Vomitorio

Por Fernando Savater (EL CORREO DIGITAL, 22/12/07):

¿Habrá algún otro lugar en el mundo en el que se hable más de comida que en el País Vasco? No hay semana sin una celebración relacionada con el paladar y el estómago: el concurso de quesos, el festival de los pintxos, el día del chuletón, la feria de las piparras o la morcilla, la Alubiada sin Pecado Concebida y por ahí todo seguido hasta reventar. Cada dos por tres se festeja a los santones de la cocina y todo se nos llena de gastrónomos, magos de los pucheros y triperos ilustres que realizan, teorizan y profetizan con las cosas de comer. Tenemos cocineros en todas partes: en la televisión, en los ayuntamientos, en las fiestas patronales, en la universidad, en la korrika donde quiera que sea, salvo en las concentraciones contra el terrorismo etarra. Y por supuesto el banquete -aunque no precisamente platónico- es el acto cívico central más importante de nuestra hambrienta ciudadanía: para demostrar qué bien nos llevamos y qué entrañables somos, no hay más que ir a nuestras sociedades gastronómicas y comprobar cuánto comemos juntos. Aquí no nos reunimos para hablar o discutir, porque eso provoca acidez de estómago cuando no cosas peores (que se lo digan a algunos a quienes han matado con la cuchara en la mano en plena degustación), sino para tragar y deglutir: la convivencia no consiste en expresarse sino en masticar al unísono. Si en Euskadi alguien dice ‘pienso, luego existo’, tengan por seguro que no está citando a Descartes sino sólo celebrando lo que le echan en el pesebre.

Yo, en cuestiones de apetito, soy muy ‘de aquí’, como suele decirse: lo tengo excelente, incluso demasiado bueno cuando por razones higiénicas debo vigilar mi peso. Salvo la cocina científica y deconstruida me gusta todo lo que puede llevarse a la boca, de modo que en principio nada tengo que objetar sino todo lo contrario a las festividades culinarias de esta tierra. En cuanto llaman ‘¿a comer!’, allí estamos mi barriga y yo. Más patriota, imposible. Sin embargo, últimamente voy teniendo cada vez más dificultades para concentrarme en las alegrías de la mesa. Parece que los acontecimientos conspiran para quitarme las ganas de comer: y lo que sobre todo me vuelve más inapetente es que empieza a parecerme que tanto entusiasmo por la pitanza no es tan espontáneo ni tan inocente como parece, que se trata de una especie de entretenimiento para que no le demos importancia a lo que verdaderamente la tiene con perdón del estómago.

Por ejemplo: ¿no se le revuelven a uno las tripas cuando lee en la prensa que el diputado general de Álava, el peneuvista Xabier Agirre, ordenó volver a izar las banderas oficiales que los servicios de la Diputación habían arriado a media asta tras la muerte del guardia civil Raúl Centeno? Quizá sea un malentendido pero no he leído ni oído que la instancia interesada haya negado esa incalificable vileza que se le atribuye. Ya les digo, uno no puede digerir a gusto cuando hay que tragar sapos todos los días. Sigo con los ejemplos. La portavoz del Gobierno vasco, Miren Azkarate, pide muy convencida firmeza contra ETA después del asesinato de los guardias civiles: pero el día antes figuras institucionales del tripartito muy cualificadas aseguraban que la condena a miembros del entorno etarra no era jurídica sino política, cosa del pasado y un obstáculo para la paz. Y el inefable e incansable Azkarraga aseguraba que el Ejecutivo vasco no contempla más hipótesis que la participación de ANV, es decir Batasuna, es decir ETA, en las próximas elecciones. ¿Es eso firmeza? Pues entonces Himmler debió de ser un firme pero incomprendido perseguidor de los antisemitas.

