ocupación principal es el diseño de los proyectos, el seguimiento de los resultados, la elaboración de los artículos que explican los hallazgos, su exposición pública y la obtención de recursos para continuar investigando.

Las posibles fases posteriores para algunos de estos investigadores principales, como también se llaman, es convertirse en directores de programas de investigación, departamentos o centros de investigación. Aquí acaba todo, excepto para aquellos que luego se dedican puramente a la gestión y la política científica.

El día a día de un laboratorio se lo pueden imaginar como cuando iban a la escuela de pequeños. El maestro pone los deberes y unos los hacen y otros no, unos los hacen mejor y otros peor. Hay estudiantes aplicados y otros que te preguntas qué hacen allí. También hay procesos de selección natural darwiniana donde los más preparados salen adelante y otros se quedan. Sin embargo, a pesar de las típicas miserias de la vida diaria suele reinar un ambiente de curiosidad por saber más cosas y un espíritu vocacional por el trabajo que se hace.

El buen investigador no ha acabado de matar al niño que fue y se pregunta por muchas cosas. El buen investigador no mira constantemente la hora. La investigación biomédica es una actividad que ha generado miles de puestos de trabajo en Catalunya de forma directa e indirecta y ha atraído millones de euros hacia nuestro país. Debemos cuidarla. Y al terminar su larga jornada, el investigador debería poder tomarse un refresco en su cafetería preferida de la plaza de Urquinaona sin encontrársela quemada. Pero esa ya es otra historia.

Manuel Esteller, médico, Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *