Volver a lo esencial

Poco antes del fin de la segunda Guerra Mundial, Carlo Levi publicó uno de esos escasos textos en los que se contiene el sentido moral de una cultura. Cristo se detuvo en Eboli es, en su apariencia de un libro de recuerdos, el exigente testimonio de la dignidad del hombre, de su integridad, de su fidelidad a los fundamentos de una civilización, cuya defensa debería estar al frente de nuestras prioridades. Por sus ideas democráticas, Carlo Levi había sido confinado, a mediados de los años treinta, en un pequeño pueblo del sur de Italia donde se entregó a la práctica médica desdeñada en los días de libertad, cuando prefirió dedicarse a la pintura. Los campesinos humildes, conscientes de la insignificancia que les atribuía el Estado, reducidos a una miseria enloquecedora, dejaron una honda huella en el escritor. Resignados, le decían a Carlo Levi que ellos no eran cristianos. Porque cristianos, a sus ojos, significaba ser hombres. Y ellos no lo eran exactamente, al tratárseles como bestias de carga, como objeto de expropiación y violencia. La civilización se había parado antes de concederles la posibilidad de liberarse. Se había detenido, utilizando una imagen literal del progreso, allí donde el ferrocarril acababa su recorrido, en Eboli. «Cristo nunca llegó allí, ni tampoco el tiempo, ni el alma individual, ni la esperanza, ni la relación entre causas y efectos, la razón y la Historia. No, Cristo no llegó a esa tierra oscura, sin pecado y sin redención, donde el mal no es moral, sino un dolor terrenal que está para siempre en las cosas. Cristo se detuvo en Eboli».

Volver a lo esencialEn las últimas décadas, antes de que se iniciara una crisis económica que se intenta resolver al margen de los valores esenciales de nuestra cultura, una sociedad satisfecha pretendió exhibir en su opulencia lo que los campesinos italianos le reprochaban a su pobreza. Nosotros no somos cristianos, podían haber dicho quienes vivían a espaldas de una tradición levantada con ahínco durante dos milenios. Cristo se detuvo en vísperas del mundo moderno y, desde luego, apenas alcanzó a vislumbrar la posmodernidad. Y podían haberlo dicho en el modo riguroso en que aquellas gentes dignas y humildes lo proclamaban: no ser cristiano es distinto a no ser creyente, significa apartarse de todos los recursos morales de nuestra civilización. Significa menospreciar la libertad preciosa del individuo, la dignidad de la persona, la defensa de una condición singular meditada en veinte siglos de pensamiento occidental.

Antes de que irrumpiera una crisis que nos ha sumido en el desconcierto, ya habíamos asistido al saqueo intelectual y al despojo ético de una sociedad narcotizada por la radiante expansión del consumo, la confusión entre felicidad y diversión y el enardecimiento del egoísmo. A este desierto, apartado de aquellos lugares por los que transcurrió nuestra cultura, dejaron de llegar también el tiempo, el alma individual, la esperanza, la relación entre causas y efectos, la razón y la historia. El hecho moral perdió vigencia, los principios tradicionales fueron derogados, la mirada que nos contemplaba desde hacía dos mil años quedó apagada por la indiferencia. Cristo se detuvo a los pies de aquella sociedad que repudiaba su ejemplo personal, su fe en el destino libre y trascendente de los hombres. Luego, llegó una catástrofe económica que era el fruto de la corrupción, de la falta de escrúpulos, del materialismo extremo.

Cuando la fiesta se ha acabado, buscamos algo a lo que agarrarnos en una etapa de padecimiento no menos ilimitado de lo que parecía nuestra vanidosa opulencia. Quienes deberían orientarnos en el camino de una restauración cultural se empeñan en volver atrás. Intentan decirnos ahora que todo aquel tiempo de derroche, de frivolidad intelectual e ignorancia ética nada ha tenido que ver con las causas de la crisis, que fondean exclusivamente en los desequilibrios financieros. Nuestros dirigentes se niegan a reconocer el fracaso de una forma de vida y, por tanto, no desean aceptar que hemos asistido, que estamos asistiendo aún, a una crisis de civilización. ¿Qué otra cosa es la renuncia a aquellos valores que nos han identificado durante siglos? ¿Qué otra cosa puede significar el vaciado sistemático a que ha sido sometida nuestra conciencia cultural en todo este tiempo? ¿Acaso no nos hemos percatado del inmenso destrozo moral que acompañaba la alegre fanfarria de las épocas de bonanza?

Antes de que la gente descubriera su desnudez económica, llegó a indicarse, con feroz relativismo y empacho de multiculturalidad, que los valores sustanciales de nuestra civilización eran intercambiables: ni propios ni ajenos, ni mejores ni peores, ni irrevocables ni accidentales. Eran ilusiones sin verdadera entidad, entes sin significado en un mundo global, mística sin sustancia en una época que hacía caducar no solo las ideologías, sino también las ideas. Perdimos el sentido patrimonial de una herencia enriquecida a lo largo de dos mil años y se nos hizo abandonar ese pulso exigente que, desde el inicio del Occidente cristiano, el hombre le ha echado a la falta de amor, a la corrupción de costumbres y a la ausencia de respeto a nosotros mismos y a nuestro prójimo. Se vendió por muy poco nuestro carácter, a cambio de una temporada de obesidad material que, para mayor ironía, ahora está sometida a una dolorosa cura de adelgazamiento. Nuestra resistencia a la austeridad que se nos quiere imponer procede de las propias promesas hechas por el sistema y, por tanto, a nadie debería extrañar que el personal esté poco dispuesto al sacrificio. En especial, cuando nada parece anunciar que la lección nos sirva para corregir el derroche económico y restablecer, además, los parámetros de una cultura en cuyo abandono se encuentran las raíces del mal que nos aturde.

En estas mismas fechas, dos mil años atrás, se produjo un hecho crucial. El nacimiento de Jesús inauguraba el tiempo del hombre nuevo, del hombre libre, apartado de su desesperación o de su fatalismo, capaz de enfrentarse a las fuerzas de la naturaleza y a las más o menos burdas analogías del paganismo. Ni una sola de las acciones de emancipación individual que se han producido desde entonces en la historia ha estado al margen del mensaje que empezaba en aquella noche. No hay discurso liberador, reclamación de justicia, declaración de derechos o meditación humanista que no tenga sus raíces en aquel acontecimiento. Y, desde luego, nada puede entenderse de lo que es Occidente, de lo que es España, de lo que somos nosotros como civilización en el mundo, sin buscar en aquella fecha el origen de nuestros valores.

Por ello, al considerar de qué modo quiere afrontarse la solución de nuestros problemas por nuestros dirigentes políticos, recuerdo una frase del relato de Zweig Confusión de sentimientos, cuando un viejo profesor examina el libro con el que se ha querido rendirle homenaje, recorriendo todos los actos de su biografía: «Es cierto todo lo que contiene, sólo falta lo esencial. Me describe, pero no me expone. Habla simplemente de mí, pero no revela quien soy». Lo esencial, lo que somos, está en un lugar muy alejado de los ajustes contables y de los esfuerzos por volver a implantar la banalidad como timbre de nuestra cultura. Lo esencial está allí, en el nacimiento de Cristo, a punto de cumplirse de nuevo, a punto de volver a ocurrir en el fondo de la historia, en lo más profundo de nuestro corazón.

Fernando García de Cortázar, historiador y director de la Fundación Vocento.

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