Vindicación de la Filosofía

Acaba de anunciarse a bombo y platillo un acuerdo en favor de la obligatoriedad de la enseñanza de la Filosofía en nuestras aulas escolares de los últimos cursos. Este anuncio supone un buen augurio, entre tanta sinrazón y mediocridad. Para saludar sus balbuceantes pasos exponemos, aquí, algunos argumentos en pro de la conveniencia de un planteamiento aquilatado de lo filosófico entre nosotros.

Primero, advirtamos que no debería tratarse tanto de enseñar unas u otras ideas filosóficas particulares, de acuerdo al albur de las respectivas preferencias de nuestros representantes políticos, ya sean estas más platónicas o aristotélicas, más idealistas o realistas, etc. Sobre todo, hay que enseñar y aprender a filosofar. Pensadores españoles como López Quintás insisten en la urgencia de educar para pensar con rigor, Marina en el desarrollo de una inteligencia creativa, Gomá en el afán por la propia ejemplaridad. Así, antes que aprovechar la ocasión para llenar las mentes con determinadas ideas, lo que nos enriquecería de verdad estriba en formar el hábito de reflexionar cada cual por sí mismo. Si lo logramos, habremos puesto esa piedra angular del único edificio apto para resistir los embates de la asediadora y omnipresente manipulación: la forja de un juicio propio. Alcanzarlo reclama dialogar con los grandes pensadores de todas las épocas; mas calibremos el riesgo que existe, y tanto se prodiga, de incurrir en selectivas exclusiones y flagrantes olvidos.

Debe aplaudirse esta pujante vuelta al escenario social de la Filosofía, que nos llega en forma de nuevos contextos en los que se dice valorarla, como las grandes tecnológicas o las organizaciones entregadas al análisis y la innovación. Esto, pues filosofar no es jamás una actividad superflua, banal. La Filosofía representa una honda y fértil vocación humana. El filosófico no es un saber periclitado u obsoleto, que pertenezca al pasado ni que resulte vano o estéril. Lejos de ello, la actividad filosófica enriquece nuestra existencia desde lo más profundo. Frankl mostró que todo humano constituye un ser en busca de sentido. Atestiguó que este esfuerzo contribuye a nuestra realización, a la lucha personal por vivir humanamente en medio de las dificultades que nos cercan. Con esto, no arribó a un continente nuevo, sino que redescubrió el fecundo territorio que ya antes Séneca o Boecio, junto a tantos otros, habían explorado.

A pesar del incipiente pacto, no son pocos quienes niegan el valor de la Filosofía o que le restan importancia. Demasiados relegan lo reflexivo al destierro, por juzgarlo fútil. Yerran, y no sólo debido al conocido aserto de que nada hay más práctico que una buena teoría. La Filosofía supone una magnífica escuela de reflexión. Aunque insistimos en que requiere mucho más que un mero compromiso formal en su favor. Junto a la confluencia en la reivindicación, se exige responder interrogantes como: ¿Qué debe aportar el conocimiento filosófico que se pretende facilitar? ¿Cuáles son los cauces y contenidos que han de auspiciarse al enfocar estos estudios y extraer todo su fruto? ¿Qué proyecciones personales, profesionales o sociales puede alcanzar esta formación?

Son cuestiones que piden una reflexión serena, que no está garantizada por el mero hecho de este embrión de acuerdo. Porque está muy bien restaurar el aprecio de la Filosofía en las aulas. Pero aun importa más que acertemos a plantear su regreso en las condiciones y con los planteamientos que posibilitan su auténtica fecundidad. El verdadero desafío radica en hacer de la Filosofía ese ámbito de reflexión y maduración que resulta esencial para orientar la existencia hacia los grandes valores y encontrarse con los otros, según los fundamentos de una realización integral.

La Filosofía nos ayuda a abordar preguntas de calado, a ejemplo ayer de Sócrates o Kant, y hoy de Savater o Sandel. Pero no olvidemos que demanda un cultivo adecuado, cuidadoso. Reconozcamos que las respuestas o referencias proporcionadas por su medio también cuentan. Por eso, no debe verse instrumentalizada en manos de ideólogos e interesados oportunistas, resueltos a utilizarla como caballo de Troya de lo políticamente correcto, de las consignas populistas o individualistas, de los fanatismos de uno u otro signo, revestidos con su capa de cordero.

No se vea en esto falta de entusiasmo hacia las medidas anunciadas, en pro de lo filosófico, por nuestros políticos. Quede asentado el hondo convencimiento de los irrenunciables valores que la Filosofía está llamada a aportar. Hasta osaremos anhelar el que su fértil semilla crezca pujante en el humus de la universidad, el trabajo o los media (se agradece la acogida de ABC a la reflexión, que atestiguan las firmas antaño de Marías, hogaño de Albiac y Sánchez Cámara, entre tantos). Mas, para que este supuesto rescate político de la Filosofía llegue a buen puerto, advirtamos lo complejo y exigente que late en el reto.

Javier Barraca Mairal, profesor titular de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos.

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