Voluntad y buenos propósitos

Por Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría y ha publicado recientemente el libro Adiós Depresión (EL MUNDO, 02/01/08):

La voluntad es más importante que la inteligencia. La vida, con todos sus exámenes, va dando cuenta de si hemos sabido educarla para sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro; la voluntad es, en definitiva, un facultad psicológica que nos mueve a hacer algo. En un lenguaje más operativo diríamos que es una disposición interior para llevar algo a cabo, anticipando las posibles consecuencias, algo más que recurrente siempre en los primeros días de un nuevo año. La voluntad es, junto a la razón, la facultad más propia del ser humano. Cada individuo es una promesa. Para un niño, un adolescente o un joven, educar la voluntad significa de entrada la negación del instante inmediato y el esfuerzo por no satisfacer lo que está ahí, sino apuntar hacia el futuro. Lo inmediato es superado y rebasado por lo mediato, por lo lejano. El ser humano está siempre en marcha, persiguiendo realizarse a sí mismo. Hay una distinción que se encuentra en el pensamiento clásico, entre desear y querer. Desear significa pretender algo, pero desde el punto de vista afectivo, sentimental: es como una ráfaga que se enciende en nuestros escenarios mentales y que pasa casi sin dejar rastro. Desearía ser más estudioso, más ordenado, aprovechar mejor el tiempo, mejorar mi carácter...; pero en muchas ocasiones se trata sólo de pensamientos pasajeros, que no se traducen en nada. Querer supone buscar algo y poner toda la voluntad en ese empeño; es determinación, empeño, esfuerzo concreto que no se dispersa.

De ahí que se pueda concluir que desea la persona poco madura y quiere la que está más hecha y tiene mas educada la voluntad. La alquimia de los deseos nos hace perder de vista el horizonte y apuntamos a demasiadas metas de forma transitoria, sin concretar.

Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en las metas, sin que cunda el desánimo ante las dificultades, sabiendo que todo lo grande es hijo de la renuncia. El que tiene voluntad es más libre y lleva su vida hacia donde quiere. Su aspiración final es la independencia y la consecución de los objetivos concretos que se ha propuesto. El hombre es perfectible y defectible; puede ir hacia lo mejor de sí mismo y también abandonarse y dar una versión pobre, desinflada, sin aspiraciones, tirando de su existencia como se arrastra un peso muerto.

Hay tres etapas importantes a la hora de poner la voluntad por delante en algo que queramos hacer: primera, saber qué objetivo pretendemos y cuáles son los medios con los que contamos para lograrlo; segunda, lograr la determinación rotunda de que esa pretensión no es algo fugaz, sin consistencia (un hombre capaz de obrar así es como una fortaleza amurallada), perserverando en el esfuerzo, sorteando el cansancio y los avatares de tantas circunstancias como antes o después sobrevendrán; y tercera, la puesta a punto. Sólo la voluntad nos determina. Todo progreso personal tiene que contar con este esfuerzo de aprendizaje que la voluntad propone.

El hombre con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente. Y para mí esto es así porque lleva por delante cuatro herramientas claves: orden, constancia, motivación y la ilusión de llegar algún día a esas metas, alcanzando su cima, cueste lo que cueste. De este modo, la voluntad se convierte en una segunda naturaleza, en un ingrediente recio y compacto que se adhiere a la conducta y obra casi espontáneamente, merced a ese aprendizaje.

La voluntad tiene mucho que ver con la motivación. Estar motivado es querer algo de veras, elegirlo y que merezca la pena la lucha por alcanzarlo. Ahí se produce una secuencia psicológica muy importante. Skinner, uno de los padres de la moderna psicología positivista, decía que toda conducta puede ser cambiada y organizada a través del refuerzo. Por eso algunos le han llamado «constructor de voluntades», merced a las investigaciones llevadas a cabo en Harvard. El comportamiento es una verdadera ingeniería de estímulos y respuestas, basadas en premios y castigos. Gracias al aprendizaje, se va produciendo esto. Los aprendizajes complejos se engarzan sobre otros más sencillos, a través de superposiciones y crecimientos. Así emerge el autocontrol: ese ser capaz de gobernarse a sí mismo, siendo uno cada vez más dueño de su persona y de sus planes.

El que tiene voluntad dispone de sí mismo. Sabe vencerse, es capaz de renunciar a la satisfacción de lo inmediato y tiene visión de futuro. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro, sino después de años de dejadez y abandono o de empuje, desvelos y obstinaciones repetidas en positivo. Aprender a vivir es ser capaz de superar las frustraciones que la vida impone con su devenir, alentados y espoleados por la meta, llegar a encontrarse uno con lo mejor de sí, braceando contra el oleaje que, de frente, impide avanzar.

Sócrates le decía a su amigo Hipócrates lo siguiente: «Sabio es un comerciante que vende géneros de los que se nutre el alma». Por eso es tan importante la figura del educador. Se educa más por lo que se es que por lo que se dice. Esto remite a aquel aserto castellano: «El ejemplo es el mejor predicador». Y esto se observa con enorme claridad en la tarea de los padres hacia los hijos. Los primeros no pueden pretender que sus hijos vivan cosas que ellos no practican.

Hoy existe un nuevo educador: la televisión, con una influencia que suele ser dañina, ya que fabrica jóvenes pasivos, incapaces de criticar lo que ven y que se entregan en brazos de la imagen, por una especial atracción difícil de combatir. Surge así lo que yo he llamado la filosofía del me apetece («es que no tengo ganas, es que no me apetece, eso me cuesta, aquello otro no me gusta...»). Por este derrotero se llega a una persona con voluntad débil: caprichosa, blanda, apática, veleta, que gira según el viento del momento, inconstante, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos: en una palabra, una persona sin educar, a merced del primer estímulo que le llega desde fuera y que le hace abandonar lo que estaba haciendo. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce al que lo observa, convertido en un muñeco de las circunstancias, traído y llevado y tiranizado por lo que en ese instante le pide el cuerpo.

