Vivir en el colapso

El término colapso admite tres acepciones principales, todas ellas vinculadas a los conceptos de destrucción, paralización, ruina o postración extrema.

Colapsar es abrazar el final de algo, bordear la línea del desenlace, arruinar una historia guiada hasta ese momento por una secuencia más o menos conexa de hechos y personajes. Colapsar es la nada frente al todo. El fin. El polvo. La ausencia. The End.

Si admitimos la breve formulación anterior, resultaría imposible, o al menos contradictorio, aceptar una vivencia en el colapso.

¿Podemos vivir en el fin? ¿Puede la negación (la nada) ser ontológicamente un espacio para la afirmación, para el todo? ¿Qué posibilidades materiales se presentan para poder afrontar cabalmente una realidad que respira su ocaso?

No nos equivoquemos. No son preguntas estúpidas, ni trilerismo moral u ontologicista para justificar lo injustificable. No.

No vivimos en el colapso. No en el sentido más estricto que conllevaría la semántica rigurosa de la expresión. Pero sí rozamos el mismo. Nuestra circunstancia vital se ha convertido en una confrontación permanente con el estado real de terminación. Rescatando a Schopenhauer: somos una especie que vive en la agonía, la constatación fatal del discurrir.

El buque Ever Given fue remolcado hace unas semanas, concluyendo de ese modo una dramática situación de bloqueo que mantenía en tensión el tráfico comercial de todo el mundo.

Es curioso comprobar la fragilidad de los tablones sobre los que levantamos nuestra vida. Basta el encallamiento de un barco en el canal de Suez para provocar una oleada de reacciones en cadena (comerciales, políticas y económicas).

Algo tan definitoriamente estático como una obstrucción en un circuito navegable lleva consigo toda una suerte de sucesos veloces y repetidos, un frenesí de ilusiones, ficciones y censuras. Ya saben: el aleteo de una mariposa puede provocar un huracán al otro lado del planeta. Teoría del caos.

¿Pero qué es el caos? ¿Qué lo diferencia de cualquier elemento sustancial de eso que llamamos nuestra cotidianidad?

Acorralados por la liquidez de nuestro interior y derredor (utilizando la expresión de Zygmunt Bauman), la consideración sobre el espacio y el tiempo se ha erigido en un puro y neto ejercicio de voluntad. Los postulados sobre la validez factual, los parámetros de medición o las matemáticas de precisión son hoy objetos de anticuario, relegados a la sombra y la vaporosidad del polvo de las bibliotecas abandonadas.

Todo deja de ser para seguir siendo en una milésima de segundo, la que ocurre en el momento exacto que separa lo actual, lo presente, del final de todo: la existencia se desenvuelve en una partícula temporal, la que distancia el ahora del ya.

No vivimos en el colapso, pero sí lo hacemos en su vorágine. Tras de sí dejamos un reguero de sentimientos, emociones, derrotas, victorias, tragedias y celebraciones, pero esa comprobación la efectuamos a posteriori, cuando todo (todo, literalmente) ya ha ocurrido.

El ritmo es tan vertiginoso que el presente no existe, implosiona ante nosotros con la fuerza de un átomo, capturando en sus efectos pasado y futuro. El bloqueo del Ever Given es la mejor metáfora de lo necesario que resulta parar, respirar y contemplar el colosal nervio que mantiene a flote nuestra objetividad, lo que es y lo que somos: no la fuerza constructora de los hechos, sino el tiempo.

El tiempo, esa construcción físico-conceptual sin más base o fundamento que la aceptación colectiva, viva ficción que nos permite ser. La paradoja más grande es que levantamos nuestras verdades sobre una gran mentira. ¿Ya se han dado cuenta? Sí, el tiempo.

Las horas, los minutos, los segundos que delimitan perimetralmente nuestra concesión en el ejercicio de la vivencia son una trampa en la que quedan retenidos los componentes más nítidos de nuestra experiencia. Como en una telaraña, nuestro yo, diluido en millones de hitos, cae y se revuelve en un tejido casi imperceptible, gris y pegajoso. Un tejido que con cada caída o movimiento emite vibraciones en aviso y afirmación de nuestro desenvolvimiento.

