Volver a unir el Reino Unido

Al final, la democracia acudió al rescate. El pueblo escocés votó por la permanencia en el Reino Unido, por un cómodo margen de alrededor del 10%. El resultado se debió en buena medida a la campaña de tres políticos laboristas: Alastair Darling, Gordon Brown y Jim Murphy.

Hubo momentos en que parecía que el resultado sería mucho más parejo, o incluso que los británicos nos enfrentaríamos a la tarea de desmembrar un país que durante siglos reunió a cuatro comunidades nacionales: Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia. Los escoceses han sido parte del estado británico por más de trescientos años, y un elemento fundamental de la cultura protestante, imperial, aventurera y volcada al exterior que forjó la identidad británica. Aunque esa identidad se fracturó, espero que la ruptura no sea irreparable. Pero de todos modos, ya nada será lo mismo.

Ahora el pueblo de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte (que a fin de cuentas no recibió un rechazo) deberá esforzarse por rescatar algo valioso de los pasados debates, que a veces fueron ásperos y divisorios. Tenemos que mostrar magnanimidad, virtud difícil de practicar incluso en el mejor de los tiempos. Pero antes de encarar el desafío, ¿qué enseñanza nos dejó este paseo al borde del abismo?

A pesar de la enorme concurrencia de los escoceses a las urnas, los referendos son un modo lamentable de intentar resolver grandes cuestiones políticas. Quienes establecieron y desarrollaron la democracia parlamentaria en Gran Bretaña lo sabían muy bien. Los referendos son el recurso favorito de los populistas y los dictadores en potencia. Subsumen cuestiones complejas en un solo día de votación y en una única pregunta que, en muchos casos, ni siquiera es la que mucha gente realmente está respondiendo. Las democracias parlamentarias no deberían tener ningún lugar para referendos.

En este jueves de septiembre de 2014 en particular, el resultado fue no echar a la basura trescientos años de experiencia y prosperidad compartidas. Pero hubo momentos en que pareció que estábamos a punto de hacerlo, y esto se explica por tres razones; ninguna de ellas habla bien del estado de la política británica ni permite asegurar, en mi opinión, que nuestro futuro vaya a ser y deba ser diferente.

En primer lugar, a pesar de que las raíces y las aspiraciones del nacionalismo escocés son muchas y muy respetables, durante la campaña y su preparación quedó de manifiesto un desagradable matiz chauvinista que en ocasiones llegó a ser una grosera hostilidad contraria al pluralismo. Esto se vio reflejado, por ejemplo, en las intimidaciones que recibieron algunos periodistas. En términos generales, la campaña por la independencia puso a los ingleses en el lugar de lo que los filósofos y sociólogos llaman “el otro”, una fuerza extraña y amenazante culpable de todo lo malo. Ahora habrá que tratar de olvidar todo eso.

En segundo lugar, Gran Bretaña, como otros países europeos, sufre el ascenso de fuerzas políticas furiosas, populistas y oscurantistas movidas por teorías conspirativas. Un ejemplo es el éxito electoral en Inglaterra del Partido de la Independencia del Reino Unido. Demagogos que amontonan prejuicios sobre medias verdades y descartan cualquier intento de conectar el debate con la realidad tildando con arrogancia a sus adversarios de deshonestos e interesados. Los líderes políticos responsables deben ser más decididos, audaces y enérgicos en la confrontación de tales interlocutores.

Finalmente y en el ámbito de las políticas, los británicos hemos caído en la ilusión de creer que algunos retoquecitos bastarían para mantener nuestro sistema de gobierno, cuyas falta de representatividad, ineficiencia y exceso de centralismo son cada vez más evidentes.

Esta creencia se mantuvo porque convenía a los dos partidos políticos principales. El laborismo intentó evitar el debate constitucional porque cualquier cambio en dirección a instituciones más federales obliga a discutir su sobrerrepresentación en el parlamento del Reino Unido. No es justo transferir más poderes al parlamento escocés y al mismo tiempo seguir dando una influencia desproporcionada sobre los asuntos de Inglaterra al laborismo, que controla 41 escaños escoceses en la Cámara de los Comunes.

En cuanto a los conservadores, dejaron que su fe en la unión de las partes constituyentes del país clausurara toda discusión sobre cómo modernizar esa unión. Para evitar que el Reino Unido se despedace, tenemos que cambiar su modo de gobierno, un proceso al cual el primer ministro David Cameron propuso imprimirle una velocidad asombrosa.

Hace menos de sesenta años, los conservadores tenían una mayoría de los escaños de Escocia. Hoy, de los 59 representantes escoceses al parlamento del Reino Unido, sólo uno es conservador, una clara señal de cómo los tories se dejaron excluir de algunas partes del país.

En algunos aspectos, este es el mayor desafío al que se enfrenta la cultura política del Reino Unido. Los conservadores están perdiendo contacto con partes del país donde alguna vez fueron fuertes (no sólo Escocia, sino también ciudades del norte de Inglaterra), y hay una creciente desconexión entre el partido y las cada vez más importantes minorías étnicas de Gran Bretaña.

Algunos de estos problemas también afectan al laborismo. Los dos grandes partidos tendrán que encarar estas cuestiones mientras comenzamos la larga y difícil tarea de reformar un país que perdió parte del aglutinante de afinidad y solidaridad que lo mantuvo unido durante tanto tiempo.

Para algunos ciudadanos británicos al sur de la frontera escocesa, será difícil actuar con la buena voluntad que ahora se necesita para superar el episodio del referendo. No sé hasta qué punto Alex Salmond, el renunciante líder del Partido Nacionalista Escocés y promotor del referendo, habrá contribuido a aumentar el apoyo a su partido, pero me temo que con sus acciones haya estimulado un exceso de sentimiento nacionalista en Inglaterra.

Oí a un comentarista decir que la campaña por el referendo fue “hermosa”. Quizá a fin de cuentas sea alentador pensar que realmente pudimos “confiar en el pueblo”. Que otros que se oponen a la democracia en sus propios países tomen nota. Pero por momentos la campaña estuvo demasiado cerca de convertirse en un triunfo de la sinrazón. El desafío ahora es ver cómo desterrar de nuestra política las medias verdades y las grandes mentiras, y restaurar la razón y la moderación en nuestro país dividido.

Chris Patten, the last British Governor of Hong Kong and a former EU commissioner for external affairs, is Chancellor of the University of Oxford. Traducción: Esteban Flamini.

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