¡Vivan las primarias!

Reconozco que estoy en campaña. Como ya lo estuve cuando Borrell se midió con Almunia o cuando la agrupación del barrio de Salamanca impulsaba la reforma de los estatutos del PP para introducir este sistema de participación de los afiliados. Las elecciones primarias -en sus distintas modalidades y variantes- son la mejor manera de llenar de contenido la exigencia del artículo 6 de la Constitución, cuando al hablar de los partidos políticos establece que «su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos».

Desde que fundamos EL MUNDO hace 21 años ésta ha sido una de las Cien Propuestas para la Regeneración Democrática que hemos planteado cada vez que ha habido elecciones generales: que los partidos que reciben subvenciones del erario tengan la obligación de celebrar primarias para seleccionar a sus candidatos a los principales cargos públicos y que la Ley Electoral se reforme para que las listas sean luego abiertas o, al menos, desbloqueadas. Son las dos caras de una misma moneda: la materialización de los derechos de participación política de los españoles para que sean los ciudadanos, desde abajo hacia arriba, y no las cúpulas de los partidos, desde arriba hacia abajo, quienes elijan a sus representantes.

vivan-las-primariasLa gran mayoría de los políticos ha oído estas demandas como quien oye llover pues está en la condición humana, y no digamos en el espíritu de casta, el atrincherarse en las rutinas que engendran privilegios. Pero siguiendo el aforismo brechtiano no podemos aceptar como normal lo que simplemente es habitual. Máxime cuando tal hábito implica el contumaz secuestro de uno de los derechos fundamentales más preciados de la persona, por unas camarillas empeñadas en su perpetuación.

Ni siquiera basta conformarse con que estos políticos profesionales, atornillados durante décadas a los sillones clave de la estructura de los partidos, estén llevando aneja al pecado la penitencia de su repudio social. La política empieza a ser una de las peores cosas a las que cualquier buena madre desearía que se dedicara el marido de su hija. Pero el rampante descrédito civil de estos funcionarios de la culiparlancia, reflejado por todas las encuestas, siempre implica, más allá del desahogo que de cuando en cuando nos proporcionan azotainas antológicas del estilo de las que suele propinarles Pérez Reverte, que por mucho que se seleccionen las nalgas de los responsables es en el trasero colectivo donde aparecen los hematomas.

Todos padecemos a los malos políticos porque ellos nos gobiernan o ejercen la oposición en las distintas administraciones públicas, y la principal razón de que su preparación intelectual y su capacidad de compromiso ideológico continúen deteriorándose es el carácter mezquino de una vida partidaria, en la que la servidumbre a los jefes rige aún más que en aquella Oficina Siniestra de La Codorniz. No hay escapatoria para el talento, la originalidad o la disidencia, porque no son las bases, sino las alturas, las que te quitan y ponen en las listas. Así no hay manera de que surjan vocaciones entre quienes quieren destacar en la vida y por eso existe la sensación creciente de que muchos ministros, presidentes autonómicos y miembros de las ejecutivas de los grandes partidos nunca pasarían de cargos medios en una empresa competitiva de cualquier sector.

En este contexto, el que el PSOE haya hecho de la necesidad virtud y vaya a celebrar primarias en Madrid, y probablemente en la Comunidad Valenciana, para elegir a sus candidatos autonómicos sólo puede ser motivo de alegría para cualquier demócrata. El episodio podrá ser un síntoma más o menos grave de la crisis de autoridad que sigue minando el liderazgo de Zapatero y el instrumento podrá utilizarse con mayor o menor limpieza, pero de entrada los casi 20.000 afiliados socialistas madrileños van a tener en sus manos una decisión que de otra manera habría vuelto a ser usurpada por los gerifaltes del partido.

