Viva la foto de Colón

Para Clausewitz, pocos hombres eran capaces de pensar más allá del momento presente. Exageraba un poco. La verdadera minoría está en los absolutamente incapaces de anticipar ni un solo movimiento del adversario. Eso tiene un nombre.

Protagonizar la jugada política más estúpida de la historia democrática no es fácil. Triste logro de la jinete de caballos muertos, más algún escudero ajeno a las preocupaciones políticas por invencible falta de interés. ¡Ojo! Aunque los griegos reservaran la voz ‘idiotes’ al que se desentendía de los asuntos públicos, uno querría a veces ser ese idiota feliz de la etimología originaria. Ahora bien, escapa al entendimiento que ese ser se convierta de pronto en profesional de la política. De la política como conspiración.

Por el circo de las solemnidades institucionales, con sus pequeñas vergüenzas de despacho y madrugadas, se puede circular dignamente a poco que se quiera. Por eso quien viste camiseta de lema incendiario en la casa de la palabra, el Parlamento, no es que se equivoque: conoce la etiqueta pero quiere violarla. Desea acabar con el Estado, o más bien apropiárselo, y con esa idea en mente empieza rompiendo formalidades. Lo que no se encuentra con tanta frecuencia es un infeliz puro, un infeliz interesado. El que, transido por esa ansia viva a la que tanta punta le ha sacado José Mota, posee la ambición... y nada más. Tal es la fuerza de ese atributo cuando ningún otro le acompaña que los aquejados circulan por el mundo con cuatro consignas y tres muletillas. Y sin sonrojo. Hasta el último esgrimidor de micrófonos (o casi) se da cuenta de lo que hay. Se resume en esto: ustedes saben que miento, y también que yo sé que lo saben, pero me importa un huevo.

Y el ansia viva les pierde, pues esa personalidad tan egotista y apremiante, que ni tiempo tiene de decorarse un poco el discurso, esa máscara tosca que no encubre sino ambición cruda, se ha olvidado de reflexionar un rato. Y, si quisiera, no sabría. Tendría que apoyarse en algún estratega, pero resulta que a la gente con sentido estratégico la ha apartado de su minúsculo núcleo por peligrosa. En política, al ‘líder’ que no vale nada se le reconoce por rodearse de gente aún peor. De ahí la incapacidad de prever un solo movimiento del contrario, de ahí el ridículo más estrepitoso que se recuerda, y de ahí todo. Y ahora olvidemos a la jinete de caballos muertos, que no da más de sí.

Como consecuencia no buscada de tantas torpezas, se nos presenta un escenario del máximo interés. Una anticipación de las oportunidades y una simplificación de las soluciones, a mano de cuantos comprenden la amenaza que el sanchismo supone para el Estado democrático de Derecho, para la integridad territorial, para el imperio de la ley y para la recuperación de la prosperidad. El espíritu con que se abordan los desafíos es fundamental para la victoria, pero aunque todos comprendamos esa verdad mil veces demostrada, elevar la moral desde la nada resulta imposible. De ahí la inutilidad del género de la autoayuda, y también del voluntarismo político, que es una rama especializada de lo anterior. Pero ahora sí que existen razones objetivas para el optimismo. Al fin se avista una luz, y no está tan lejos.

En los próximos días se desatará una estampida en Ciudadanos. En cuestión de meses -y, en especial, en cuanto pasen de veintiséis diputados a cero en la Asamblea de Madrid-, el abanico político no subsumible en el sanchismo se reducirá a dos partidos: PP y Vox. Podrán centrarse en maximizar su voto movilizando a cuantos desean sacar del poder con urgencia a este PSOE y a Podemos, y dejar sin influencias, ascendientes ni espacios de chantaje a los golpistas catalanes, a los herederos de ETA y al PNV. Lo del PNV es importante: el PP tiene que deshacerse de una premisa falsa sobre ellos y descartarlos de sus planes.

En una segunda fase, una vez maximizado el voto del PP (que debe penetrar en espacios socialdemócratas, por un lado, y limitar con Vox, por otro) entre los dos deben sumar 176 escaños cuando se celebren las generales, que se anticiparán. Van a convocarse el año que viene, en la segunda mitad, porque Sánchez e Iglesias necesitan dramatizar y escenificar su ruptura, sin la cual ambas partes llegarían tocadas.

Los 176 de la suma PP-Vox son la única forma de librarse del sanchismo y todo lo que significa. Entender esto es la primera exigencia del ciudadano que busca el cambio. Hay que aceptar la realidad: Sánchez no tiene escrúpulos y, como hizo en la moción de censura que le llevó al poder, y como repitió en su investidura, está dispuesto a ceder cualquier cosa para aglutinarlo todo. Todo lo que no sea PP y Vox. Y todo es todo. Por otra parte, nadie auxiliará a la única alianza que puede sacar a Sánchez de La Moncloa. No hay que extenderse en esto. Es evidente.

Asimismo, hay que entender que maximizar el voto contra Sánchez exige que PP y Vox concurran por separado y que, acto seguido, estén dispuestos a pactar. Si suman, la única posibilidad de que tal cosa no se cumpla es que el PP prefiera el acuerdo con Sánchez antes que con Abascal.

Por fin, el sanchismo posee la hegemonía del imaginario en España; la práctica totalidad de los medios y demás agentes culturales anunciarán a partir de ahora un Apocalipsis de extrema derecha. Al que le tiemblen las piernas, que no juegue. Esto es demasiado serio. A partir de ahora, orgullo por la foto de Colón que le dio 57 escaños a Cs. ¿Lo comprende, señor Casado? Cuanto menos capte la lógica de estos mecanismos de relojería, más voto cederá a Vox. Sea frío y no se deje impresionar.

Juan Carlos Girauta

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