Vive la France!

Por Jorge Volpi, escritor y director del Instituto de México en París (EL PAÍS, 24/02/03):

A diferencia de la mayor parte de las manifestaciones que se llevaron a cabo el sábado 15 de febrero en decenas de ciudades para protestar contra la guerra en Irak, la celebrada en París, entre las plazas de Denfert-Rochereau y de la Bastilla, fue serena y comedida -sólo animada por los infaltables grupos de batucada que se cuelan en todas las marchas antiglobalización- y, comparada con las de Londres, Madrid o Barcelona, resultó incluso menos numerosa. Ello no obedece a una falta de compromiso por parte de los ciudadanos franceses, sino, por el contrario, a la perfecta sintonía que existe entre ellos y la política internacional de Jacques Chirac.

En pocas ocasiones desde el fin de la Segunda Guerra Mundial Francia ha logrado representar un papel simbólico tan importante para el resto del mundo. Al encabezar el sector crítico de aliados de Estados Unidos, se ha convertido en un portavoz de las opiniones públicas de la mayor parte de los países del orbe. La diplomacia francesa, con el brillante Dominique de Villepin al frente -además de todo, poeta e historiador notable-, ha logrado concitar el apoyo de ciudadanos de todo el mundo, como demostró el espontáneo aplauso que recibió su discurso en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 14 de febrero.

Pocos analistas se hubiesen atrevido a pronosticar un escenario semejante. Por primera vez desde la disolución de la Unión Soviética en 1991, un pequeño país -a fin de cuentas, Francia no posee ni la capacidad militar de Estados Unidos, ni el poder económico de Alemania o Japón, ni la población de China, Rusia o incluso México- ha sido capaz de oponerse de modo abierto a las ambiciones bélicas estadounidenses. Aunque Francia y Estados Unidos han sido aliados desde hace más de dos siglos -los halcones de la Administración de Bush no se cansan de recordar las dos guerras mundiales, pero olvidan la ayuda que Francia les prestó durante la guerra de Independencia-, en estos momentos parece como si las decisiones tomadas por Chirac y De Villepin no sólo estuviesen a punto de comprometer su histórica alianza, sino de enfrentar por completo a la “vieja Europa”, como la llamó Donald Rumsfeld, con el Gobierno de Washington.

Tras el éxito de las manifestaciones del 15 de febrero, la posición francesa se ha vuelto aún más sólida, dejando a Bush en una situación comprometida. Estados Unidos y Gran Bretaña han enviado ya cerca de doscientos mil soldados a la zona de conflicto y su exasperación ante las maniobras de su aliada no hace sino incrementarse. De modo paralelo a la próxima guerra de Irak, otra guerra se ha puesto en marcha desde hace unas semanas: la que enfrenta a cientos de diplomáticos y políticos en las dos orillas del Atlántico. En esta guerra, Francia ganó unas batallas capitales los pasados 14 y 15 de febrero, aunque esté muy lejos de obtener esa victoria definitiva que sería, paradójicamente, evitar la guerra real.

Tratando de sortear aquí los lugares comunes repetidos una y otra vez por cientos de comentaristas, limitémonos a considerar los saldos de esa “guerra por otros medios” entre Francia y Estados Unidos. Olvidémonos, pues, de resaltar que tanto un país como otro consideran que el régimen de Sadam Husein constituye una de las peores tiranías del planeta -existen otras iguales o peores, como la de Corea del Norte, pero si bien los estadounidenses nunca han explicado por qué razón quieren acabar con ésta, ello no elimina las atrocidades iraquíes-; desestimemos asimismo las razones humanitarias que ambos esgrimen para sostener sus respectivos puntos de vista -conocemos de sobra las “razones humanitarias” puestas en práctica en otros conflictos armados, así como la violación de derechos humanos cometidas o toleradas por ambos países en distintos momentos de su historia-; dejemos de lado las razones de política interna que animan a Bush y a Chirac -la reelección en el primer caso, el paso a la historia en el segundo-, e incluso borremos por un momento la ambición oculta por el petróleo -no es un secreto que tanto Estados Unidos como Francia buscan obtener una posición privilegiada para la explotación de las reservas iraquíes-, y concentrémonos en los motivos que han conducido a su actual oposición.

