Vindicación de Teresa de Jesús

Me referí en estas misma páginas de La Vanguardia, en mi última colaboración quincenal, a la conmemoración del quinto centenario del nacimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada, aunque sin centrarme en su obra. Por el contrario, anduve por las ramas de sus esparcidas reliquias, por eso ahora, a petición de algunos lectores, me propongo tratar de su persona y de sus escritos. Nada mejor para ello que comenzar por alejarla de los tópicos rancios que, con tanta frecuencia, han acompañado y empañado su figura hasta hoy mismo, tal vez como secuela de algunas interpretaciones manidas que hicieron fortuna durante el franquismo. Así, para unos, pretendidamente progresistas y anticlericales era una beata histérica que tuvo amores con san Juan de la Cruz. Para otros, conservadores católicos, el misticismo teresiano sobresalía sobre cualquier otra de sus características e incluso era tenida por el paradigma de la feminidad. Ambas posturas son, a mi juicio, erróneas. Algo de eso advirtió ya hace muchos años Américo Castro cuando se refirió a “clínica o empíreo”, la dicotomía que había primado en la interpretación de la personalidad de la monja escritora. De ambas hay que arrancarla y solo podemos hacerlo leyéndola, pues en sus textos no solo advertimos que para ella “Dios anda entre los pucheros” sino que muy a menudo la acción, su interés por fundar y reformar, supera a la contemplación.

Al leer a Teresa de Jesús nos damos cuenta de la enorme riqueza de una prosa afectiva, coloquial, dirigida muy a menudo de manera directa a otras mujeres. Prácticamente una novedad en la literatura de entonces. La escritora cuenta con un público adicto, sus monjas, con el que coincide en el modo de expresión y con el que busca la proximidad: “Mejor se entienden en el lenguaje unas mujeres con otras”, escribe en el prólogo de Las moradas. Siempre toma en consideración al destinatario, tanto si se trata de sus confesores como de las carmelitas porque sabe de la importancia de la complicidad y trata de “ir hablando en lo que escribiere”. De ahí el constante tono conversacional no exento de reiteraciones, anacolutos, elipsis, faltas de concordancia, plagado de locuciones y frases proverbiales, con el que intenta sobre todo, que quede claro lo fundamental aun a riesgo de resultar pesada.

El estilo de Teresa vendría, pues, en gran manera, motivado por el destinatario, en especial el público de mujeres, el que más le interesa y al que cree digno de emprender los más difíciles caminos espirituales, algo que por entonces se consideraba impropio de las mujeres y, en cierto modo, ahora también, ya que el veto al sacerdocio, por parte de la Iglesia católica, es sin duda una manifestación más de la creencia de la jerarquía en esa inferioridad femenina.

Si tuviera que recomendar alguno de los textos de la escritora, con la seguridad de encontrar adeptos, optaría, en primer lugar, por sus cartas. Escribió muchas y a destinatarios muy diversos pero las más enternecedoras, espontáneas y bellas son las que dirige a Jerónimo Gracián, carmelita descalzo como ella, con quien mantiene un maravilloso idilio espiritual, no por cierto con San Juan de la Cruz, como muchos han creído de manera errónea. Teresa siente una predilección especial por Jerónimo, que es treinta años más joven y al que conoce cuando ella acaba de cumplir sesenta. Las cartas que le envía no van firmadas con su nombre sino con el seudónimo de Ángela y en una asegura que está ligada a él por un pseudomatrimonio místico y así se refiere “al casamentero divino que unió nuestras almas”. Pero como a veces Gracián no le contesta de manera diligente o tan diligente como ella quisiera, le escribe: “Donde hay amor no puede tardar tanto”, una frase bellísima y muy del estilo vehemente de la santa.

Siento por Teresa de Jesús una enorme veneración no sólo por lo que escribió sino también por su lucha a favor de las mujeres, pese a que utiliza como arma el tópico de la humildad. A estas alturas de siglo XXI puede parecer chocante que en sus escritos se refiera hasta el aburrimiento a la torpeza, ruindad y flaqueza femenina y lo haga mientras está demostrando con su comportamiento actuar de manera opuesta, con un tesón y una valentía que solo solían atribuirse a los varones. No obstante, gracias a esas artes de disimulo, Teresa pudo llevar su obra delante. De puertas para afuera, estuvo dispuesta a admitir la inferioridad femenina, su falta de letras, de conocimientos e incluso de que escribe estorbándose de hilar, advirtiéndonos, implícitamente, que la rueca parece estar mucho más en consonancia con las mujeres que la pluma. De puertas para adentro, luchó por el acceso de la mujer a la cultura, no permitió, por ejemplo, que ninguna de sus novicias fuera analfabeta y consiguió que los carmelitas dejaran de inmiscuirse en la elección de las prioras de los conventos de monjas, además de considerar que las mujeres pueden acceder, igual que los hombres, a la vida espiritual y mística pese a que la predicación y la consagración les estuviera prohibida. Teresa defendió que la vida espiritual es patrimonio de las almas y estas no tienen sexo, no son masculinas ni femeninas. Amén.

Carme Riera, escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *