Vox y el pluralismo agonístico

Desde luego, no es cómodo navegar contra corriente y marea. Los maestros del pragmatismo vital son los capaces de aprovechar hasta las brisas más leves. Pero hay tareas que sólo son auténticas si se ponen entre paréntesis todos los vientos; y una de ellas es la teoría. Obstáculo serio y áspero, aunque óptimo para medir cualidades. Por eso, creo que una de las posturas menos gallardas en que puede encontrarse un intelectual es la de seguir las corrientes dominantes, y no me refiero sólo a las políticas, sino a las doctrinales, filosóficas o historiográficas. Se puede vivir, afinar y aun escribir en la dirección de los vientos oficiales; pero no propiamente pensar. El más seguro indicio de mediocridad intelectual es navegar a vela. En ese sentido, una de las pruebas más palmarias de conformismo es la asunción del lenguaje dominante. La palabra es un arma política básica y, a fuerza de utilizarla torcida, impropia o falsamente, llega a límites inaceptables de la manipulación. Por eso, todo análisis político, histórico o sociológico que pretenda ser riguroso ha de ir precedido por definiciones o precisiones terminológicas.

Vox y el pluralismo agonísticoDesde los inicios de la Transición al régimen político actual, e incluso antes, la izquierda logró articular una especie de oligarquía cultural y mediática que, mediante múltiples rituales de exclusión simbólica, construyó un sistema basado en la distinción entre discutidores legítimos e ilegítimos. En este contexto, el lenguaje se utiliza, en los medios de comunicación hegemónicos, en un sentido claramente unidireccional. Este lenguaje lo denomina J.A.G. Pocock «politics of bad faith», cuyo fundamento es la relación amigo/enemigo: se define al otro de una forma que no admite réplica y con ello le lleva a la destrucción. Una palabra clave en ese sentido es la de extremista en general y extrema derecha en particular. ¿Resulta válido este concepto? El historiador y politólogo Jean Pierre Taguieff ha señalado que el concepto de extrema derecha carece de contenido preciso y que nunca se ha construido para designar un tipo-ideal o un modelo teórico. En realidad, como pusieron de relieve los sociólogos Seymour Martin Lipset y Earl Raab en su célebre Política de la sinrazón, el concepto de extremismo sólo tiene validez al describir aquellas opciones políticas que intentan destruir el pluralismo social político.

Viene esto a colación por las persistentes campañas mediáticas, periodísticas e incluso historiográficas en torno a Vox al que reiteradamente se le califica y describe como «ultraderechista», «extrema derecha», «neofascista», «nazi», e incluso, en términos teológico-políticos, «cristoneofascista» (Juan José Tamayo dixit, pobre hombre). Dediqué hace dos años estudio al partido verde y todos estos calificativos e interpretaciones me parecen carentes de contenido preciso, puramente demonológicos e incluso disparatados. En modo alguno Vox me parece un partido extremista ya que en su proyecto político no figura la destrucción del pluralismo social y político; todo lo contrario. Además, no sólo no ha recurrido a la violencia sino que la sufre periódicamente. Entre sus militantes se encuentran víctimas del terrorismo como José Antonio Ortega Lara o Francisco José Alcaraz. Como señalé en mi estudio, su proyecto político gira en torno a los conceptos límite del liberalismo conservador y la derecha identitaria nacida de la crítica a la globalización. Su genealogía política e ideológica no procede del franquismo, sino de las distintas disidencias que sufrieron Alianza Popular y luego el Partido Popular.

