Vivir de un modo heroico lo que es ordinario

Vicente Ferrer atravesó la ‘Puerta de India’, en la ciudad de Bombay, enfundado en una sotana y cuando aquel enorme país no había cumplido -aún- ni los cinco años de la declaración de su independencia. Que los británicos abandonasen -en 1947- la ‘Joya de la Corona’ no había mejorado las condiciones de vida de la población que, además, se desangraba en interminables conflictos entre hindúes y musulmanes.

Todo lo que entonces Ferrer sabía sobre India, que era muy poco, se lo habían relatado los misioneros jesuitas, que llevaban cuatro siglos trabajando en la evangelización del subcontinente, siguiendo la estela de Francisco de Javier. En aquellos años, los jesuitas catalanes, como él, eran destinados al estado de Maharashtra, mientras que, por ejemplo, los vascos o los navarros arribaban más al norte, en la también inmensa región de Gujarat. En nuestros días, inmersos en la era de las ONG, no sólo la Fundación Vicente Ferrer, sino también otras como Intermon o Alboan, han tomado el relevo de los misioneros jesuitas de antaño.

Ferrer era consciente desde el instante que llegó a India que posiblemente no regresaría jamás a España. Era todavía costumbre, a mediados del siglo XX, que los misioneros jesuitas abandonaran sus países de origen, con apenas veinte años, para no regresar nunca más.

Ahora bien, Ferrer no quiso saber nada de los colegios, destinados a las clases sociales más pudientes, que la Compañía de Jesús regentaba en la costa occidental de India. Al igual que Teresa de Calcuta, unos pocos años atrás, Ferrer enseguida se decidió por servir a los estratos más desposeídos de India, viviendo como ellos.

India ha sido siempre un país forjado sobre la cultura de la pobreza, si bien, precisamente en los años más recientes y como otras naciones asiáticas, está experimentando un crecimiento económico que despierta, tal vez como nunca, optimismo sobre sus posibilidades de desarrollo. Tanto la sociedad de castas -que continúa estigmatizando a millones de personas- como el engañoso exotismo o la honda espiritualidad, que en demasiadas ocasiones despiertan el atractivo superficial, burgués e irreverente de Occidente, deben comprenderse unidos, en todo momento, a la civilización de la pobreza.

Ferrer ya conocía, antes de desembarcar en India, en qué consistía el horror de la miseria. Había combatido durante la guerra civil española en las filas republicanas. Incluso fue obligado a participar en algún fusilamiento, aunque siempre -matizaba- disparaba «apuntando al cielo».

Su labor en defensa de los campesinos provocó el recelo de las clases dirigentes y terminó -en 1968- con su expulsión a España, pero con la promesa de Indira Gandhi de regresar al país: «El padre Vicente Ferrer se irá al extranjero para unas cortas vacaciones y será bien recibido otra vez en India», decía el telegrama de la primera ministra.

De vuelta a India, y cuando hubo ya decidido abandonar la Compañía de Jesús, se enamoró perdidamente de una periodista británica, de origen indio, que cubría los avatares de su actividad solidaria. En 1970 contrajo matrimonio civil con ella, puesto que todavía no había terminado de tramitarse su salida de la orden de los jesuitas. De hecho, Ferrer, el día de su boda, manifestó su condición de miembro de la Compañía de Jesús en el mismo certificado que dejaba constancia del enlace. Y transcurridos los años se sentía a gusto, cuando le seguían llamando ‘Padre Ferrer’.

Ferrer siempre se distinguió por ser una persona extraordinariamente religiosa, pero con una vocación ecuménica, al estilo del padre de la patria india, Mahatma Gandhi. No obstante, declaraba que «forzar a Dios a que haga algo no vale la pena». Por este motivo, inspirado en el vasco del solar de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, animaba a «vivir de modo heroico lo que es ordinario».

Instalado en la zona deprimida de Anantapur, al sur de la India, Ferrer inicia -siempre al lado de su esposa- diversos proyectos en aras de proveer servicios sociales y sanitarios básicos a los colectivos más desposeídos. En 1998 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y, desde entonces, no le han dejado de llover reconocimientos en toda España.

Pero la trayectoria y la encomiable labor de Ferrer no encuadran, del todo, en los parámetros con los que tendemos a interpretar bien la misionología o bien la cooperación al desarrollo. No podemos encasillar a Ferrer propiamente como misionero, ya que nunca privilegió la tarea evangelizadora. Además, como hemos dicho, contrajo matrimonio cuando atravesaba una situación canónica delicada. Y, al mismo tiempo, nos cuesta ubicar a Ferrer como cooperante. Ocurre que los cooperantes son, normalmente, jóvenes que se desplazan unos pocos años de su vida al Tercer Mundo a trabajar a favor de la justicia social. En cambio, Ferrer se confesaba indio por los cuatros costados, marido de una mujer india y también padre de tres hijos, a quienes -junto a su esposa- pretendió educarlos, siempre, como ciudadanos indios. Su generosidad, recordémoslo, la debemos entender como un servicio a la sociedad y a la cultura indias, con las que se sentía comprometido y a las que, a la vez, se adscribía como miembro de pleno derecho.

Asimismo, en distintos espacios de la cooperación al desarrollo ha suscitado algunos interrogantes la gestión de la Fundación Vicente Ferrer y, en concreto, el control que la familia del recientemente fallecido ha ido ejerciendo sobre ella. Su hijo, en efecto, ha sido presentado ya como sucesor natural de su padre y como la mejor garantía para conservar su legado o continuar su obra. Pero este modo de actuación puede contravenir el carácter abierto, democrático o participativo que debería distinguir el rumbo y la organización de todas las ONG.

En suma, los grandes personajes de la Historia son los que más cuesta clasificar. Vicente Ferrer se cuenta ya entre ellos. Seguimos sin comprenderlos del todo, pero los necesitamos. Son los que viven, de manera heroica, hasta lo más ordinario.

Borja Vivanco Díaz, doctor en Economía y licenciado en sociología.