Lo que más favorece la dispepsia es el escuchar un día tras otro mentiras y más mentiras, aunque las bombas vuelen juzgados y los criminales asesinen defensores de la Ley. Una mentira y de las gordas gordísimas es eso de que ‘ilegalizar ideas no es la solución’. Vamos a ver: las ideas no pueden ilegalizarse mientras son sólo ideas, es decir cosas que tiene uno en la privacidad de su cabeza. Si las cabezas fuesen transparentes, con las ideas que tengo yo cada vez que veo a nuestras dignas autoridades en televisión bastaría por encerrarme de por vida en el más remoto penal. Pero cuando las ideas se exteriorizan, se expresan y se forman grupos políticos para defenderlas en la sociedad, claro que pueden ser prohibidas, faltaría más. Si se forma un partido que no condena la violencia antisemita porque según él ‘los judíos son un problema político’, será prohibido: aquí y en cualquier lugar de Europa. Si aparece un partido que no condena la violencia de género porque según él ‘las mujeres son muchas veces un problema en la familia’, será prohibido: aquí y en cualquier país no sometido a la teocracia islámica. Y los partidos que no condenan el asesinato de adversarios políticos o los estragos terroristas, que comprenden la lucha armada contra el Estado por razones separatistas, que apoyan o celebran a los asesinos porque aprueban la razón de sus crímenes (aunque se manifiesten paradójicamente contrarios a la violencia) deben ser prohibidos: en España y en cualquier país democrático. En caso contrario, se estaría incitando a que imitásemos esas prácticas los demás.

Por favor, para que podamos tragar en paz: basta de mentiras oficiales. Ya está bien de tratar de inculcarnos que los etarras obstaculizan la consulta popular propuesta por Ibarretxe, como si dicho señor tuviese otro argumento para justificar su referéndum ilegal que lograr la paz, es decir el final de la violencia terrorista acordando un precio político a pagar por quienes la padecen. Ya está bien de que nuestro lehendakari acompañe sus condenas de ETA porque no representa al pueblo vasco con la apostilla de que tampoco lo representa el PP de María San Gil, como si fuese lo mismo el atentado contra la democracia que la disidencia democrática. ¿O es que el lehendakari y todos los otros nacionalistas no saben que vascos tan vascos como ellos se oponen a la ‘construcción nacional’ que proponen porque la vemos como una efectiva destrucción nacional del Estado de Derecho en que vivimos y que ellos tan mal representan?

La última indigestión, por el momento, me la ha producido una noticia según la cual el Eustat, Instituto Vasco de Estadística, ha decidido que el País Vasco ocupa el tercer puesto en el índice de desarrollo humano, por detrás sólo de las cálidas y próximas Islandia y Noruega. ¿De dónde se saca el Eustat semejante notición estadístico? De un estudio realizado por la Oficina para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), basado en los datos de 178 Estados. Ah, dirán ustedes, pero es que Euskadi no es un Estado y no ha sido por tanto estudiado por el PNUD. No importa, qué más da: el Eustat se ha encargado de extrapolar (¿?) los datos del informe, a fin de que el País Vasco esté en el tercer lugar mientras que España, pobrecilla, figura en el catorce. Ya se ha dicho muchas veces que en este mundo hay mentiras, mentiras grandes, mentiras enormes y estadísticas. El Eustat ha decidido, con brío profesional, optar por estas últimas. Y probablemente su manipulación, que no sólo es indecente sino ridícula (las dos características habituales del nacionalismo) querrá pasar ante los indocumentados por ‘científica’. Pues bien, sin pretender ser científico y a ojo de buen cubero, me atrevo a decir que si no fuera porque el País Vasco es parte del Estado español no sólo no estaríamos avanzados en desarrollo humano sino que habríamos vuelto a la época de la Edad de Piedra, o sea de Caín y Abel. Que se lo pregunten a los no nacionalistas o incluso a los miembros del PNV castigados en Ondárroa.

¿Gran placer la comida, sin duda! Pero cuando se come en libertad, sin soportar coacciones ni mentiras. De modo que para la mitad de los vascos, tanto hablar de forraje y de bebida no es más que una incitación a la indigestión y la úlcera sangrante. O por lo menos a la náusea y el vómito.