Volver a Praga en primavera (I)

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 24/06/06):

La primera vez que visité Praga me quedé en ese estado, más allá de la euforia, en el que la conciencia te advierte de que estás gozando de algo por encima de toda medida; algo que está fuera del molde, sin comparación posible, que presencias algo único. Me enamoré de Praga a primera vista, igual que se engancha un chaval, aspirante a comerse el mundo, de esa dama mayor, comprensiva y distante. Yo tenía 22 años; los debí cumplir allí, creo; entonces éramos tan jóvenes que no los celebrábamos por falta de experiencia. Era verano y viajaba con un pasaporte en el que me apellidaba López. Iba de paso, y a la ida me metieron en un hotel inmenso en las afueras de Praga, donde había tres o cuatro restaurantes que me tenían perplejo porque nunca encontré a alguien almorzando ni cenando, y los camareros estaban tan mal acostumbrados que se asombraban cuando aparecía yo pretendiendo comer algo. La habitación era sórdida y tan sosa como aquella película de Alain Resnais, El año pasado en Mariembad,con pasillos interminables que seguían a salones interminables; pero el baño y el aseo estaban fuera.

Eso sí, había una mesa y una radio antigua, de madera, donde sólo se sintonizaba una emisora que alternaba música folklórica y larguísimos parlamentos en checo, supongo.

Como iba de paso, a la vuelta me pusieron en otro hotel de la plaza Wenceslao, con un gran comedor en la planta baja y muchas putas viejas con aspecto de putas viejas, y señores encorbatados con trajes a rayas, o de ojo de perdiz, que yo recordaba de mi infancia, y que le daban al ambiente algo de la España de los años cincuenta. Por más que la ciudad transpirara tristeza a raudales, que los tranvías pareciesen salir de túneles fantasmas, que la gente fuera vestida de un gris suelo de calle,bastaba entrar en una cervecería y la realidad se transformaba y aparecía la risa. Esa risa checa que es como una manera de ser, porque sirve para todo: las bodas, los bautizos y hasta los entierros. La risa en Praga es un arma defensiva. Lleva cuatrocientos años demostrando su eficacia; exactamente empezó a usarse tras la derrota de la Montaña Blanca (1620), donde los Habsburgo, los españoles y sus sicarios cortaron la cabeza de 27 caballeros checos. La risa ha sido un producto made in Chequia con resultados notables en varios campos, la literatura, la vida social, el cine, y sobre todo el teatro. No hay pueblo en la tierra conocida donde el teatro sea tan importante como en Praga.

Lo mejor en la obra literaria de Milan Kundera está dedicado a la risa – aquella joya de La broma,donde llegué a llorar de pena y de sarcasmo, o El libro de la risa y el olvido – y el Hrabal del Yo que serví al rey de Inglaterra.El humor, la risa, está permanentemente presente en el mundo checo. Praga resulta tan sarcástica que hasta los que hoy se pueden considerar los dos clásicos de la ciudad, Kafka y el genial Hasek del impresentable y bravo soldado Svejk, son dos autores graciosos, divertidos, admirados por su sentido del humor entre todos sus amigos. Es sabido que las lecturas de Kafka eran acogidas con gran éxito de risas y que las declamaciones del borracho Hasek conseguían pagarle sus juergas lúgubres. La expresión algo kafkiano para designar el absurdo brutal no nace en Praga y en la época del protagonista, sino que es una consecuencia del totalitarismo que Kafka no conoció; fue la realidad que imitó a la ficción acabando por superarla. Pero no se engañen, el humor no es subversivo; el humor no ataca, es defensivo.

Me acuerdo que entonces, en aquella sórdida visita de 1969, me esforcé por ver el teatro negro,el legendario teatro negro de Praga. Mi idea era muy simple; como se trataba de un teatro sin palabras, de gestos, mímica, música, todo menos el lenguaje hablado, pensé que lograría entender algo. Aún tengo en el lado ridículo de mi memoria la imagen de mi imitación de Buster Keaton y su cara de palo, rodeado de personas que literalmente se desternillaban de risa ante lo que veían e imaginaban sobre el escenario. Yo, mientras, no comprendía nada.

El teatro es tan importante en Praga que la revolución de terciopelo, la peculiar transición del comunismo a la democracia en Checoslovaquia, comenzó con una huelga de actores. Por eso se puede decir que Praga, por encima de cualquier otra ciudad del mundo, es un teatro de la historia, y con eso no se pretende ni hacer desdén ni menosprecio, porque el teatro es algo tan serio en Praga que sustituye y supera y suplanta a la vida. En una vieja calle encontré uno de los símbolos más evidentes, plásticos y hermosos de la ciudad renovada. Era en la Husova, entrando al barrio antiguo y no lejos de esa plaza-avenida que es Wenceslao. Allí, en el número 2, levanté la vista al cielo y me encontré con Lenin colgado de una viga. Una aparición digna de los directores de escena Hasek y Kafka, porque después de tantos años de castigo lo normal era que uno se encontrará a Vladimir Ilich decapitado como en Hungría, derribado como las estatuas de Djerzinski en la Lubianka moscovita, o colgado de los pies, como los perros, en Polonia. No, era un Lenin al estilo praguense: agarrado a duras penas con una mano de una viga y mirando al abismo que se cernía bajo sus pies colgantes. Una escena de verídico teatro en una de las calles más frecuentadas de Praga. Lenin se abraza a la viga antes de caer al vacío y pegarse la hostia de su vida. Amén.

