¡Viva el 15 de junio del 77!

A Natividad Terreros, en representación de todos los que ganaron la Guerra en el 77

“Cuando saqueamos el pasado en busca de provecho político -seleccionando las partes que pueden servir a nuestros propósitos o recurriendo a la Historia para dar lecciones morales oportunistas – lo que conseguimos es mala moral y mala historia”, dice Tony Judt. Algo de esto sucede actualmente en España. Unos no cejan en el intento de vencer a Franco después de muerto, otros impulsan una revisión histórica que hace responsable de la guerra civil a los republicanos y no pierden la oportunidad de atenuar, disculpar o suavizar los 40 años de dictadura franquista. Ambos, desde posiciones opuestas ideológicamente, hacen explícita o implícitamente una impugnación de lo que la mayoría de españoles ha ido construyendo, con los errores y aciertos de toda obra humana, desde el 15 de junio de 1977.

No es extraño que los que están dispuestos a derrotar a Franco mantengan un discurso negativo sobre la Transición, basado en la idea de que el franquismo encontró la manera de sobrevivir con ropajes democráticos sin perder las riendas del poder. Poco les importa que los principales protagonistas de aquel periodo arriesgaran su libertad y a sus familias por luchar contra el franquismo y que, a través de acuerdos y de parcelas de libertad conquistadas consiguieran su objetivo: una democracia integradora, equiparable a las de nuestro entorno. Ahora, con la necesidad de dibujar un pasado oscuro, producto de traiciones y humillaciones, así como un presente dramático para que su discurso se sostenga, son partidarios de volver a empezar, haciendo tabla rasa de estos últimos 40 años.

Los revisionistas ven estos últimos decenios como un proceso que lleva inexorablemente a España a su desaparición, acosada por unos nacionalismos insaciables y una clase política incapaz y corrupta dispuesta a cualquier entrega con tal de mantenerse en el poder. Son precisamente estas dos fuerzas las que han condicionado nuestra historia, las que nos han llevado alternativamente al desastre, al aislamiento, a la pobreza y a la ignorancia. Unos siempre descontentos con todo lo presente, los otros siempre suspirando por el pasado; unos en la izquierda y otros en la derecha, pero con los mismos diagnósticos, diferenciándose tan sólo en las soluciones: si los unos se disponen a saltar por encima de todo lo conseguido en aras a unas quimeras infantiles que nos acercan al precipicio de los totalitarismos, los otros buscan refugio en un seguro, simple e imposible pasado que han dibujado a su conveniencia.

Los dos bandos que parecían desaparecidos, asustados ante una parte mayoritaria de la sociedad que ilusionada y segura de sí misma apostó por la vía de la reforma para modernizar el país, han vuelto a aparecer con fuerza introduciendo el sectarismo y el odio en la vida política. Unos bajo una expresión política concreta, los otros con una influencia que parece difusa pero que llega a muchos ámbitos de la vida pública. Los dos con capacidad de paralizar la vida política española.

En ese cenagoso ambiente quiero defender lo que los españoles estuvieron dispuestos a hacer en la Transición: perder memoria para hacer Historia. La memoria puede servir para regodearnos en una nostalgia paralizante e inútil o para no volver a cometer los mismos errores, los mismos crímenes (Alemania es un buen ejemplo de la memoria como instrumento para evitar repetir las atrocidades de la II Guerra Mundial). En el primer caso la memoria no sirve para mejorar la sociedad que recuerda; al contrario, profundiza el enfrentamiento y la incapacidad para construir atmósferas reconciliatorias desde las que encarar el porvenir. En el segundo caso la memoria incide precisamente sobre el futuro; propone, por encima de todo, que lo recordado no se vuelva a repetir, en cierta medida olvida partes del pasado, las que impedirían mirar al futuro para convertirse en Historia. En este tiempo memorialista me adhiero a Raymond Aron: “Para las comunidades humanas, como para los individuos, el olvido no es menos esencial que la memoria”; una nos permite saber quiénes somos por muchos cambios que suframos, el otro nos permite sencillamente vivir.

El 15 de junio del 1977 los españoles iniciamos un camino nuevo en nuestra historia. Después de 40 años de dictadura, el hecho de depositar el voto se convirtió, muy a pesar de los agoreros de hoy, en un acto de libertad que enterraba un pasado oscuro e inauguraba un periodo político integrador con el que la mayoría de españoles se sentían comprometidos y esperanzados. Nadie, en contra de lo que se dice ahora, tuvo miedo y se aprovisionó de alimentos de primera necesidad por si las cosas se torcían. Fue un día de alegría, pacífico; inauguramos aquel 15 de junio un periodo en el que a la prudencia de los protagonistas de la Transición, hoy estos opositores denominan miedo o complejo. Se tuvo en cuenta el pasado reciente, no para petrificar diferencias y odios, sino para no volver a repetirlo. Por primera vez, después de una guerra civil y cuarenta años de dictadura, los españoles podían elegir libremente a sus representantes, repartidos en listas de partidos políticos que iban desde la extrema izquierda a la extrema derecha pasando por los nacionalistas. Sin intención de equipararlos, sólo los terroristas etarras y la suspicacia agropecuaria de los nacionalistas pusieron en entredicho la inevitabilidad histórica del acontecimiento: unos con sus crímenes, los otros condicionando todo a cómo les podía beneficiar.

