“Visca Espanya!”

"Visca Espanya!”. Con estas palabras titulaba el gran poeta Joan Maragall un artículo, aparecido en La Publicitat el día 5 de abril de 1908, hoy fácil de localizar en internet, en el que planteaba la posibilidad regeneracionista de una España plural en la que cupieran también aquellas regiones periféricas –entonces solían llamarse así– que se sentían incómodas con el centralismo estatal dominante.

Maragall consideraba nefasta la España inmovilista y casposa, aquella que Antonio Machado definió en unos versos tan categóricos como memorables: “La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta”, contra la que luchaban, igualmente, muchos de los intelectuales castellanos, alineados en las filas progresistas. Pero no le daba miedo gritar “¡Viva España!” con entusiasmo reiterado, refiriéndose a la otra, a la que creía posible construir entre todos, y en la que el hecho diferencial catalán encontraría acogida. Por eso escribió:

“Viva España. Ahora seremos nosotros los primeros en gritárselo a todo aquel que se nos acerque: así le pediremos el santo y seña. No como antes, cuando muchos nos lo querían hacer gritar como un inri, porque España quería decir ellos. Ahora podemos demostrar lo que gritamos; porque ‘viva España’ ya no es el grito trágico, ya no es un eco en el vacío, ya no es un símbolo de políticas funestas; sino que nuestro ‘viva España’ quiere decir que España viva –¿entendéis?– que los pueblos se levanten y se muevan, que hablen, que actúen por sí mismos, y se gobiernen y gobiernen; y España ya no es un lugar común de patrioterismo encubridor de todo tipo de debilidades y concupiscencias, sino que España es esto que se mueve y se levanta y habla y se enfrenta a los que hasta ahora han vivido de su muerte aparente”.

¿Tiene razón Maragall? ¿Es válido y plausible todavía su planteamiento? España, en efecto, ha cambiado mucho desde 1908, aunque todavía persistan las dos Españas, eso está claro. A veces, escuchando declaraciones de algunos miembros del Gobierno actual, no es difícil pensar que la España de “Frascuelo y de María” es la que impera. ¿Tiene sentido a estas alturas la propuesta del catalanista Maragall? ¿Sería capaz alguno de los políticos nacionalistas de dar vivas a España? ¿O les apetecería más, mucho más, gritar la opción contraria: “Muera España”?

El regeneracionista Maragall, como buen ciudadano implicado en la vida política nacional, dedicó a la cuestión Catalunya-España numerosos artículos y trató el mismo tema en varios poemas que son, en mi opinión, un ejemplo extraordinario de lo que podemos denominar poesía cívica. Basta recordar su famosa Oda a España. En esos textos hablaba de la “muerta”, refiriéndose a la España de la Restauración, caciquista y patriotera, anclada en las heroicidades de un tiempo pluscuamperfecto, una España madrastra de sus hijos, especialmente de aquellos que no hablaban, como el propio poeta, en lengua castellana.

Maragall intentaba, como otros nacionalistas de su época, un ensamblaje de Catalunya dentro de la nueva España, “esta que se mueve, se levanta, habla y se enfrenta”. Un ensamblaje que, por difícil que pueda parecernos, hay que seguir buscando también ahora, sin excusas ni dilaciones. Por eso creo que la propuesta del expresidente Zapatero para que el president Mas vaya al Parlamento español para debatir su proyecto, no debería desaprovecharse. Zapatero que es, como asegura el periodista Luis María Anson, el mejor expresidente que ha tenido España, pedía el pasado lunes desde Nueva York la comparecencia del president de la Generalitat precisamente para explicar su postura y lo pedía “como español, como ciudadano y como demócrata”. Estoy segura de que Espriu que, en La pell de brau, apelaba a Sepharad –así denominaba a España– para pedir “Haz que sean seguros los puentes del diálogo”, le aconsejaría a Mas que fuera a las Cortes e igualmente lo haría Joan Maragall, cuyo artículo continuaba con estas palabras:

“Así, ya sabemos ahora gritar ‘ Viva España’; ya no necesitamos que nadie nos lo enseñe, sino que nosotros lo podemos enseñar; y ya hay quienes empiezan a gritarlo como nosotros, se levantan voces respondiendo a la nuestra. Y pronto seremos más los que sabremos gritarlo así, que no los que nos lo querían hacer gritar de la otra manera; y cuando nosotros seamos los más, y los que no hayan podido aprenderlo a nuestro modo sean los menos, entonces los separatistas serán ellos. Y nosotros seremos quienes, provocándoles, diremos: ¡ Viva España!, señor ministro, ¿veamos si lo sabe decir?; ¡viva España!, señor importantísimo; ¡viva España!, vosotros de los partidos, soldados de fila; y ¡viva España!, generales”.

Maragall, catalanista convencido, no por ello deja de pensar que Catalunya puede formar parte de la España plural y progresista, no de la centralista y retrógrada. Una España integrada por ciudadanos de procedencia geográfica distinta, de culturas diferentes y mentalidades diversas, respetuosa con las diferencias lingüísticas e históricas de las diversas naciones que la conforman.

Carme Riera, escritora española en catalán y castellano, miembro de la Real Academia Española.

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