‘Voices from Spain’

Hace dos meses creamos Voices from Spain: una web donde un grupo de voluntarios hemos traducido a varias lenguas europeas numerosos artículos y reportajes de la prensa española sobre el procés catalán. Queríamos sumarnos al esfuerzo de muchos otros para contrarrestar la proyección internacional de las mentiras y tergiversaciones en que ha basado su proyecto el secesionismo. Consideramos que ese objetivo ha sido alcanzado en gran medida.

Ha quedado claro que la política nacional ya no es solo nacional. Cualquier problema serio en un país de la Unión Europea es un problema europeo. La actitud inicial de la prensa extranjera en el asunto catalán —comparaciones con el Tíbet, la vuelta del franquismo, los tópicos de Hemingway y el miliciano de Capa— es perfectamente extrapolable al resto de Europa. Hoy son Rusia y los intereses particulares; mañana no sabemos qué será, pero solo se nos ocurre una manera de empezar a protegernos a medio plazo: comunicarnos mejor. Conocernos más allá de las crónicas de un corresponsal en un momento concreto.

Los populismos siempre cuentan un relato fantástico, en el sentido más amplio de la palabra; saben venderlo y carecen de escrúpulos a la hora de utilizarlo. No sabíamos jugar a eso. Esas reglas nos parecen inaceptables y así debe ser. Pero algo tenemos que aprender. España no tenía relato. No molaba. O, para ser precisos, sí lo tenía: uno muy pintoresco, pero falso. Porque, con demasiada frecuencia, se recurre al duelo a garrotazos de Goya para caracterizar a España omitiendo el abrazo de Genovés.

Solemos dar por garantizado e imperecedero todo lo bueno que disfrutamos. Hemos criticado duramente al sistema creyendo que nunca se rompería el suelo bajo nuestros pies, que el Estado de derecho y las libertades que nos hemos dado nos acompañarán siempre, pase lo que pase. No es así, y sería muy triste que tuviéramos que descubrirlo demasiado tarde.

Ha sido irritante observar, estas semanas, cómo no habíamos aprendido nada del Brexit. Cómo se repetían patrones, milimétricamente, en fondo y formas. La manipulación de la opinión pública con mentiras tan burdas que creímos imposible que nadie las creyera. Pero lo hicieron, las interiorizaron y pasaron al acervo colectivo de cosas “que se saben” y que es inútil refutar. Contra eso es casi imposible luchar a posteriori. Los datos son necesarios pero ineficaces por sí solos: los humanos somos contadores de relatos, creadores de mitos.

Nos dimos cuenta de que queríamos leer a buenos periodistas italianos en español y que los franceses se beneficiarían mucho de leer, en su idioma, a gente como Gascón, Ovejero, Jabois, Nacarino-Brabo, Arias, Latorre, Marí-Klose, Gallego-Díaz y tantos otros; o un impecable, iluminador, editorial individual.

Imaginamos nuestro Erasmus periodístico. Que los madrileños sepamos lo que cuentan en el Véneto o Berlín. Que lo sepan personas que no leen en inglés o no pueden dedicarse a buscar. Igual que cuando los europeos recorren Europa comienzan a amarla, puede que, cuando nos leamos entre nosotros, sepamos quiénes son los Jordi Sànchez o las Forcadell belgas y sus historias —como la de la burguesía catalana que tan deliciosamente describió Ramón González Férriz en El Confidencial— ; quién es el cacique local en un pueblo francés antes de que se transforme en un líder del Frente Nacional de Le Pen. Que el señor de la Padania pueda leer, en su idioma, que los nacionalismos envenenaron Europa no hace tanto, o que los españoles no vamos por ahí vestidos de faralaes. Que sepan que, como ellos, tenemos fallos y tratamos de mejorar. Así estaremos todos en mejor disposición de resistir los cantos de sirena de los populistas que son y serán, mientras contribuimos a la construcción de esa historia común europea, aún no redactada.

Este conocimiento mutuo debería ser estimulado por los gobiernos y la Unión Europea. También debería estar haciéndolo el periodismo. Quién sabe si la crisis catalana puede ayudarnos a enfrentar, de un solo golpe, varios problemas: populismos, recelos, la Europa distante y una profesión periodística, esencial en democracia, que se ha visto envuelta en el tsunami de la desinformación y no ha podido o sabido protegerse.

Hicimos esto, en fin, por amor a la verdad, al Estado de derecho; por respeto a una historia complicada y la ilusión de ser un poco más europeos. No nos iban a hacer un Brexit ilegal, no sin hacer algo al respecto. Había que trasladarlo fuera, porque hemos estado al borde del precipicio y hemos podido arrastrar con nosotros lo mejor que hemos hecho los europeos en toda nuestra historia.

Elena Alfaro es arquitecta y Verónica Puertollano, traductora. En representación de todos los editores de Voices from Spain.

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