Votar una solución pactada

Por Bernabé López García, catedrático de Historia del Islam Contemporáneo en la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 11/02/07):

La lectura del libro de memorias de Moktar Ould Daddah, La Mauritanie contre vents et marées (Karthala, 2003), es suficientemente ilustrativa de ciertos aspectos del tema saharaui que no está de más recordar en un momento en que cada uno de los actores se mantiene con sus posiciones congeladas: fundamentalismo refrendario apoyado en la legalidad internacional, frente a la insistencia obsesiva y simplista en la marroquinidad del territorio. Las fórmulas de cierta autonomía para la antigua colonia de España siguen sin concretarse por parte de Marruecos y ninguna de las dos posiciones cree compatible el referéndum con una solución negociada.

El que fue presidente mauritano hasta su derrocamiento en 1978 nos confiesa en su libro que los Acuerdos de Madrid de partición del Sáhara Occidental no fueron más que la concretización y la oficialización de lo que secretamente acordaron los jefes de Estado de Marruecos y Mauritania en junio de 1972 y corroboraron en octubre de 1974 ante los mandatarios de los países árabes en una cumbre, en ambos casos con la bendición y el apoyo del presidente Bumedián, testigo de la rúbrica. Aquel acuerdo secreto de 1972 preveía no sólo una concertación a tres en el tema sahariano, con el reparto del territorio entre sus vecinos del norte y el sur, sino un arreglo permanente del conflicto fronterizo argelo-marroquí, así como proyectos de cooperación económica y política entre los tres países magrebíes.

Las razones por las que el acuerdo terminó poniéndose en práctica sin el beneplácito argelino no están del todo dilucidadas. El único general marroquí al corriente de dicho acuerdo secreto, el general Ufkir, protagonizó dos meses después un golpe de Estado fallido contra su rey, dato que sin duda contribuyó a minar la confianza, nunca grande, entre Bumedián y Hassan II. La Argelia revolucionaria, que siempre tuvo a gala ser la defensora de la liberación de los pueblos, apoyó sin ambages al recién nacido Frente Polisario en 1973 y optó por una política ambigua con la España franquista que pretendió utilizar unos acuerdos sobre gas natural -punto de arranque de un enojoso contencioso que duraría más de una década- para romper la alianza intermagrebí a propósito del Sáhara. No olvidemos el silencio argelino ante los últimos fusilamientos del franquismo en septiembre de 1975, para no turbar la decisión del gobierno de Arias Navarro que aún no se había decantado definitivamente por la negociación con Marruecos y Mauritania.

La población saharaui importó poco en todas estas transacciones entre Estados. Cada uno de ellos mantenía una relación más o menos estrecha con notables saharauis de su margen vecina y Argelia logró hegemonizar al joven movimiento nacionalista que aspiraba a la independencia. España fracasó en su proyecto de crear un partido neocolonial que hubiera prolongado su dominio.

Lo demás es bien conocido. El 10 de noviembre, Bumedián se encuentra con Ould Daddah en Bechar, en un intento intimidador de impedirle firmar los acuerdos de Madrid, sin éxito. Cuatro días más tarde se firmaba la partición del Sáhara Occidental. Partición que duraría tan sólo cuatro años escasos al abandonar la empresa una Mauritania impotente y asediada. El mismo líder del Polisario, El Uali, moriría en 1976 en un asalto armado a Nuakchott, sin que jamás se establecieran con exactitud las causas de su muerte.

Tres décadas después, el embrollo del Sáhara sigue en pie. Las familias, separadas; los refugiados, en condiciones precarias, dependientes de la solidaridad internacional; los que quedaron en el territorio, viviendo un estado de excepción permanente. La descolonización sigue inconclusa, a la espera del referéndum que no tuvo lugar. En todo este tiempo se ha afirmado una identidad y una cohesión nacional saharaui que no habían madurado todavía en los primeros setenta. Buena parte se debe al Frente Polisario que actuó como catalizador de la conciencia nacional. Sin embargo, sería abusivo considerarlo como “único y legítimo” representante del pueblo saharaui, porque ya no quedan “únicos y legítimos” representantes de ningún pueblo. En todo cuerpo, clase o pueblo hay tendencias, opiniones, corrientes. Las hubo en el Sáhara de 1975, con la escisión entre viejos chiujs acomodaticios a los poderes establecidos y jóvenes rebeldes, como nos recordaba el propio El Uali en un artículo publicado en 1971 en la revista marroquí Anfass que dirigían Abdellatif Laabi y Abraham Serfaty. Las hubo en Tinduf, donde en 1988 surgió una importante fractura ideológica que encaminó a muchos hacia Marruecos o el exilio. Y las hay en el territorio del Sáhara, donde una vez más vuelve a haber acomodaticios y rebeldes.

Con todo, puede decirse que el pueblo saharaui ha ganado moralmente al expresar mayoritariamente su rechazo a una dominación marroquí basada en la intimidación y la represión. Y que Marruecos, al necesitar buscar esa salida autonómica (que personalmente pienso que ayudaría a los saharauis a avanzar y a los marroquíes a democratizarse), ha perdido, debiendo admitir el fracaso de su anexión. Seguimos a la espera de que Marruecos ponga encima de la mesa ese proyecto autonómico, que dice querer conciliar intereses de la población saharaui representada en el CORCAS con el punto de vista, siempre chovinista, de sus partidos políticos. ¿Cuadratura del círculo, dada la posición de éstos contraria a admitir la especificidad de la población del Sáhara? Entretanto, además de la permanente demonización entre las partes en conflicto, lo que faltan son cauces de diálogo entre saharauis para lograr una salida.

El problema saharaui es complejo y su solución no puede encontrarse en uno en un no expresado en una consulta sobre la adhesión a principios abstractos como “independencia” o “anexión a Marruecos”. Cada posición debe razonarse, teniendo en cuenta naturalmente la historia de este conflicto, especialmente la del sufrimiento de los pueblos saharaui y marroquí, ambos víctimas del mismo. El referéndum es ineludible. Pero ¿qué impide celebrarlo tras discusiones, razonamientos y negociaciones políticas de las partes -Frente Polisario y Reino de Marruecos- que concluyan en un estatuto para un Sáhara democrático ligado a Marruecos con vínculos pactados?

El referéndum sería así el del apoyo a ese “estatuto negociado por las dos partes, sin riesgo de ganar o perderlo todo”, como expresaba Serfaty en su carta a Bouteflika del 8 de enero de 2000. Para ello es imprescindible, además, que los saharauis hablen entre sí. Los de Tinduf, los de La Habana, los de El Aaiún o Dajla, los de Rabat, los de Madrid… Son ellos al fin y al cabo los que deben definir su destino y valorar las propuestas que le permitan llegar a ese estatuto. ¿No ahorraría este camino tiempo y sufrimiento?