Visiones de nuestra historia

La historia de España tiene sus luces y sus sombras, como la de todos los países, pero nosotros solemos recrearnos más en los episodios oscuros que en los luminosos. Tenemos una tendencia, muy nuestra y que tiene nulo o escaso recorrido en los países de nuestro entorno, de dar mayor crédito a lo foráneo que a lo autóctono. Esa idea, muy extendida, de que lo que nos viene de fuera tiene más fundamento que lo surgido entre nosotros es una de las causas, no la única, de la existencia de los hispanistas a los que, con fundamento o sin él, se les ha tenido en muy alta consideración. Hispanistas que, según el diccionario de la Real Academia Española, son los especialistas en la lengua y la cultura hispánicas. Añadamos que su primera aparición en dicho diccionario data de 1914. Curiosamente es el mismo año en que don Julián Juderías publicaba La Leyenda Negra y la verdad histórica.

Han sido ellos quienes en algunas ocasiones han abierto la senda del conocimiento a determinados aspectos de nuestra historia y quienes han marcado su interpretación. En buena medida, una parte importante de nuestra historiografía, demasiadas veces, ha ido detrás de lo que han sostenido. Han contado con el impagable apoyo de los medios de comunicación que, en muchas ocasiones, han convertido en una especie de dogma los planteamientos sostenidos por autores extranjeros y que en la pluma de un historiador nativo habría pasado desapercibido. También los medios han hecho buena esa preocupación, muy hispana y sin parangón en Europa, por lo que se dice de nosotros más allá de nuestras fronteras. En ocasiones se ha prestado gran atención a obras que no merecían la pena sostenerse ni por su contenido ni por las tesis que se defendían, pero estaba firmada por un foráneo y eso le daba una categoría superior.

Visiones de nuestra historiaEsa situación, mantenida en el tiempo, ha hecho que con demasiada frecuencia parte de la historiografía española haya asumido planteamientos referidos, por ejemplo, a la españolidad de la Inquisición y la intolerancia religiosa como un hecho singular de nuestra historia, estando los orígenes de la Inquisición en la cruzada desatada en Francia contra los cátaros en tierras del Languedoc, a los que, por cierto, defendería, como súbditos suyos el rey de Aragón Pedro II, que perdería la vida en ese empeño, en la batalla de Muret (1213). Otro tanto ha ocurrido con el nombre de «Invencible» -denominación, no exenta de sorna, dada por los ingleses- para referirnos a la Gran Armada con la que Felipe II buscó invadir la Inglaterra de Isabel I donde los católicos eran perseguidos con saña, pero, como hemos señalado, la intolerancia y la persecución religiosa es cosa hispana. Por el contrario, poco se ha reseñado, por parte de nuestra historiografía -no lo ha hecho la británica-, el gran fiasco que significó, al año siguiente la llamada Contra Armada que, en 1589 con Drake como protagonista, eludió atacar Santander, fracasó en su intento sobre La Coruña y no logró en Lisboa su propósito de sublevar a los portugueses, que no aceptaban ver a su país integrado en la monarquía hispánica que gobernaba Felipe II. El balance de aquella expedición fue particularmente negro… para Inglaterra.

Los británicos han sido siempre muy cuidadosos a la hora de ocultar aquellos episodios de su historia en los que salían malparados, como en el caso de la humillante derrota que Blas de Lezo infligió a la escuadra del almirante Vernon ante los muros de Cartagena de Indias, a la que dieron por conquistada antes de sufrir aquel severo varapalo. Les llevó incluso a que en el Londres de Jorge II se celebrase la conquista de la ciudad, que era la piedra angular del sistema defensivo español en las Indias. Igualmente ha ocurrido con el tratamiento histórico dado al imperio español que, teniendo una prolongada existencia -cercana a los tres siglos en su parte continental-, ha centrado el foco en la fase de la conquista con la destrucción y violencia que todo proceso de esas características lleva consigo. Se ha presentado a unos conquistadores inhumanos, avaros, intransigentes y exterminadores. Poco interés se ha mostrado por el contenido de las leyes de Indias, por la espléndida realidad que significaron los integrantes de la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza. Fue donde se alumbró el Derecho Natural y el de Gentes y se rechazaron algunos de los planteamientos admitidos hasta entonces (Vitoria fue el primero en negar el valor de las bulas de Alejandro VI). Fueron sus integrantes quienes establecieron los planteamientos sobre justificación de las guerras y los preceptos para considerarlas justas… Se ha mostrado mucho menos interés del debido en lo relativo al mestizaje, a la creación de ciudades o a la fundación de universidades… Un terreno en el que otros imperios no admiten comparación con lo hecho por los españoles. El foco ha estado puesto en la conquista y el genocidio que se le atribuye, que sí es una realidad en el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, que ha contado para enmascararlo con la ayuda de Hollywood, que también ha prestado notable atención a la piratería anglosajona -los piratas eran héroes cinematográficos a los que se aplaudía en las salas de cine españolas con un gran papanatismo- en su lucha contra los estúpidos virreyes y gobernadores españoles, presentados como bobalicones engreídos.

No pretendemos denostar el trabajo de unos investigadores abnegados que han sacado a la luz una parte considerable de nuestra historia y han realizado aportaciones valiosísimas para su mejor conocimiento. Principalmente el referido a los siglos del imperio. Ahí quedan los trabajos sobre el Conde-duque de Olivares o la revuelta catalana de 1640, de John Elliot; sobre el Valladolid del Siglo de Oro, de Bartolomé Bennessar; sobre impacto en los precios del oro y la plata americanos, de Earl Halmilton; la monumental obra de Pierre Chaunu sobre la Sevilla que miraba al Atlántico; los estudios sobre el Mediterráneo en tiempos de Felipe II de Fernand Braudel; sobre Felipe II, de Geoffrey Parker; los estudios sobre la economía andaluza de Pierre Ponsot… O sobre la Guerra Civil de 1936-1939 con las obras de Jackson, Thomas, Preston, Southworth, Brenan y muchos más.

Nuestros historiadores no han incursionado en la historia de los países vecinos, salvo contadas excepciones. Sin duda, ha influido la falta de medios materiales, pero también una decidida voluntad de no hacerlo. No han indagado en los genocidios de las tribus indígenas de los actuales EE.UU., ni en el racismo de los ingleses en la India o en el África colonial británica. Tampoco en las fronteras trazadas con tiralíneas que han dado lugar a terribles matanzas raciales hace pocas décadas o a convertir en un polvorín Oriente Medio, tras el pacto franco-británico Sykes-Picot (1916) para repartirse el imperio otomano, tras la I Guerra Mundial.

La historia de esos países tiene grandes sombras, como la de España, pero han procurado ocultarlas, como hizo Jorge II cuando conoció la realidad de lo ocurrido ante los muros de Cartagena de Indias y la dimensión del desastre británico, ordenando que no se hiciera referencia alguna a aquel acontecimiento, que a tantos festejos había dado lugar cuando se creyó que las cosas se habían desarrollado de forma muy diferente, llegándose a acuñar una medalla con Blas de Lezo humillado ante el vencedor Vernon, al que hacía entrega de su espada.

Parte de nuestra historiografía, deslumbrada en muchos momentos por el criterio no siempre ecuánime de algunos historiadores extranjeros, ha hecho que la difusión de nuestra historia, dentro y fuera de nuestras fronteras, en los últimos tiempos a través de documentales de divulgación producidos por las grandes cadenas de televisión, haya aparecido con determinados rasgos que no le hacen justicia y forme parte del imaginario colectivo de muchos compatriotas sobre nuestro pasado.

José Calvo Poyato es historiador.

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