Pasados otros 40 años, la falta de altura política y moral de demasiados personajes públicos ha debilitado la confianza de los españoles en el sistema del 78 -no quiero mencionar nombres propios pues la voluntad de este artículo es destacar el papel que tuvieron la mayoría de los españoles, pero en la mente de todos están algunos ministros, cargos españoles en instituciones internacionales, diputados, presidentes y consejeros de CCAA, alcaldes o concejales que por estupidez, avaricia o irresponsabilidad no han respondido como debían a estos desafíos-. Las consecuencias de la crisis económica, la revolución cultural, social, económica y política causada por la aparición de las nuevas tecnologías, imponen una agenda de reformas políticas que den confianza e ilusionen nuevamente a la mayoría ciudadana. Esto no gustará a quienes quieren volver al pasado ni a quienes desean volver a empezar de cero, pero esta agenda trasversal y reformista sería la que permitiría continuar por la senda del éxito -con las sombras propias de toda labor humana, ¡debemos huir de ese dilema tan español que obliga a elegir entre el cielo y la nada!- que iniciamos ya hace 40 años. Si aquella generación lo pudo hacer, no sé por qué no puede hacerlo la nuestra.

La Historia nos dice que los sistemas políticos, las naciones e incluso los imperios caen, desaparecen no tanto por la fuerza de sus enemigos como por la falta de energía de sus defensores. Esto puede suceder con las consecuencias políticas de la Transición del 78, es cierto que sus adversarios en ambas orillas son irreflexivos y poderosos, pero la responsabilidad de lo que suceda en el futuro, que el sistema se petrifique y al final estalle por falta de reformas de adaptación o que los partidarios de volver a empezar continuamente logren sus pretensiones, será de los que han visto estos últimos 40 años como un periodo de éxito y de modernización de España. Somos nosotros, el centroderecha (el antiguo y el que ha aparecido recientemente) y el centroizquierda, los que estamos obligados a devolver la ilusión y el crédito de las instituciones a los ciudadanos españoles. La rutina, el parcheo político, la componenda para sobrevivir después de una votación o un presupuesto no debe hacernos olvidar la obligación de aplicar una agenda de reformas que fortalezcan las instituciones y el crédito de los españoles en ellas.

En Francia, Macron ha conseguido entre los extremos ideológicos, anclados en un pasado dominado por el nacionalismo y marxismo-leninismo, que el discurso de las reformas y de la moderación, el discurso sostenido en el cosmopolitismo de la UE, la moralización de la vida pública francesa y una educación adaptada al siglo XXI, se haya convertido en una ventana de esperanza para la mayoría de los franceses y también para muchos ciudadanos europeos que no queremos mirar al futuro con las orejeras ideológicas del siglo pasado. Propongamos a nuestro modo y con nuestra historia un discurso que traspase las fronteras pequeñas y mezquinas de las siglas, que tenga en cuenta la realidad de nuestro país, olvidando el sectarismo que se ha adueñado de la vida pública española y que nos permita mirar el futuro sin miedo y sin vergüenza. Estos próximos días oiremos loas a los protagonistas de la Transición, desde luego que muy merecidas, pero el mejor tributo que podemos realizar a quienes hace 40 años consiguieron un clima de paz, libertad y reconciliación en España, es tener su valor para iniciar nuevos caminos políticos, su altura de miras para renunciar a sus programas más radicales, su capacidad de pacto y su renuncia al odio y la venganza como motores de la acción política.

Adenda: la mención en el título a Natividad Terreros tiene una razón personal, pero con validez general. Fue mi madre una mujer que nunca dio entrevistas, ni protagonizó en privado o público acciones sobresalientes; su preocupación única, o eso me parecía a mí por aquel entonces, era sacar adelante, en medio de privaciones económicas y miedo por las consecuencias del compromiso político de su marido, a sus dos hijos. Aquel 15 de junio, sin embargo, fue radiante, feliz y sonriente a votar; me pareció que era un día muy especial para ella, al fin y al cabo era hija de un afiliado a Acción Nacionalista Vasca y de una revoltosa izquierdista de la Margen Izquierda… y se había casado con quien se había casado. Por la noche, desde el hotel Ercilla de Bilbao -cuanto debemos a hoteles y restaurantes de toda España que en aquellos tiempos hicieron el papel que no podían realizar las instituciones- le comunicaron que mi padre había sido elegido diputado en las primeras Cortes democráticas después de 40 años de dictadura. Al colgar el teléfono nos dijo sin darle ninguna importancia: “Vuestro padre ha sido elegido diputado, seguirá en Madrid”. Porque lo trascendente para ella había sucedido por la mañana, cuando había depositado su voto.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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