Lo digo sin ninguna retranca: sea cual sea el resultado, el PSOE va a verse beneficiado tanto a nivel regional como nacional por haber abierto este cauce de participación. Es cierto que si gana Tomás Gómez -algo cada día más posible- Zapatero verá acelerarse el desgaste de su autoridad, pero siempre podrá enorgullecerse de haber remitido a los militantes una pugna que otros resuelven en los despachos.

Desde las defenestraciones de Escuredo y Borbolla -siendo como eran presidentes de la comunidad más poblada de España- la vida interna del PSOE estuvo impregnada durante el felipismo del mismo autoritarismo y la misma falta del sentido de los límites que le llevaron a cometer las mayores tropelías en el gobierno del Estado. Sólo el ocaso de esa etapa en medio de aparatosas derrotas dio lugar a las primarias y al cónclave abierto en el que hace 10 años se decidió limpiamente el nuevo liderazgo. A partir de ese momento se invirtieron las tornas y el PP, que desde el Congreso de Sevilla había abanderado la regeneración ética durante los 90, se vio sobrepasado por un PSOE mucho más audaz y autoexigente, mientras iba colgando de su cuello el lastre del déficit democrático que siempre ha acompañado a Rajoy.

Todo esto es compatible con el balance calamitoso de la gestión autonómica o económica de Zapatero, porque un déspota puede adoptar medidas convenientes y el demócrata más sincero dejar una herencia nefasta como gobernante. De hecho, cuanto está sucediendo ahora en la contienda socialista por Madrid tiene mucho de efecto placebo, pues si bien es cierto que, gane el que gane, llegará con un plus de legitimidad y notoriedad como candidato, a la hora de la verdad quien deba enfrentarse a Esperanza Aguirre seguirá teniendo que defender las políticas indefendibles con que Zapatero ha sacrificado la prosperidad general a sus fantasías ideológicas y sus alianzas con los nacionalistas.

Tal y como ocurre cada cuatro años en Estados Unidos -¡qué pugna la de Obama y Hillary en el 2008!- las primarias tienden a iluminar el lado más favorecedor de los contendientes, pues no en vano son examinados desde la óptica de su propio partido y a menudo con la condescendencia paradójica de sus adversarios. Al final, este Tomás El Forzudo, que parece encantado de haberse conocido porque le invitan a programas de telebasura, seguirá siendo el mismo Gómez atolondrado y metepatas que fue capaz de boicotear un homenaje a las víctimas del terrorismo porque el Parlamento regional había dado carpetazo al falso affaire de la gestapillo esperancista. Pero, oye, que le quiten lo bailado en esta fase en la que quienes más simpatizamos con muchos de los valores de Aguirre, siempre cederemos a la tentación de darle hilo a una cometa divertida que todos sabemos que no llegará a ninguna parte.

Es tan patente que Trinidad Jiménez sería un hueso más duro de roer para la actual presidenta de Madrid -de entrada, porque es la única dirigente socialista que se le asemeja algo en simpatía- que resulta increíble que los estrategas de Ferraz y La Moncloa hayan permitido a Rubalcaba meter la cuchara de sus instintos básicos en este guiso y otrosí podría decirse del blanqueo de la olla podrida de la agrupación de Móstoles. ¿Es que no se dan cuenta de que nada puede dañar tanto las opciones de la ministra de Sanidad como la fundada sensación de que se hacen trampas para favorecerla?

La vehemencia con que el ministro del Interior irrumpió en la lid a comienzos de semana, despotricando en términos inauditos contra Gómez en privado y utilizando expresiones tan desafortunadas en público como para que pudieran ser interpretadas como amenazas, le humaniza en el plano personal pero le hace perder muchos puntos en el político. Por mucho que le subleve que El Forzudo y sus huestes estén explotando al máximo los resentimientos enquistados contra Zapatero e incluso puedan prestarse a servir de cabeza de puente de una operación mediático-política destinada a jubilarle antes de tiempo, Rubalcaba debería darse cuenta de que, puestos a elegir, en este lance interno al presidente le conviene más perder bien que ganar mal.

