¿Volver a empezar?

En su libro Sobre el olvidado siglo XX, escribe Tony Judd que “apenas hemos dejado atrás el siglo XX, pero sus dogmas y sus luchas, sus ideales y sus temores ya están deslizándose en la oscuridad de la desmemoria”. En efecto, la historia tradicional, tal como se enseñó a generaciones de escolares y estudiantes, daba significado al presente por referencias al pasado, mientras que hoy nos tomamos el siglo pasado con ligereza, pues, más allá de conmemoraciones oficiales -habitualmente de tragedias- desdeñamos sus enseñanzas. Si se suma a esta actitud la velocidad del cambio contemporáneo, el resultado es la extendida convicción de que el pasado no tiene nada que enseñarnos, y que nuestro mundo no tiene precedentes. De ser cierto este discurso, siempre tendríamos que volver a empezar sin usar ninguna de las lecciones del pasado. Pero no es cierto: somos personas porque tenemos memoria y formamos parte de un grupo humano porque este tiene historia. Por eso conocer su historia es imprescindible para la gobernación de cualquier grupo. Jorge Santayana acertó a expresarlo de modo apodíctico: “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”. No es extraño que Churchill dijese que para ser político sólo hace falta saber historia y ser prudente.

Viene a cuento esta introducción para encuadrar en sus justos términos la polémica que comienza a abrirse paso, con la pasión que en España despiertan los debates estériles, sobre la disyuntiva monarquía y república como formas de gobierno. Ha bastado que el Rey abdique y que se abra paso la necesidad de una reforma constitucional para que surjan numerosas voces que exigen que se someta a referéndum la continuidad de la monarquía. Lo que me impulsa a incidir sobre el tema, reflexionando en torno a dos palabras: estabilidad y accidentalidad.

Estabilidad. En la azacanada historia española de los dos últimos siglos ha habido dos momentos en los que ha sido preciso volver a empezar: 1. después de la revolución de 1868, el abortado reinado de Amadeo de Saboya y la epiléptica vida de la breve I República, y 2. después de la sublevación contra la II República, la guerra que la siguió y la interminable dictadura que la guerra alumbró. En ambos casos se utilizó como institución propiciadora de estabilidad la misma forma de gobierno: la monarquía. Por eso puede hablarse con plenitud de sentido de primera y segunda restauración, idénticas en el objetivo prioritario que perseguían: estabilidad en normalidad democrática, es decir, sin la ortopedia dictatorial del ejército. En ambos casos fue una razón utilitaria -la estabilidad- la que recuperó a la monarquía del desván donde yacía arrumbada. Los españoles no eran mayoritariamente monárquicos. Muchos veían a Carlos IV como un manso; a Fernando VII como un felón; a Isabel II como una mujer desviada desde su adolescencia; a Alfonso XII como un muchacho que murió sin cuajar, y a Alfonso XIII como la clave de arco del sistema oligárquico-caciquil imperante, que no dudó en apoyarse en la dictadura para subsistir. Pero, pese a todo ello, se acudió a la monarquía. Seguramente para extraer a la primera magistratura del país del enfrentamiento sectario, cerril y navajero al que los partidos nos tienen acostumbrados. El primer teórico de la monarquía como factor de estabilidad fue un clérigo catalán de singular talento. Era de Vic y se llamaba Jaime Balmes.

Accidentalidad. Ángel Herrera Oria era abogado del Estado y terminó su carrera como cardenal de la Iglesia católica, lo que tampoco está mal. Fue el cerebro gris de la derecha española en el primer tercio del siglo XX. Fundó la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, la Editorial Católica y El Debate. Al proclamarse la Segunda República defendió la tesis del accidentalismo, según la cual lo que importa es el contenido y la orientación del régimen y no la forma de gobierno. José María Gil-Robles fue el ejecutor de esta doctrina desde la CEDA, con la oposición de los monárquicos esencialistas apacentados desde el ABC.

Estabilidad y accidentalismo. Por estas dos razones apuesto por la continuidad de la institución monárquica en la persona de Felipe de Borbón. Con la doble crisis que padecemos -política y económica- es descabellado entrar en un debate que resulta inoportuno por razones de prioridad y paz civil. Nada es imposible pero hay un tiempo para cada cosa. El debate sobre la monarquía no es prioritario. Pero, además, no sería sincero si no añadiese que confío más en la imparcialidad, serenidad y buen estilo de Felipe de Borbón que en las cualidades de quienes podrían ser presidentes de una futura III república. No diré sus nombres; ustedes los tienen en su cabeza y a buen seguro que les provocan el mismo escalofrío que a mí. No es preciso ser monárquico para pensar así. Basta con no dejarse arrastrar por la pulsión anarcoide, una tendencia recurrente en la historia de España.

Juan-José López Burniol

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