Viernes Santo, el Evangelio en la calle

Desde mi llegada a Sevilla hace tres años han sido muchas las ocasiones en las que me han preguntado si, a mi juicio, las Hermandades y Cofradías siguen teniendo vigencia, si siguen teniendo sentido las manifestaciones de la piedad popular, en concreto las estaciones de penitencia de la Semana Santa andaluza, que en opinión de algunos tendrían escaso provecho pastoral. Como es imaginable, mi respuesta siempre ha sido positiva. Sin ningún tipo de restricciones mentales he afirmado que las Hermandades y sus manifestaciones de fe, tan queridas por millones de andaluces y españoles, siguen teniendo sentido. Es verdad que en el inmediato posconcilio no faltaron voces que afirmaban que su ciclo vital estaba periclitado. Supuestamente habrían cumplido una etapa importante en la vida de la Iglesia, pero ahora estarían condenadas inexorablemente a desaparecer. Hoy nadie se atrevería a hacer estas afirmaciones. Nacidas en la Baja Edad Media, han sido las primeras formas de organización del laicado católico, desarrollando a través de los siglos una función importantísima en la piedad, en el apostolado y en la dimensión asistencial y caritativa.

Es cierto que en las últimas décadas han surgido nuevas formas de asociacionismo católico, de gran vigor apostólico, que hemos de acoger con gratitud porque son manifestaciones del Espíritu para el bien de la Iglesia. Me refiero a los llamados Nuevos Movimientos, que son fuente de firme esperanza. Pero esto no quiere decir que debamos despreciar u olvidar los carismas «antiguos» que, a pesar del paso de los siglos, en muchos casos han sabido conservar hasta hoy una extraordinaria vitalidad. La Iglesia debe acoger todos los carismas, cumpliendo así la sentencia del Señor cuando nos habla de aquel padre de familias que «saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas». La madre Iglesia debe acompañarlos a todos, pues son un don del Espíritu Santo al servicio de la evangelización. En la viña del Señor, y más en los tiempos recios que nos ha tocado vivir, no sobra nadie. Todos somos necesarios.

A lo largo de la historia de la Iglesia, las Hermandades y Cofradías han sido escuelas populares de vida cristiana, palestras de formación, yunque de espíritu apostólico, impulso de servicio a los pobres, cauce de presencia confesante de los católicos en la vida pública y «talleres de santidad», en frase preciosa del Papa Benedicto XVI. Todo ello es hoy más necesario que nunca. Bien lo saben los pobres, los parados y las víctimas de la crisis económica socorridas en tan gran número por la caridad ejemplar de nuestras Hermandades. No cabe, pues, despreciar estas instituciones como si fueran una antigualla o un producto religioso de menor calidad y de escaso interés pastoral. Por ello, un pastor de la Iglesia, responsable y consciente de su misión, debe apoyar, acompañar y amar estas instituciones, pues son un cauce no desdeñable de vida cristiana para millares de fieles.
Me refiero ahora a un aspecto de la vida de estas corporaciones de especial actualidad en los días santos que estamos celebrando y muy especialmente en este día de Viernes Santo: estas instituciones, con sus actos de culto y sus manifestaciones públicas de piedad, han sido y siguen siendo manantial inagotable de evangelización y de educación en la fe, «el Evangelio en la calle», la buena noticia de la salvación, el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado que la piedad popular expresa con suprema belleza y plasticidad en tantos lugares de España. En estos momentos, nuestra Iglesia está haciendo un esfuerzo importante por redescubrir la dimensión catequética de sus bienes artísticos y culturales, nacidos primariamente para la gloria de Dios, pero también para la evangelización, para ser, en frase del Papa San Gregorio Magno, el Evangelium pauperum, que no significa tanto el Evangelio de los pobres cuanto el Evangelio en piedra, en madera o en metal para la evangelización de los iletrados, de los que no sabían leer o escribir, que en el siglo VI, cuando escribe San Gregorio Magno, en la Edad Media e incluso en épocas posteriores, eran la mayoría.

En una época como la nuestra, en la que se ha ido debilitando la transmisión de la fe en la familia y en la escuela; en una época como la nuestra, caracterizada por una secularización que avanza a una velocidad de vértigo y en la que el silencio sobre Dios es cada vez más espeso; en una sociedad como la nuestra, en la que la cultura laicista pretende arrojar a Dios de la vida pública y arrancarlo del corazón de los pueblos; en una época como la nuestra, en la que tantos hombres y mujeres han perdido la experiencia de Dios y en la que Dios ha desaparecido del horizonte de la vida diaria para tantos contemporáneos nuestros, los cristianos no podemos desaprovechar ninguna ocasión para evangelizar.

Nada necesita con más urgencia el hombre de hoy que a Jesucristo, el único que puede dar respuesta a los grandes problemas de nuestro mundo: las desigualdades entre el hemisferio norte y el hemisferio sur, los atentados contra la vida naciente o en su ocaso, la violencia doméstica, el terrorismo, el nihilismo de tantos jóvenes sin horizontes y sin ideales, la soledad y la angustia de tantos hermanos nuestros, el hambre, la pobreza y el sufrimiento de las víctimas de la crisis económica. «La evangelización —nos dijo el papa Pablo VI— constituye la dicha y la vocación de la Iglesia, su identidad más profunda». Él nos dijo también, y nos lo han recordado repetidas veces Juan Pablo II y Benedicto XVI, que la Iglesia vive para evangelizar, que la razón de ser de sus instituciones y de sus miembros, también de la piedad popular, no puede ser otra que el anuncio explícito de Jesucristo vivo, único salvador y redentor, único camino, verdad y vida para el hombre y única esperanza para el mundo.

Por ello, bienvenidas sean las hermosísimas estaciones de penitencia de este Viernes Santo, pues sus magníficos pasos y sus sobrecogedoras imágenes, es decir, la belleza nacida de la fe y del manantial límpido y fecundo del Evangelio, tienen un valor evangelizador incontestable. Lógicamente, todos deberíamos hacer un esfuerzo tan grande como fuera posible para que los valores culturales y la belleza que encierran las manifestaciones de la piedad popular no solapen, secularicen o vacíen de contenido la identidad religiosa que les es consustancial, pues tales manifestaciones son primariamente actos de piedad y de penitencia, de catequesis y evangelización, y también llamada a la conversión, pues la contemplación de un Cristo barroco sevillano, lacerado, descoyuntado y exangüe, en el silencio de la noche de nuestro Viernes Santo, solo entrecortada por las marchas procesionales o el quejido lastimero de las saetas, nos interpela, conmueve y suscita en nosotros la compunción del corazón. De forma análoga, y con vistas a la transmisión de la fe a los niños, tales manifestaciones pueden ser estimables ayudas para introducirlos en los misterios principales de nuestra fe.

Otro tanto cabe decir en relación con el anuncio de Jesucristo a los no creyentes y a los no practicantes, que contemplan nuestras estaciones de penitencia. La belleza, tantas veces deslumbrante, de las manifestaciones de la piedad popular en Sevilla, en Andalucía y en España entera es por sí misma un puente tendido hacia la experiencia religiosa. Contemplándola será posible encontrar el camino hacia el esplendor de la belleza, la verdad y la bondad que solo se encuentran en Cristo, único salvador y redentor, la única vía que nos lleva a la libertad, a la comunión y a la felicidad.

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla (ABC, 06/04/12).

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