Volver a casa

En 1988, el mundo celebró el septuagésimo cumpleaños de Nelson Mandela en el estadio de Wembley. Yo tenía 15 años de edad y vivía en Kenia. De hecho, nací fuera de Sudáfrica y para cuando el mencionado estadio estalló con Tracy Chapman y Hugh Masekela yo ya había pasado toda mi vida en el exilio. Que naciera donde nací se debió en gran medida a una decisión de Mandela mucho antes de que yo naciera.

Mi padre fue un luchador por la libertad y pertenecía a uno de los primeros grupos de jóvenes que abandonaron Sudáfrica cuando el Congreso Nacional Africano (CNA) acordó crear un ala armada revolucionaria en 1962. Mandela presidía entonces el CNA y en su famoso discurso en el banquillo de los acusados durante el proceso por traición de Rivonia subrayó la decisión de crear una unidad militar. Razonó de forma convincente que “la violencia que decidimos adoptar no era terrorismo. Quienes creamos Umkhonto we Sizwe como brazo armado del CNA éramos todos miembros del Congreso Nacional Africano y teníamos a nuestras espaldas un historial de no violencia y negociación del CNA como medio de solución de las diferencias políticas. Creemos que Sudáfrica es de todos los que viven en ella y no de un solo grupo, sea blanco o negro. No queríamos una guerra interracial y hemos intentado evitarla hasta el último minuto”.

El discurso siguió adelante en tono desafiante sobre las actitudes adoptadas y sobre lo que a su juicio hacía necesario emprender una revolución armada. Al fin, Mandela declaró: “A lo largo de mi vida me he dedicado a esta lucha del pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca y contra la dominación negra. He acariciado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas convivan en armonía e igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y espero alcanzar. Pero, si hace falta, es un ideal por el que estoy preparado a morir”. Tales fueron las palabras apasionadas e imbuidas de principios que inspiraron a la generación de mi padre. De hecho, tal impaciencia ante la situación de apartheid catapultó hacia delante la lucha de liberación.

Después de recibir instrucciones de los líderes del CNA, a la edad de diecinueve años, mi padre se unió al brazo armado del CNA y abandonó el país. Tanto él como otras personas reclutadas habían recibido órdenes estrictas de no revelar a dónde iban, sobre todo en aras de su propia protección. Como demostró la captura de Mandela, los riesgos eran muy elevados. Dejó la Universidad de Fort Hare, donde estudiaba, y se dirigió a Johannesburgo para desaparecer, luego, en el territorio de Botsuana, desde donde fue a Tanzania y de allí a la URSS. Después de recibir instrucción militar en la entonces Unión Soviética, fue enviado de nuevo a África, a Tanzania, donde el CNA creó una base con el apoyo de Julius Nyerere. Acabó luego en Zambia junto a una comunidad creciente de exiliados y activistas antiapartheid. En Zambia encontró a mi madre, una estudiante que había ido a este país a obtener un título, y allí nací yo en 1974.

Como el CNA estaba prohibido en Sudáfrica, mis padres, así como la comunidad en que crecí en la animada ciudad de Lusaka en los años setenta, eran todos considerados terroristas por el régimen de apartheid. En consecuencia, no era posible que ninguno de nosotros como familia visitara a los seres queridos que mi padre había dejado atrás en 1963.

Esto quería decir que crecí con una fuerte identidad como sudafricana. Quienes me rodeaban en la comunidad compartían la lucha de liberación. Sin embargo, el exilio marcó de modo esencial mi juventud. Yo era sudafricana de una clase especial; una refugiada, una exiliada rodeada de otros sudafricanos en un limbo.

Cuando se celebró el concierto al que he aludido al principio, estaba convencida de que nunca vería el país de cuya sangre procedía. Canté junto a los artistas cuando el vídeo por fin llegó a Nairobi, donde vivíamos por aquel entonces. La multitud cantaba con una energía y pasión estimulantes. “¡Liberad a Nelson Mandela!”. El mundo cantaba a un hombre que había envejecido tras los barrotes, a un hombre cuyo rostro no habíamos visto durante veinticinco años.

Dos años después, en 1990, todo cambió prácticamente de la noche a la mañana. Yo tenía diecisiete años cuando Mandela fue liberado de la cárcel en febrero de 1990. Acto seguido, mi familia y yo emprendimos el viaje a casa. Al igual que su juicio y encarcelamiento habían decidido la marcha de mis padres del apartheid en Sudáfrica, su liberación nos hizo volver.

Aterricé en Sudáfrica, en el aeropuerto internacional llamado entonces Jan Smuts. Vi a mi abuelo por primera vez y me dijo que la última vez que había visto a mi padre tenía mi edad. Esas semanas se me hicieron muy cortas al tiempo que iba conociendo tías, tíos y primos que me parecieron contarse por centenares. Experimenté muchas veces el sentimiento de conocer a alguien por primera vez y de darme cuenta de que me parecía a esa persona. Contenía las lágrimas, emocionada por lo mucho que habíamos perdido como familia al no conocer a toda esta gente, aunque impresionada por lo mucho que ganaríamos al volver a casa.

Mi padre regresó por primera vez sin ninguno de nosotros a su lado; decidió hacerlo por su cuenta. Supongo que pensó que se trataba de un regreso lleno de connotaciones muy emotivas y personales; ni siquiera su querida esposa e hijas iban a poder compartir con él estos sentimientos.

Cuando volvió, tenía 53 años –toda una vida a sus espaldas– y quería agradecer a Mandela el regreso a casa.

La familia, al fin, se estableció de vuelta a casa, tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas en 1994 y un Nelson Mandela de 76 años tomó posesión como presidente. Fue uno de los momentos de mi vida en que me sentí más orgullosa.

Durante la última década, el país ha celebrado el 18 de julio el Día Internacional Nelson Mandela. En honor de los 67 años de vida política activa que pasó luchando por la dignidad y los derechos humanos, los sudafricanos son convocados a emplear 67 minutos de su tiempo en esta jornada a ayudar a los demás en sus comunidades.

Este año fue de naturaleza más especial que otros. Al igual que Mandela atrajo a mi familia a emplearse en la lucha en defensa de los derechos políticos, su legado nos impulsará hacia delante como país. Le debemos la posibilidad de intensificar los beneficios y logros alcanzados por Sudáfrica en los últimos veinte años en la lucha por la dignidad y el respeto para todos nosotros, de la misma manera que él y su generación lucharon por nosotros.

Sisonke Msimang, exdirectora ejecutiva de la Open Society Initiative for Southern Africa (Osisa). Miembro del World Fellows Program de la Universidad de Yale. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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