Vivir dentro de un libro

En 1986 viajé a Munich para hacer un curso de traducción. En mi camino de México a Baviera me detuve en Barcelona para proponerle una traducción a Jorge Herralde. Sergio Pitol me había recomendado ante el célebre editor catalán. Mi prima Isabel vivía en la ciudad condal, donde hacía un doctorado con Victoria Camps, y me pudo dar hospedaje. Los astros se alineaban para producir uno de esos encuentros que el recuerdo convierte en esenciales.

Pitol me había sugerido que llevara una propuesta concreta a Anagrama. Elegí ‘Marte en Aries’, novela del escritor austro-húngaro Alexander Lernet-Holenia, un genio desigual. Ciertos críticos lo compararon con Rilke y el implacable Karl Kraus dijo que más bien era “sterilke” o “puerilk”». El título de ‘Marte en Aries’ alude a la conjunción astrológica que los romanos preferían para iniciar sus campañas militares. Como ‘En los acantilados de mármol’, de Ernst Jünger, nos encontramos ante una alegoría del nazismo escrita en tiempos en que la crítica no podía ser abierta.

Además de esta obra singular, Lernet-Holenia escribió ‘Barón Bagge’, novela breve donde todos los personajes están muertos y que posiblemente influyó en ‘Pedro Páramo’ (Juan Rulfo pudo haber leído la versión de Cuadernos de la Quimera, editada en Argentina y que circuló en México).

La propuesta de ‘Marte en Aries’ sirvió para que Jorge Herralde propusiera otra zona del imperio austro-húgaro. Acababa de comprar los derechos de ‘Memorias de un antisemita’, de Gregor von Rezzori, novela río ubicada en la Bucovina, punta rumana de la monarquía imperial y real. En aquel tiempo me parecía imposible ser autor de la editorial Anagrama. Pasar al catálogo con la voz vicaria del intérprete ya era suficiente. Salí de las oficinas en Sarrià con la dicha de quien lleva en las manos una forma del futuro.

Un tren nocturno me llevó de Barcelona a Munich. Desperté entre los bosques nevados de Alemania y el paisaje me pareció una metáfora de los desafíos de la traducción. Como esas frondas heladas, la lengua alemana es una maravilla que, según Jorge Luis Borges, se mantiene «lejana como el álgebra y la luna».

Ese año de 1986 usé por primera vez un ordenador Mac (que hoy podría estar en un museo del juguete) y debuté en la era digital traduciendo a Rezzori. Mientras me perdía mentalmente en la Europa del periodo de entreguerras, en México se celebraba el Mundial y Maradona anotaba ante Inglaterra el gol ilegal más célebre de todos los tiempos y el gol legal célebre.

Gregor von Rezzori no es tan conocido como merecería. Amaba el alemán pero odiaba a los alemanes. Nunca se sintió cómodo en esa cultura. Su condición de apátrida provocó que ningún país lo reclamara como suyo. Le faltaron los premios y otros protocolarios caprichos del éxito.

El año pasado, con motivo de su centenario, la editorial Anagrama lanzó una hermosa reedición de Memorias de un antisemita y ciertas revistas que pactan con el secreto le dedicaron notables monografías. Si su memoria se mantiene viva en nuestra lengua es gracias a otro de su traductores, el espléndido José Aníbal Campos.

Todo esto ha vuelto a mí porque Beatrice del Monti, viuda de Rezzori, me ha invitado a Santa Maddalena, la casa donde escribo estas líneas. Estoy hospedado en la habitación que el novelista ocupó en sus últimos días y que describe en los apuntes de su vejez.

Santa Maddalena se encuentra cerca de Florencia, en una colina poblada por un bosque de insólita espesura que estuvo a punto de venirse abajo hace unos días por una tormenta de viento. La casa cultiva su propio aceite de oliva, que se usa para todo, incluyendo el pelo de los perros.

El estudio del novelista conserva una cesta con cartuchos de escopeta ya disparados. Rezzori los encontraba en el bosque vecino, donde la cacería está prohibida. Posiblemente la misión de un escritor sea esa: recoger las pruebas de lo que no debe suceder y sin embargo sucede.

Narrar significa traducir, ofrecer otra versión del mundo. En este sentido, la traducción literaria representa una doble interpretación de lo real. Haber traducido a Rezzori y vivir en su casa, ante el paisaje que describió en su último libro, confunde lo verificable con lo inverificable.

De manera sorprendente, la cita con el libro dentro del cual ahora duermo y habito se fraguó hace casi veinte años, cuando visité a Jorge Herralde y puso en mis manos un libro sobre un país que desapareció del mapa para refugiarse en una forma más intensa de la realidad: la novela.

Juan Villoro, escritor.

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