Pero esa llamada no es neutra. Es la que da noticia al final que acecha. Ahora, tras la Covid-19, con el impacto social convertido en gimnasia rutinaria y la tecnologización totalitaria de la vida, la estructura de la telaraña es más sólida que nunca.

Somos datos. Muchos datos. Muchísimos datos. Datos que giran y caen en la red, en la red de redes, en internet. Somos el resultado perfecto de un algoritmo diseñado para hacernos felices. Comprar un coche, encontrar pareja o hacer running. El problema no es la acausalidad que todo esto conlleva, sino la casualidad de no estar eligiendo nuestro destino, de habernos desterrado allende nosotros mismos, de terminar esta historia (la nuestra) convertidos en una pesadilla autoimpuesta.

Solos, desnutridos emocional e intelectualmente, fatigados y exhaustos por vivir una experiencia que creemos propia, pero que, ya lo sabemos, sólo es un reflejo de una identidad construida. No somos más reales que el relato que Google ofrece de nosotros, pero en esa telaraña nos sentimos más seguros que respirando el aire que nos rodea.

La existencia conlleva dolor. Amar conlleva sufrir. Y dado que no queremos hacerlo, hemos alzado un monumento gigantesco al narcisismo y la egolatría (nuestro yo) y con él homenajeamos la vida (una que no es nuestra) a cambio de olvidar que el tiempo pasa, y con él la posibilidad de ser felices: de amar sabiendo que todo terminará, que este segundo no encontrará a su igual, porque no existe, porque pasa, porque ya ha pasado.

Lars von Trier dividió su película Melancolía en dos partes.

En la primera, comprobamos la angustiosa destrucción de la felicidad de la protagonista el mismo día de su boda. Su profesión, su familia e incluso su matrimonio caen como piezas de dominó sin una motivación concreta, sin una causalidad reglada.

En la segunda, observamos el final del mundo originado por el impacto de otro planeta hasta días antes desconocido (la espera de la catástrofe es desesperante, insoportable, una auténtica agonía).

Se han hecho muchas interpretaciones de la (como siempre) críptica película del director danés. Sin embargo, hay algo que no admite dudas: von Trier y Melancolía narran una historia de colapso, específicamente de dos colapsos: uno vital, existencial, individual y frenético; otro (el planetario), colectivo, aburrido y tedioso.

El contraste no es baladí y permite deslindar las circunstancias en las que nos movemos (nuestra realidad) de la consciencia que domina al individuo en su relación con estas. Para el cineasta, la gran tragedia, el verdadero y real drama que acontece en una destrucción total y absoluta del planeta no se localiza en la noción misma de desgracia sino, antes que ella, en la concepción del colapso que supone existir sin disponer de una identidad sostenida sobre la felicidad.

Es horroroso ver cómo von Trier arrebata a la protagonista todos y cada uno de los elementos que le otorgan carta de naturaleza. Sin embargo, ese ejercicio sociopático de desnudez, esa violación del alma, se desarrolla de forma aparentemente aséptica, desligada de cualquier presupuesto racional justificante. La película destroza cualquier comprensibilidad porque, igual que ocurre al leer a Dostoievski, uno tiene la sensación de estar rozando la ruina en cada instante, de sufrir una paralización total. Sí, de colapsar.

Los remolcadores consiguieron liberar al Ever Given. La incidencia acumulada parece remontar posiciones. La situación en Siria no empeora. El precio del café se mantiene regular. La hostelería anuncia medidas para intentar salvar los márgenes de negocio.

¿Normalidad? ¿Discurrir ordinario? ¿Cotidianeidad? El mayor peligro de vivir en el colapso es ser incapaz de percibirlo. Normalizar lo anormal. Aceptar rutinariamente el paso del día, el discurrir del minuto, la anodina circunstancia de la que formamos parte.

Todo sigue girando. Respiramos. Nos movemos. Nunca estuvimos tan cerca de ser felices. Nunca estuvimos tan lejos de olvidar quiénes somos. El fin. El polvo. La nada. Nosotros.

Álvaro Perea González es letrado de la Administración de Justicia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.