Vivir con el cambio climático

Cualquiera todavía indeciso sobre las consecuencias del calentamiento global, debiera haber cambiado de opinión tras el verano de 2018, uno de los más cálidos desde que se tienen registros. En las longitudes y latitudes más distantes entre sí, las regiones del planeta luchan con los efectos de acontecimientos climáticos de gran escala.

En el sur de Estados Unidos, las ciudades y pueblos barridos por el Huracán Florencia en septiembre todavía se estaban secando cuando el Huracán Michael trajo en octubre más inundaciones. En California, los bomberos están apagando las brasas del mayor incendio forestal de la historia del estado. Y en zonas de América Latina, Europa, África y Asia, el producto agrícola está en caída libre tras meses de calor sofocante.

Las condiciones climáticas más temperadas han hecho poco para paliar el sufrimiento. Según la Administración Oceánica y Atmosférica Nacional, cerca de un 25,1% de EE.UU. sufre condiciones de sequía “moderadas” a “excepcionales”. Pero las peores categorías (“extremas” y “excepcionales”) crecieron hasta cubrir un 6,3% del país, desde 6% a mediados de septiembre. En Australia hay regiones que padecen los efectos de la peor sequía en una generación.

De hecho, para una creciente cantidad de personas en todo el mundo, las inundaciones, aluviones y olas de calor –un “verano japonés”, en pocas palabras– se ha convertido en la nueva normalidad. Un estudio reciente de la revista PLOS Medicine proyecta una quintuplicación de las muertes relacionadas con el calor en los EE.UU. para 2080; las perspectivas para los países más pobres son todavía peores.

El debate sobre el clima ya no gira en torno a causas: está claro que los culpables son los combustibles fósiles y la actividad humana. Más bien, la pregunta es cuántos miles de millones de personas y empresas en riesgo se pueden adaptar con rapidez, asegurando que sus comunidades resistan lo más posible. Incluso si el mundo cumple la meta fijada por el acuerdo climático de París de limitar el aumento de la temperatura global a 2º Celsius con respecto a los niveles preindustriales, la adaptación seguirá siendo esencial, porque ahora se han vuelto normales los extremos climáticos.

Algunas comunidades ya lo han reconocido y han avanzado bastante en la adaptación local. En Melbourne, Australia, los planificadores urbanos están trabajando para duplicar la cubierta arbórea de la ciudad para 2040, enfoque que reducirá las temperaturas y los fallecimientos por calor.

De manera similar, en Ahmedabad, ciudad de más de siete millones de India occidental, las autoridades han lanzado una importante iniciativa de cubrir los techos con pintura reflectante para bajar las temperaturas en las “islas de calor”, áreas urbanas que atrapan el calor del sol y hace insoportable vivir en la ciudad, incluso de noche. Son apenas dos de las muchas respuestas de infraestructura que han emprendido las comunidades en el mundo.

Pero adaptarse al cambio climático también significará manejar las consecuencias económicas de largo plazo de las condiciones climáticas extremas, y este es una situación que los países solo ahora se están comenzando a tomar en serio.

Piénsese en la escasez de agua. De acuerdo a un análisis del Banco Mundial 2016, las crisis hídricas relacionadas con sequías en África y Oriente Medio podrían reducir el PIB en estas regiones en un índice tan significativo como el 6% para 2050. Eso sería doloroso en cualquier lugar, pero se tornaría devastador en estas regiones, ya afectadas por crisis humanitarias y desórdenes políticos.

Al mismo tiempo, el ascenso de los niveles del mar causará graves daños a las áreas costeras. La baja en los valores de las propiedades tendrá implicaciones de largo aliento no solo para la riqueza individual, sino también para las bases tributarias de comunidades y las industrias que las abastecen.

Una inquietud relacionada es que las casas y empresas acabarán por volverse sub-aseguradas o incluso inasegurables, debido a la frecuencia de catástrofes climáticas. ClimateWise, una red global de organizaciones del sector de los seguros, ya ha advertido de que el mundo está frente a una “brecha de protección” del riesgo climático de $100 mil millones anuales.

No existe una organización ni autoridad internacional que sea capaz por sí sola de tener todas las respuestas a la cascada de retos que ha desatado el cambio climático, pero algunas están asumiendo roles de liderazgo, impulsando a gobiernos y autoridades locales a actuar con mayor urgencia. Una de las iniciativas más promisorias para acelerar soluciones, y que se lanzó esta semana, es la Comisión Global sobre Adaptación, encabezada por el ex Secretario General de la ONU Ban Ki-moon, el cofundador de Microsoft Bill Gates y la Directora Ejecutiva del Banco Mundial Kristalina Georgieva.

A lo largo de los próximos 15 años, el mundo tendrá que invertir cerca de $90 billones en mejoras de infraestructura. El modo como se ejecuten estos proyectos y si están diseñados con características de bajo uso de carbono podrían llevar al planeta a un futuro más resistente al clima, o bien socavar las fuentes de alimentos, agua y seguridad en las décadas venideras.

Patrick V. Verkooijen is Chief Executive Officer of the Global Center on Adaptation, and Non-Resident Professor of Practice of Sustainable Development Diplomacy at the Center for International Environment and Resource Policy, Tufts University. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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