Con las malas perspectivas económicas, la inestabilidad política en puertas, los desastres derivados del Estatut esperando turno para hacer irrupción en escena y la lucha antiterrorista convertida al fin en materia de consenso estable, ¿qué podría ofrecer Zapatero en su previsible tercera confrontación con Rajoy en el 2012 si le quitaran el talante? Por muchas bromas que se hagan al respecto, éste es un asunto demasiado importante como para dejar de tomarlo en serio.

Lo inteligente por parte de los líderes del PSOE sería desdramatizar la contienda entre Jiménez y Gómez -los dos son criaturas de Zapatero-, convirtiendo su desenlace en algo secundario y tratando de capitalizar la aportación a la calidad de nuestra democracia que supone celebrarla. Ya que son incapaces de incrementar el PIB, al menos que eleven nuestro imaginario PID que traduciríamos como Porcentaje de Impulso Democrático. El debate que les convendría estimular en ese sentido sería el de cómo permitir participar en el futuro no sólo a los militantes, sino a todos los que se inscribieran previamente como votantes o simpatizantes.

Quedan otros detalles por autorregular, como las garantías de neutralidad de los funcionarios del partido, el tiempo de duración de la campaña o la estricta separación entre el desempeño de un cargo público y la tarea como candidato. De momento, nada de esto parece bien resuelto, pero lo esencial es que la experiencia cuaje y la celebración de primarias sea la regla y no la excepción en el PSOE. Eso acrecentaría la presión interna en el PP, hasta que un día se les cayera la cara de vergüenza a sus líderes y no tuvieran más remedio que pasar también por el aro. De hecho, los populares ya acaban de vivir un muy buen experimento en Baleares, donde todos los afiliados pudieron votar en su congreso o por el cada vez más consistente Bauzá -que finalmente ganó- o por el coherente Delgado.

De la entrevista que Buruaga le hizo el martes a Rajoy en la COPE me quedo con dos monosílabos. El «sí» a la pregunta de si Camps será por fin el candidato en Valencia; el «no» a la de si en el PP habrá primarias. Ya veremos lo que pasa con uno y otro asunto, pero ambos guardan estrecha relación. La forma en que desde la cúpula de Génova se está gestionando la cuestión valenciana -ayer te quise mucho, hoy te quiero menos, mañana ya veremos- no puede ser más críptica e insana para el público, ni más humillante para el interesado. Ver a Camps convertido en el perrito faldero que aguarda jadeante ante Rajoy, con la sonrisa trémula de la gratitud insegura, por si acaso el gran hombre se digna arrojarle algún huesecillo declarativo que aliente sus esperanzas, es uno de esos espectáculos obscenos que resumen la indignidad de la política.

De sobra saben los lectores que a la luz de lo que hemos ido conociendo considero un agravio a los valores democráticos que Camps pueda volver a ser presentado como candidato a la Generalitat. No por su hipotética responsabilidad penal, sino por su patente responsabilidad política. Pero, siendo mi criterio tan discutible y subjetivo como cualquier otro, nada podría objetar si fueran los militantes o, mejor aún, los votantes del PP valenciano quienes le eligieran como paladín tras unas primarias sin trampa ni cartón. Lo que me subleva es que una decisión tan importante para fijar el listón de la exigencia en el partido que probablemente ganará las próximas autonómicas, municipales, generales y europeas dependa en exclusiva del caletre de Rajoy, igual que su propia designación dependió hace siete años del caletre de Aznar.

Por eso en mi pesadilla de la semana yo aparecía sermoneándole a Rajoy: «¡Vencerás pero no convencerás!», «¡Ganarás pero no ilusionarás!». Y un tropel de parados, autónomos, empresarios bien jodidos y demás gente del común, enarbolando una enorme pancarta que decía «Primum vivere», me preguntaba que dónde había que firmar.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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