El pulso sostenido entre las diplomacias francesa y estadounidense constituye una de las mayores novedades del mundo unipolar. Si bien en otras ocasiones Francia se abstuvo de apoyar ciertas políticas de su aliado por razones que van desde el típico antiamericanisme francés hasta la simple conveniencia, ello se produjo siempre dentro de los límites marcados por la guerra fría. Pese a su necesidad de mostrar su independencia frente a Washington, entonces Francia debía conformarse con un papel subordinado. Esta situación ha sufrido un cambio drástico: extinguida la amenaza comunista, organismos como Naciones Unidas, la OTAN o la propia Unión Europea disponen, al menos en teoría, de una libertad de acción mucho mayor. Ello no quiere decir que Francia pueda o quiera oponerse de manera sistemática a las políticas estadounidenses, sino que puede ensayar sus propios caminos sin temor -o al menos sin demasiado temor- a ser considerada como un enemigo.

El mundo unipolar en que vivimos, con una sola potencia global frente a una multitud de pequeñas potencias regionales, no se había visto desde el Congreso de Viena o, para ser más precisos, desde la caída del Imperio Romano, si bien conviene recordar que los imperios persa y parto, que ocupaban los actuales territorios de Irán e Irak, constituían una frontera natural para sus conquistas. Nos hallamos ante una situación inédita y los mecanismos utilizados durante décadas para resolver los conflictos mundiales se han vuelto inoperantes. En primer lugar, porque, a diferencia del Imperio Romano, Estados Unidos no domina al mundo de manera directa, sino a través de sus relaciones económicas -cada vez más competidas con Europa y Asia- y bajo la amenaza de la fuerza, pero, salvo excepciones como la de Afganistán, no a través de la ocupación militar explícita; en segundo lugar, porque, pese a las pretensiones de la Administración de Bush de actuar como ejecutor de la pax americana, Estados Unidos necesita de sus aliados para reconstruir las zonas devastadas, y, en tercero, porque Estados Unidos no posee la capacidad, ni económica ni militar, de oponerse al resto del mundo en su conjunto.

En este contexto, Francia ha sabido llenar el vacío dejado por la antigua Unión Soviética. En la estructura multilateralconstruida durante la guerra fría, con un Consejo de Seguridad con sólo cinco países como miembros permanentes, sólo Francia podía recuperar cierto protagonismo. Una vez más: ninguna razón económica o militar justifica que sea Francia el interlocutor privilegiado de la única potencia global, pero este país ha sabido aprovechar su prestigio histórico -y su derecho de veto- para compensar sus desventajas. Dado que Rusia se encuentra en una situación de grave penuria económica, atada a los préstamos estadounidenses; que China prefiere conservar su neutralidad y concentrarse en su paso hacia el capitalismo, y que Gran Bretaña ha decidido mantener la alianza con su antigua colonia a cualquier coste, Francia es el único país con la capacidad de formular alternativas para la construcción del orden mundial en los años venideros.

Reconocida por su profesionalismo, su talento para combinar la defensa de los principios con una rara habilidad para el realismo práctico, la diplomacia francesa ha sabido sacar provecho de sus tradiciones y se ha convertido en una verdadera máquina de batalla contra los sectores más duros del Gobierno estadounidense. Otra de las peculiaridades de esta nación es que, en materias de política exterior, las diferencias entre un gobierno de derecha y uno de izquierda se borran casi por completo: salvo ciertos matices personales e ideológicos, un gobierno socialista no se habría comportado de forma muy diferente del actual.

La pregunta es, entonces: ¿por qué Francia decidió embarcarse en este conflicto con Estados Unidos? Las respuestas son múltiples y en ellas hay una sutil mezcla de la defensa de sus ideales políticos y del más puro pragmatismo. Más allá del lugar común que caricaturiza al ciudadano francés como rabiosamente antiestadounidense -un prejuicio que se acerca bastante a la realidad-, lo cierto es que Francia está dispuesta a convertirse en un contrapeso imprescindible en el nuevo equilibrio mundial. La idea subyacente a la declaración franco-alemana sobre la guerra conlleva, sobre todo desde el lado francés, la idea de construir una Europa fuerte, con una voz única en política exterior -dirigida, por supuesto, por París y Berlín-, capaz de ser tomada en cuenta por Estados Unidos a la hora de tomar cualquier decisión internacional. La reciente firma del Club de los ocho, que agrupa a España, Gran Bretaña, Italia y otros países miembros o candidatos a formar parte de la Unión Europea, en apoyo a las tesis estadounidenses, ha mostrado que la ambición francesa está lejos de lograrse.

