Vientos de guerra contra Irán

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 20/01/07):

Mientras el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, se paseaba por América Latina, el patio trasero del coloso del norte, en un periplo provocador y con declaraciones odiosas sobre Israel y el Holocausto, los responsables israelís y norteamericanos volvían a suministrar el material suficiente para alimentar en la prensa los rumores recurrentes de un eventual ataque combinado con el objetivo de destruir las instalaciones nucleares iranís e impedir o al menos demorar la fabricación de la bomba atómica, incluyendo en el relato hasta el tipo de aviones invisibles que serían utilizados en la arriesgada operación.
Abrió fuego el vicepresidente Dick Cheney, reputado el más duro del elenco de la Casa Blanca, que, además de viajar a Arabia Saudí, aliado tradicional e imprescindible aunque incómodo, acuñó el neologismo de “la amenaza multidimensional” para referirse de manera conminatoria a los presuntos designios expansionistas de los ayatolás de Teherán, que se concretan en el ardor ideológico-teocrático y la proliferación de armas y grupos armados en el llamado arco chií, que va desde el Líbano a Irán, pasando por Siria, Irak y el golfo Pérsico.
Interrogada en un canal de la televisión israelí, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, lejos de recusar el envite, señaló que las lucubraciones sobre un bombardeo contra Irán confirmaban el riesgo de un fracaso diplomático en el intento de persuadir a Teherán de que debe detener el enriquecimiento del uranio que precisa para fabricar una bomba. Casi al mismo tiempo, el nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, durante su escala en Bruselas de camino para Kabul, lanzaba una severa amonestación a los iranís para tranquilizar a las monarquías sunís del golfo Pérsico. “Deseamos comunicar a los estados de la región que vamos a permanecer allí por mucho tiempo”, garantizó el jefe del Pentágono.
Todas esas declaraciones resumen la posición de Washington: la prioridad de una solución diplomática, pero sin descartar una opción militar que podría ejecutarse con la cooperación de Israel. Hasta ahora, nadie ha desmentido las detalladas informaciones de The Sunday Times la semana pasada sobre los planes secretos israelís para lanzar un ataque preventivo con armas nucleares tácticas, siguiendo los patrones del que en 1981 sirvió para destruir un reactor nuclear en Irak. También sugieren Rice y Gates que la quimera de una democratización de Oriente Próximo, el gran pretexto de los neoconservadores, ha sido arrojada al basurero de la historia y sustituida por la protección de los amigos de siempre, la mayoría de ellos al frente de regímenes detestables, pero asentados sobre el maná-polvorín petrolero.

EL PRESIDENTE Bush y sus consejeros de seguridad, sin embargo, están lejos de haber alcanzado el consenso. Mientras algunos presionan a favor de unirse a los halcones israelís, otros arguyen en contra de una nueva aventura militar, subrayando sus riesgos inherentes: las probables represalias iranís, la caída de algunos gobiernos amigos en medio del caos y la cólera musulmana, la nueva fractura transatlántica, la repulsa casi unánime en la ONU por la vulneración flagrante de la ley internacional y, sobre todo, el precio del petróleo disparándose hasta los 150 dólares el barril como anticipo de una crisis económica mundial.
La retórica belicosa está de nuevo en los periódicos, pero también en la realidad. La detención de seis iranís por las tropas norteamericanas en la ciudad iraquí de Erbil coincidió con el anuncio de que el portaviones estadounidense Stennis y su grupo de combate se unirán al Eisenhower y su escolta de cruceros en el mar Arábigo a principios de febrero, en singladura intimidatoria, a sabiendas de que la guerra con la República Islámica será inevitable si se atacan sus instalaciones nucleares. Teherán, a su vez, anunciaba la compra de importante material ruso antimisiles, como si viviéramos un nuevo episodio de los peligrosos equilibrios de la guerra fría al borde del abismo.

LA SUGERENCIA de abrir el diálogo con Siria e Irán, como proponía el informe Baker-Hamilton, fue rechazada airadamente por el presidente Bush, que acusó a los dos países de “permitir que los terroristas e insurgentes utilicen sus territorios” para atacar dentro de Irak, y el primer ministro israelí, Ehud Olmert, se apresuró a desmentir un esperanzador acuerdo indirecto con Siria para no contradecir el discurso del protector norteamericano. Y si es cierto que después de las leves sanciones de la ONU, según la resolución del 23 de diciembre, la diplomacia tiene aún un largo camino por recorrer, no lo es menos que vientos de guerra soplan con fuerza en Washington.
La escalada militar en curso y la probable extensión del conflicto tropezarán no solo con el obstáculo de un Congreso con mayoría, aunque precaria, del Partido De-
presidente del Council on Foreign Relations, insiste en que “la era de EEUU en Oriente Próximo ha terminado” y que ha llegado la hora de retornar a la diplomacia, el multilateralismo y la cura de la bulimia energética. La réplica del Gobierno de mócrata, sino también con las sombrías reflexiones de la comunidad intelectual. Así, el respetado analista Richard Haass,Bush es que Europa no ha comprendido la dimensión de los desafíos y que no puede dar lecciones mientras los norteamericanos sigan poniendo el dinero, las armas y los muertos.