A diferencia de Podemos, que no ha dudado en reivindicar a Marx y Lenin, proponer como alternativa una ambigua democracia participativa e incluso ha hecho mención elogiosa a la dictadura del proletariado, Vox no ha cuestionado en ningún momento el régimen demoliberal. Sus principales líderes políticos e intelectuales, como Santiago Abascal, Gustavo Bueno Sánchez, Francisco José Contreras o Amando de Miguel, han criticado los nacionalismos periféricos desde una perspectiva liberal que arranca de la tradición de las Cortes de Cádiz. Igualmente, su crítica a la ideología de género se ha realizado desde una perspectiva liberal-conservadora. Francisco José Contreras definió su posición como «liberal en economía, pero conservador en familia y bioética». Una opción que coexiste con claros elementos identitarios en defensa de la unidad nacional y la crítica a la globalización. Sus relaciones con el Frente Nacional de Marine Le Pen y con la Liga de Matteo Salvini nunca han sido, por ello, fáciles. Finalmente, se integró en el grupo de Conservadores y Reformistas (ECR) en el Parlamento Europeo. Sin embargo, lo más característico de Vox ha sido su recurso a lo que la politóloga belga Chantal Mouffe ha denominado «pluralismo agonístico». Frente a la posición consensual, Vox ha seguido una clara estrategia agonística, es decir, de legítima confrontación democrática. Sin complejos ha denunciado, públicamente, no pocos de los problemas que acucian a la sociedad española, ocultados, en función del consenso, por los partidos hegemónicos. En ese sentido, ha puesto de relieve los peligros del europeísmo superficial y acrítico dominante en la sociedad española en pro de una Europa de las patrias, las disfunciones del Estado de las autonomías, la hegemonía ideológica de la izquierda –sobre todo respecto al feminismo radical–, el multiculturalismo o las leyes de memoria histórica. Lo cual enriquece el debate en la esfera pública.

Por desgracia, la moción de censura de Vox contra el Gobierno de Pedro Sánchez puso de relieve los claros límites del pluralismo en el régimen político actual. En sus discursos, Santiago Abascal enfatizó el contenido identitario de su proyecto político. Las denuncias eran, en mi opinión, dignas de un debate serio. Sin embargo, el Parlamento no sirvió de plataforma de discusión racional. Fue utilizado para la defensa de la discriminación política al presentarlo como de naturaleza moral. Así, la identidad de los buenos demócratas podía obtenerse mediante la exclusión de la extrema derecha. Por ello resultó especialmente escandaloso el manifiesto anti-Vox propugnado por el PSOE y Podemos, y al que se adhirieron ERC, JxCAT, EH Bildu, Mas País, la CUP, Compromís y el BNG, fuerzas políticas que sí que pueden conceptualizarse como extremistas.

No menos negativo fue el contenido del discurso de Pablo Casado sumándose al frente anti-Vox. Un craso error político que el PP pagó caro en Cataluña. Sin embargo, la inesperada convocatoria de elecciones en la Comunidad de Madrid planteó nuevos retos a Vox. Por un lado, tenía que competir con la líder popular Isabel Díaz Ayuso, cuya figura política no puede explicarse sin el reto que la aparición de Vox ha supuesto para el PP. Por otro, a las nuevas ofensivas de la izquierda. De ahí la movilización del partido en torno a Santiago Abascal. Su estrategia fue la conquista de nuevos espacios sociales; lo que fue considerado por las izquierdas como un auténtico desafío. Un mitin de Vox en Vallecas terminó como el rosario de la aurora. Podemos no dudó en justificar la violencia. La de Vox brilló por su ausencia. Sin embargo, la ofensiva mediática no acabó ahí. Se acusó, sin pruebas, al partido verde de enviar cartas de amenaza a políticos y ministros. Al final de la campaña, todo se desbordó, tanto la socialista Adriana Lastra como Pablo Iglesias acusaron al conjunto de la derecha de «nazi», «fascista» y «criminal». Incluso el ilustrado y melifluo Ángel Gabilondo quedó abducido por semejante patraña. El resultado fue catastrófico para las izquierdas. El PP madrileño arrasó y Vox logró resistir las diversas ofensivas de que era objeto. En mi opinión, la izquierda española mostró su faz más tosca: una auténtica looney left. Y es que el auténtico extremismo se encuentra hoy representado en España por estos constructores de demonología barata.

Pedro Carlos González Cuevas es profesor de Historia de las Ideas Políticas y de Pensamiento Político Español en la UNED. Autor de Vox. Entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria.

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