Volver a Azorín

Tengo ante mí el retrato que Zuloaga le hizo a Azorín en 1941 y que colgaría en el zaguán de su casa de Zorrilla hasta su muerte tardía, hace hoy exactamente 50 años. Habían compartido pintor y escritor las penas y zozobras del exilio parisino durante la guerra. Allí escribirá Azorín, como de pasada, el mayor tratado que conozco sobre la anatomía del dolor nostálgico y la congoja del alma: Españoles en París. Y de lectura, ciertamente, indispensable para nosotros ahora que las ciencias del espíritu se apagan. Sin esa parisina conllevanza entre Zuloaga y Azorín, el retrato magnífico que nos ocupa no hubiera sido posible. Todo en él es fina psicología, trasunto de la delicadeza espiritual de nuestro autor, quien hacía suyo el verso de Rimbaud: “Par délicatesse / J’ai perdu ma vie“.

Nada es por azar en el cuadro susodicho: tampoco que lo retratara Zuloaga sosteniendo su obrita de 30 cuentos Pensando en España. ¿En qué otra cosa que no fuera España no ha puesto su mirar levantino Azorín, con la que nos descubre, asombrado, la gran meseta de Castilla y la variedad única de los paisajes españoles? Y que hace encauzar la atención contemplativa de toda una generación a la que bautiza la del 98, sin la cual nuestras biografías íntimas, estéticas y espirituales no serían las mismas. Al punto que se adivina aún hoy quién se ha educado con aquella pléyade nuestra -Unamuno, Azorín, Ganivet, Valle, Baroja, Maeztu, Machado, luego Ortega- y quiénes la ignoran de soslayo, sin poder así comprender lo mejor de nuestra circunstancia española.

Azorín

Pero más cosas encierra el cuadro escogido. Ante el castillo abulense, vemos el mirar ensoñado de nuestro autor, los ojos como en duermevela a pesar de la luz del mediodía castellano o tal vez por ella. Zuloaga ha captado aquí como nadie el mirar azoriniano. Y es proeza máxima de Azorín habernos enseñado, nada menos, a mirar, a “prestar atención”, algo que estamos perdiendo a raudales y que da cuenta de nuestros empobrecimientos y declive de nuestras prosas. Mas por habernos enseñado a mirar, Azorín nos ha enseñado, de paso, a escribir. Nadie como él, después de Cervantes, ha influido tanto en el estilo de los escritores hispanos. Su buen amigo Marañón afirmaba sin ambages que la historia de la literatura española se dividía en cuatro partes: “Antes de Cervantes y después de Cervantes, y antes de Azorín y después de Azorín”. ¿Y qué es escribir para nuestro escritor? No otra cosa que transliterar lo mirado cordialmente. Tan fácil y difícil. De ahí que no le hiciera falta escribir poesía -el único género que no cultivó- porque su prosa era toda ella poética, como confesó a un periodista. También en su novela reverbera su prosa lírica, como vemos en esa joya de estructura cinematográfica que es Doña Inés y que encierra tanta perfección psicológica sobre lo que sea lo femenino. Nadie ha mirado hasta hora como él la muda realidad y el secreto de las pequeñas cosas aparentes en derredor nuestro. No hay objeto humilde o persona modesta que no sea un punto de reverberación de su mirada luminosa y que se incorpore por derecho propio a su gran obra lírica. Esa es la delicadeza azoriniana. Por eso Ortega, en el homenaje en Aranjuez que le organiza en 1913 -banquete supremo del siglo de plata español- titula su panegírico así: Azorín o primores de lo vulgar. Repase, si no, el lector su memorable discurso de ingreso en la Real Academia Española en 1928, en el que se atreve a rememorar una jornada de la España del XVI, que lleva por título Una hora de España.

Para Azorín, como para Eliot en las brumas inglesas, el tiempo presente y pasado están ambos contenidos en el tiempo futuro. Por eso, vivir es ciertamente “ver volver”. Y recrear aquí y ahora, en la página, lo que la fugacidad del tiempo nos daba como irremisiblemente perdido. La obra entera suya es un viaje a las fuentes aguas arriba guiado por aquella misma nostalgia (nostos) que ánima la epopeya homérica mediterránea. Y su nostalgia provoca un volver a pasar ante nuestros ojos lo evocado durante la lectura. Eso es el prodigio resurreccional de Una hora de España. Y de muy necesaria lectura en estos tiempos de la destrucción de la cultura del recuerdo donde ya no sabemos bien que mientan los verbos “rememorar”, “conmemorar” o “evocar”. Ni tampoco, congruentemente, la nostalgia misma.

Mas el cuadro de Zuloaga encierra otras insinuaciones, no menos valiosas. Hay en la mesa junto a nuestro autor un sinfín de libros como apuntando los géneros todos que abarca su obra inmensa: ensayo, crónicas, novela, teatro, artículos periodísticos… No se puede entender el gran periodismo del siglo XX español sin la figura de Azorín que se consolida en el ABC. Y para probarlo remito al lector a aquellas crónicas viajeras que componen La ruta de don Quijote, escritas para El Imparcial de 1905. Y al comparar sus artículos y crónicas con la degradación de la prosa en los nuevos periódicos digitales, uno se asombra de lo mal que se escribe en éstos, de su pérdida de la sintaxis y vocabulario. Lo más alejado a la claridad, exactitud y pulcritud que prescribía la prosa de Azorín. Lo que nos hace tomar conciencia del muy grave estado de la función periodística por esos derroteros. Y plantearnos hasta qué punto la escritura en el espacio digital se ve íntimamente mermada frente a la escrita -y leída- en modo analógico.

Pero la actual cultura del olvido no basta para explicar el silencio que, de unas décadas a esta parte, envuelve la figura y obra de Azorín. Su gran amigo Julián Marías lo denunció ciertamente extrañado hace pocos años. Me parece que algo tiene que ver en ello un fenómeno específicamente humano que explica muchas cosas: el resentimiento, tan unido a la envidia y la venganza. Y es que la escritura de Azorín y su persona misma ponen en su laboriosa simplicidad el listón muy alto. Pocos como él conocen tan bien los grandes clásicos nuestros y han rescatado generosamente tantos autores en peligro de perderse. Ha sido Azorín, por decirlo así, el gran hospital de nuestra literatura antigua. También de una gran parte de nuestra cultura y vocabulario.

No extrañe entonces que todo ello sea difícil de agradecer, ya que secretamente lo vemos como un esfuerzo inalcanzable. Por eso Goethe nos prevenía que la barbarie era la incapacidad de reconocer la excelencia. Y Azorín es la excelencia en su forma más delicada. Por eso mismo no podemos privar a nuestros hijos del inmenso legado azoriniano. Si no lo hacemos de alguna manera nosotros, nadie lo hará. Al respecto, hay un librito iniciático de Azorín, estupendo, juvenil, indicado para ellos: Las confesiones de un pequeño filósofo.

En tanto que nosotros volvemos al cuadro de Zuloaga como memorial ahora en los 50 años de su muerte. Al fondo, más allá de los cerros castellanos, columbramos en el lienzo la campiña francesa como contraste y límite de nuestra circunstancia. Y en la mesa, entre los varios libros mostrados, asoma un manuscrito de Azorín, quizá de obra en curso. Como si nuestro amigo Zuloaga, nos dijera ante la tímida y callada presencia azoriniana: “Leed, leed, aquí también hay dioses”. El dios quizá de las pequeñas cosas. Eso es Azorín.

Ignacio García de Leániz es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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