El teatro es el gran milagro que han aprendido a hacer las personas, por eso Praga es mágica, como escribió Ripellino, porque lo mágico es lo máximo que puede aceptar un tipo que no cree en ídolos ni en trampas. Praga es un milagro laico. ¿Cómo es posible que esa ciudad haya podido sobrevivir a tantos siglos de barbarie, de dictadura, de opresión, de miseria, de guerra, de impunidad, de castigo? Llegaron los mercenarios españoles y la arrasaron tras la batalla legendaria de la Montaña Blanca – cuando digo mercenarios y españoles utilizo una expresión contemporánea según la cual quien paga es propietario de la cuadra, como en los deportes-, y los jesuitas, una bandada de jesuitas y de otras órdenes no menos petulantes, que se propusieron convertir a latigazos a los escépticos praguenses. Hoy Praga es una de las ciudades modelo, porque conserva centenares de iglesias, de todo tipo y toda religión, en una población arrolladoramente atea. ¿Qué mejor uso de una iglesia que servir de museo a las ideologías del pasado?

A esa vieja dama que apenas si me miró desde los puentes del Moldava le guardé siempre un amor de adolescencia, que son pasiones fuertes, lúcidas por más que estén equivocadas. ¿Quién te quitará el gozo del momento?, ¿el orgullo único de atreverte, cuando domina la acre comodidad de lo grisáceo? Durante muchos años soñé con ella y fue para mí la ciudad más hermosa del mundo, con ese baremo torpe que concede la simpleza de una edad sin contornos, de rompe y rasga. Un día, también de verano, contemplé Jerusalén, a media mañana, desde la puerta de Damasco, y la traicioné. Lo escribí, no sin ciertas dificultades, porque el artículo tuvo sus problemas, que ¡Jerusalén, Jerusalén! ocupaba desde entonces el lugar de mi corazón; los hombre esquivamos la fidelidad por principio animal.

Convertida hoy Jerusalén en una sentina de odios, vuelve Praga a ser para mí, en su fulgor pálido, de alquimista, de mágico, la ciudad más hermosa y sentida que he visto nunca. La vieja dama ha vuelto a sonreír, como en pasando; un guiño, esa sonrisa praguense irresistible, cómplice, intrigante. Yhe caído. Han pasado treinta y muchos años desde que entrara en Praga por el túnel de Stranska y me quedara extasiado, pletórico, contemplando el escenario más espléndido después de todas las batallas. El puente Carlos consiente ver todas las Pragas posibles e imposibles. Por eso, cuando he vuelto, tuve especial interés en seguir un modesto cartel publicitario que anunciaba el Museo del Comunismo. Está en calle principal, la Prikope, y tras pasar una de esas entradas que parecen pensadas para carroza dieciochesca o representación de Don Giovanni,se sube una escalera, y conviene estar atento, porque a la derecha se entra al Casino, uno de los más importantes de Praga, y a la izquierda se penetra en el Museo del Comunismo. Genial metáfora. A la derecha, el casino; a la izquierda, el museo de la mediocridad hecha crimen.

Que nadie espere uno de esos museos para enfermos de gloria y estupidez. El Museo del Comunismo es de una sobriedad praguense, nada barroca, ese engendro magnífico que llevaron los españoles y los jesuitas a Praga, sino una cosa humilde, casi cotidiana, que desarma por su simplicidad. Les recomiendo un paseo por ese lugar que apenas si tiene visitantes. Ysi pueden, contemplen un vídeo aún más modesto, que reconstruye aquellos años hoscos y brutales de la vergüenza, aquellos sesenta, torvos como perro callejero. Allí se escucha de fondo una balada de Karel Kryl, uno de esos rapsodas de la pelea que nosotros no tuvimos, los nuestros fueron empleados de la canción protesta con derecho a jubilación con implementos. La canción se llama Gracias (Dékuji)y tiene una traducción que debo a los buenos oficios de mis amigos praguenses y que no puedo transcribir sin una emoción incontenible, de treinta y muchos años:

“Gracias, gracias por el fracaso… / Gracias, gracias por las lágrimas… / Gracias, gracias por la fealdad… / Gracias, gracias por el cansancio… / Gracias, cordero, no moriste en vano”.