Esto se manifestará más tarde en las cuatro notas primordiales de nuestro proyecto existencial: amor, trabajo, cultura y la propia personalidad. En el amor conyugal no llegará muy lejos, pues no sabe lo que es ceder, ni anteponer las preferencias propias a las de la otra persona, ni valorar la importancia del sacrificio gustoso y escondido. En la vida profesional, si no se enmienda, no doblará el cabo de sus auténticas posibilidades, instalándose en la mediocridad.

¿Cómo se puede educar la voluntad? Lo mejor es hacer ejercicios pequeños y repetidos, en los que uno se vence a sí mismo. Entre la voluntad débil y la fuerte, caben distintas posibilidades graduales, cada una de las cuales refleja una trayectoria. Con voluntad, uno puede conseguir que sus sueños se hagan realidad, con sólo perseverar en ellos. Se pueden sintetizar 10 pautas de conducta positiva para ir avanzando en ello.

1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence y lucha y cae y vuelve a empezar. Dicho en otros términos, es necesario adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas de forma deportiva y alegre, que vayan inclinando la balanza hacia comportamientos mejores y más maduros.

2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos y estímulos e inclinaciones inmediatas. Y esto es lo realmente difícil. Es más fácil explicar los mecanismos por donde hay que llevar la voluntad que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y poniéndolas en práctica. Esto puede ser expresado en otros términos: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo austero, sobre todo cuando se empieza. La voluntad libera e inicia el vuelo hacia la realización del proyecto personal y de la felicidad. Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que nos pide el cuerpo, sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La liberación que trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado, para ir consiguiendo que los sueños se hagan realidad.

3. Cualquier aprendizaje se adquiere más fácilmente a medida que la motivación es mayor. Estar motivado es tener el arco tenso para apuntar hacia el mejor blanco. El que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, es difícil que tenga la voluntad pronta y dispuesta para la lucha.

4. Es fundamental tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Cuando esto es así, y se ponen todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina. La cabeza no tolera la dispersión de objetivos ni tampoco que se quiera abarcar más de lo que uno puede. Por eso produce mucha paz aplicarse a esos propósitos siendo capaz de dejar de lado todo aquello que aleja de esas metas.

5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, sobre todo en sus comienzos. Los ríos desbordados de la garra juvenil hay que saber conducirlos hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí tiene su puesto la tarea del educador, por un lado, y la de los padres, por otro. Hay que saber que las grandes ambiciones, las mejores aventuras, brotan de un pequeño riachuelo que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no cede ni baja la guardia mientras se insiste en ella una y otra vez.

6. A medida que se tiene más voluntad, uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose llevar del estímulo inmediato. El dominio de uno mismo se va alcanzando mediante pequeños vencimientos diarios. El desprecio sistemático de las cosas pequeñas es la ruina de la voluntad. Y, por el contrario, la costumbre de vencerse en lo menudo nos va transformando en personas superiores, nos eleva por encima de las circunstancias. Se consigue así una clara aproximación a la felicidad.

Uno no hace lo que le apetece, ni lo más fácil, ni escoge el camino más blando, sino que se dirige hacia lo que es mejor. Cuando la voluntad es más compacta, esa persona ya ni se plantea si está cansada o aquello le cuesta, sino que sabe que será más positivo para ella de cara a los planes diseñados.

7. Una persona con voluntad alcanza la metas que se había propuesto, si es constante. He comentado en las líneas que preceden que es menester poner en juego las piezas instrumentales: el orden, la tenacidad, la disciplina, la alegría... Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del ganador que deja en la estacada a muchos perdedores en el ring social.

8. Es importante llegar a una buena proporción entre objetivos e instrumentos. Buscar la armonía entre fines y medios. Intentar una ecuación adecuada entre aptitudes y limitaciones. Pretender sacar lo mejor que hay en uno mismo, poniendo en juego la motivación entrelazada de ilusiones.

9. La voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza en el patrimonio psicológico. Una persona madura y con un cierto equilibrio psicológico ofrece un mosaico de elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia. Por ese camino se llega a la vida lograda, a la felicidad como resultado, a estar contento con uno mismo y con los demás. Por eso la felicidad es una estación a medio camino entre lo demasiado y lo poco. Dicho de una forma más ampliada: la felicidad es un estado de ánimo positivo, al que se llega a través de la mejor realización posible de uno mismo.

10. La educación de la voluntad no se termina nunca. Lo que quiere decir que el hombre es una sinfonía siempre inacabada. Y que además el haber alcanzado un buen nivel, no quiere decir que se esté siempre abonado al mismo, ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas, inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar el tejido del proyecto personal. También hay que citar la desorientación de la sociedad actual, tan permisiva y con pocos valores de referencia, lo que impide ver ejemplos positivos a su alrededor que puedan ser servidos como modelos de identidad.

Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro. La vida es un resultado, suma y compendio de lo que hemos ido haciendo con ella de acuerdo con un programa previo. El hombre debe convencerse de que la persona que tiene la voluntad consigue lo que quiere. Así de claro.

El que tiene educada la voluntad sabe lo que es la alegría. Sabe que se aprende más bien poco de las victorias y mucho de las derrotas.

La alegría es un puente que está por encima del placer y por debajo de la felicidad. Las tres -placer, alegría y felicidad- forman un tríptico esencial. Y, como telón de fondo, el esfuerzo por sacar lo mejor que tenemos dentro. Dicho de otro modo: la felicidad tiene en la voluntad un puente levadizo que nos abre una puerta importante para alcanzar la mejor realización personal.