En la guerra librada entre las diplomacias francesa y estadounidense, hasta el momento hay bajas en ambos bandos: si bien Francia ha conseguido un triunfo fundamental al obtener el respeto y el apoyo de las opiniones públicas de casi todos los países del mundo, el coste ha sido la tensión entre los jefes de gobierno de Europa, el bloqueo -y, en alguna medida, las dudas sobre la utilidad- de la OTAN, así como la incertidumbre respecto a la integración política de los países candidatos a la ampliación de la Unión Europea, provenientes en su mayor parte del antiguo bloque comunista y con regímenes decididamente proestadounidenses.

En resumen, el desafío de Chirac y Villepin ha colocado a Francia en una posición privilegiada, pero endeble. Apoyadas no sólo por la mayoría de sus ciudadanos, sino por las opiniones públicas de medio mundo, las iniciativas francesas ya no pueden ser desdeñadas. Pese a la crispación de los halcones, hasta el momento Colin Powell ha logrado mantener a su país en el ámbito multilateral de Naciones Unidas. Ése es ya un gran éxito. ¿Hasta cuándo durará el desafío francés? Es difícil saberlo. La maquinaria de guerra estadounidense está lista para ponerse en marcha y muchos analistas dudan que Bush quiera esperar más tiempo. Para obtener una rápida victoria, necesita atacar Irak antes del inicio de la primavera y puede ser que las condiciones climáticas y estratégicas pesen más que las escaramuzas diplomáticas.

No obstante, más allá de lo que ocurra con Irak, la “guerra por otros medios” librada en estos días ha servido para develar algunas de las contradicciones del orden mundial surgido tras la disolución de la Unión Soviética. En este nuevo tiempo, abierto y caótico, Francia ha demostrado que, si bien Estados Unidos tiene y tendrá por mucho tiempo el monopolio del poder militar, su voz no es la única que se escucha en el mundo. Aunque sigue habiendo líderes políticos, como Blair o Aznar, que piensan que su misión no es seguir a sus opiniones públicas, sino guiarlas en sentido contrario -curiosa concepción del quehacer democrático-, el Gobierno francés ha sabido ser fiel a sus principios, a sus intereses y a sus electores.

No es casual que sea la democracia, una de las concepciones más apreciadas tanto por Estados Unidos como por Francia, lo que está en juego. Como bien saben sus ciudadanos, el sistema democrático nació con el objetivo de limitar la arbitrariedad y los excesos de los poderosos. La democracia es ese sistema de equilibrios -de pesos y contrapesos- que permite articular el diálogo, el respeto a los derechos humanos y a las minorías. El actual orden mundial sigue muy lejos de parecerse a una democracia, pero actuaciones como la de Francia en el conflicto iraquí permiten imaginar que es posible actuar en el marco de las instituciones internacionales para hacerlas evolucionar en este sentido.

Frente a apuestas tan arriesgadas como la francesa, países como México también deben plantearse los límites entre su apoyo y su crítica a Estados Unidos y, desde luego, la necesidad de intervenir de modo más activo para desarrollar esa anhelada democracia global. Como señaló Dominique de Villepin en su discurso ante el pleno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 14 de febrero, “es un viejo país, Francia, un continente como el mío, Europa, quien se lo dice hoy, que ha conocido guerras, la ocupación, la barbarie. Un viejo país que no olvida y que sabe todo lo que le debe a los combatientes de la libertad venidos de Estados Unidos y de otras partes. Y que, sin embargo, no ha cesado de mantenerse de pie frente a la historia y frente a los hombres. Queremos actuar decididamente con todos los miembros de la comunidad internacional. Fieles a nuestros valores, creemos en nuestra capacidad de construir un mundo mejor”.

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