Votar con sensatez

E LPartido Popular ha sido tradicionalmente el partido del sentido común, de la sensatez. Sus afiliados lo acaban, lo acabamos, de demostrar otra vez en esta primera ronda de las elecciones a presidente de la formación. No sólo las ha ganado Soraya Sáenz de Santamaría con un 36,95 por ciento de los votos, sino que si sumamos a este porcentaje 26,95 por ciento obtenido por María Dolores de Cospedal veremos que el 63,90 por ciento de los electores, una mayoría abrumadora, quiere una renovación sensata y razonable, un salto generacional, sí, pero un salto generacional de padres a hijos, no de abuelos a nietos.

Conste que yo soy abuelo (y bisabuelo) y quiero y estimo mucho a mis nietos. Pero precisamente por el aprecio y cariño que les tengo no les confiaría la dirección de un partido que quiere y debe gobernar España. A dos años vista, además, que es el plazo que puede que tengamos que padecer a Sánchez en La Moncloa.

Por eso han hecho muy bien los votantes que han preferido encomendar esa tarea difícil y trabajosa a una persona bregada y de acreditada valía, tanto en la oposición como en el Gobierno. Es la tónica europea actual (y bien podríamos decir de siempre): solemos citar a Macron y a Kurtg y ambos han tenido experiencia de ministros antes de llegar a más altas responsabilidades. Sin duda Pablo Casado tiene por delante un gran futuro y, afortunadamente para él y para el partido, no le faltarán ocasiones de ir labrando una personalidad capaz de ocupar cualquier cargo. Pero existiendo líderes con tanta o más capacidad y el aprendizaje ya hecho no hay por qué arriesgarse a los patinazos de un Sánchez, un Rivera o un Iglesias en proceso de maduración.

Hasta ahora he empleado únicamente argumentos pragmáticos; paso a la cuestión del fondo. Europa lleva sufriendo en los últimos años una oleada de radicalismo. Es una reacción emocional, de miedo ante las incertidumbres que despierta la evolución tecnológica, la globalización y la inmigración; un miedo que se traduce políticamente en radicalidad, y frente a esa radicalidad la tentación es radicalizarse, también oponer un extremismo a otro. La ofensiva despiadada que ha acabado por expulsar a Rajoy del poder ha procedido en buena parte de la propia derecha, con la acusación –que cuando la historia lo enjuicie será uno de sus mayores títulos de gloria– de no ser suficientemente radical, extremista, derechista en sus actuaciones. Sin percatarse una vez más (a la historia de nuestro siglo XX me remito) que cuando la derecha en España se radicaliza lleva a la izquierda al poder y a la patria al desastre. ¡Cuántas veces en estos últimos tiempos hemos revivido el «Maura, no» y sus funestas consecuencias!.

Ante la demagogia con que nos va a obsequiar a chorros el actual Gobierno, el Partido Popular no recuperará el poder con una demagogia contraria, sino demostrando a España que lo que le conviene es ser gobernada sin extremismos ni radicalismos. Que la unidad, la paz y la prosperidad no se asaltan, se construyen. Mediante realizaciones concretas que construyan un tejido de solidaridad entre los españoles.

Así se ha integrado secularmente España, sin gritos ni aspavientos, superando el miedo y el odio con la voluntad de unir una España de futuro, no de pasado, de vivos, no de muertos. Ese ha sido el bagaje de los años de gobierno del Partido Popular, esa es su vocación, que quien mejor representa en esta etapa es Sáenz de Santamaría. Estoy convencido de que los compromisarios al Congreso Extraordinario, como los afiliados en la primera vuelta, lo verán también así.

José María Gil-Robles, expresidente del Parlamento Europeo.

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