Viva la Constitución

En la Historia, como en las biografías, hay momentos clave, auténticos hitos que nos dicen quiénes somos y nos señalan un camino. Lo que viene a ser lo mismo porque somos adonde vamos. Hoy, en el aniversario de nuestra Constitución, es necesario recordar un 2 de mayo de 1808 cuando los españoles, abandonados por sus reyes, sus élites, y sin líder, se levantaron guiados por un sentimiento espontáneo de pertenencia a una misma nación.

Aquel día, todas las acciones individuales, hasta las más mínimas, sumaron en un mismo empeño para hacer posible un acontecimiento extraordinario: un pueblo indefenso enfrentado al ejército más poderoso de su época. Aquel levantamiento provocó la sorpresa de Napoleón. Más le sorprendió que, dos meses después, su ejército fuera derrotado en Bailén, la primera derrota de unas tropas que llevaban una década de triunfos.

Napoleón no entendía qué pasaba en España, un país al que consideraba atrasado y decadente, y no entendía por qué sus tropas, que habían vencido en todas las batallas contra italianos, austriacos y alemanes, no lograban imponerse en un país descabezado y mucho más pobre que Francia.

Es verdad que entonces mucha gente tampoco entendió qué había pasado en España para que el pueblo, lejos de reyes o dirigentes, luchara por su independencia de una manera tan unánime: desde Gerona a La Coruña, desde Machichaco a Tarifa, desde Luarca a Cartagena, todos los españoles se unieron en ese momento para salvaguardar su independencia y afirmar su soberanía.

Lo que Napoleón no había calculado cuando proyectó la invasión de España es que existía la Nación española. Esto quiere decir que, en lo más íntimo de su ser, todos los españoles se sentían unidos por compartir la misma historia, los mismos valores y las mismas ilusiones.

Ese sentimiento nacional no existía en Italia ni en los países germánicos, que tardarían décadas en crear sus naciones. De ahí la facilidad con que Napoleón pudo dominarles militarmente, porque el pueblo no se sentía nación. Pero en España sí existía ese sentimiento de pertenencia a una misma nación. Por eso se rebeló y por eso ganó aquella guerra: porque eran un pueblo unido.

La nación que aquel día se movilizó y sorprendió al mundo era una gigantesca red de afectos que llevaba siglos tejiéndose y creando de forma callada unos vínculos de acero entre todos los españoles. Aquella manifestación de la Nación española, esa reivindicación popular de su soberanía y su libertad, la recogieron los representantes de los españoles en las Cortes de Cádiz para elaborar la modélica Constitución de 1812.

Desde entonces, la historia de la construcción de la libertad en España no ha sido fácil. Los españoles, entre proyectos, Constituciones nonatas y Constituciones promulgadas acumulamos ocho o 10 textos que intentaban articular nuestra Nación. Muchos de estos textos fallidos desembocaron en tristes y sangrientas guerras civiles. Una de las causas principales de esos fracasos es que en la elaboración de los textos constitucionales no estuvieron representadas las aspiraciones de todos los españoles. Dicho de una manera más cruda: que muchos de estos textos se redactaron en nombre de unos españoles contra otros.

Hasta que en 1978 los representantes de todos los españoles, monárquicos y republicanos, laicos y confesionales, de derechas y de izquierda, liberales e intervencionistas, centralistas y regionalistas, decidieron que ya estaba bien de fracasos. Decidieron que tenían la oportunidad y la responsabilidad históricas de cerrar ese ciclo de enfrentamientos civiles. Que era la hora de elaborar una Constitución de todos y para todos. Y eso exigía que no fuera la Constitución de ninguno. Exigía que todas las fuerzas políticas abandonaran sus programas de máximos para encontrar ese terreno común en el que la Nación española se desarrollara en libertad, en paz y en justicia.

La primera y mejor consecuencia de la Constitución del 78, de que todos aceptaran vivir con unas mismas reglas, es que rebajó los enfrentamientos y convirtió a quienes eran enemigos en simples adversarios que podían sumar trabajando unidos en un mismo proyecto. A aquel espíritu de encuentro los españoles le debemos el haber disfrutado del periodo más próspero, más libre y con más justicia social de nuestra historia. Los políticos de la Transición lograron con la elaboración del texto constitucional un éxito histórico, y resulta triste contemplar cómo hoy algunos recién llegados a la política quieren negarles su legitimidad y su patriotismo.

Algunos están en contra de la Constitución en nombre de las ideologías más arcaicas y nefastas de la Historia: los nacionalismos étnicos y supremacistas. Esos nacionalismos que han provocado las peores guerras mundiales de la Humanidad. De ahí que sea incomprensible que partidos que se proclaman herederos de la Ilustración o del internacionalismo proletario busquen alianzas con esos profundos reaccionarios que son los partidos nacionalistas, que, en nombre de fantasías y sobre todo de odio étnico, quieren romper nuestra noble y antigua Nación.

La Constitución de 1978 y la unión de todos los españoles bajo su manto es, sin duda, el siguiente hito histórico más importante de nuestra historia desde aquel Dos de Mayo. Hoy somos las mismas personas que hace más de 200 años demostraron una capacidad sorprendente para construir el futuro en libertad del que hoy disfrutamos.

Nosotros, los españoles del siglo XXI, como siempre unidos, vamos a construir ese futuro de trabajo y serenidad, de estabilidad y compromiso, de solidaridad y alegría. Vamos a construir el futuro amable y tranquilo sobre el que las siguientes generaciones construirán el suyo. Vamos a ser unos descendientes leales y unos buenos ancestros. Somos de donde venimos, sí, y, sobre todo, somos lo que construimos para los siguientes españoles. Hoy es el día de renovar este compromiso con todos los españoles de todos los siglos pasados y futuros. Y de renovarlo celebrándolo.

Isabel Díaz Ayuso es presidenta de la Comunidad de Madrid.

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