Vox y la equidistancia

De las bondades que atesora la apuesta por el justo medio caben pocas dudas. Las defendió el Filósofo en su Ética a Nicómaco y desde entonces la equidistancia es uno de los pilares de la filosofía ética de Occidente. Ser equidistante, además de hacerle a uno sentirse justo, pues la justicia es la virtud ética suprema que se alcanza al elegir entre dos extremos viciosos, es también el camino más seguro para ser feliz, es decir, para disfrutar de ese florecimiento humano que Aristóteles denomina eudaimonia. Qué feliz y descansada vida, podríamos decir, la del que vive en equilibrio entre extremos.

Decía que cabían pocas dudas sobre las bondades del justo medio, pero alguna sí cabe. A esta posición ética se le han señalado tradicionalmente un par de peros. El primero es el que llama la atención hacia la aparente inconsistencia de que entre la virtud y el vicio, lo virtuoso no sea la virtud en sí, sino un punto intermedio entre esta y aquel. Si el vicio se opone a la virtud, el acto virtuoso no sería una medianía entre la virtud y un vicio, sino un extremo en esta oposición. Mas a esta crítica suelen apuntarse los defensores de los extremos, que reclaman cada uno para sí la categoría de extremo virtuoso, como no podía ser de otro modo, lo cual, en buena medida, desactiva la crítica para dar la razón a Aristóteles.

Un segundo pero es el que tilda de relativista esta ética por no basarse en principios autónomos, sino dependientes. La posición del equidistante, acrítica, dependerá en todo momento de la ubicación en que decidan colocarse los extremos, estos sí basados en principios autónomos. Así, si en una situación de estabilidad, un polo se desplaza radicalmente, la medianía lo seguirá de manera automática hasta situarse en lo que considera el punto medio virtuoso. Esta crítica tal vez sea más difícil de rebatir, pues la dinámica descrita parecería favorecer el extremismo, paradójicamente, salvo que el polo opuesto al polo desquiciado experimente un desplazamiento equivalente.

Conocer las dinámicas del justo medio puede ayudarnos a entender algunos fenómenos sociales, como que la extrema derecha se haya puesto de moda en todo el planeta. Desde luego, el hecho de que la izquierda haya tratado de esconder su ausencia de alternativas con los coloridos ropajes de las políticas identitarias tiene mucho que ver con ese auge de la extrema derecha. Las exageraciones populistas parecen justificar, incluso exigir, una exageración de signo contrario que permita a la medianía hallar su espacio equidistante dentro de quicio. Pensadores como Jonathan Haidt, cuya obra The Righteous Mind podría ser un capítulo de ese tan necesario libro todavía no escrito titulado Cómo ser progresista y no decir tonterías, están haciendo contribuciones muy interesantes para reducir la polarización política, pero mientras este pensamiento no se extienda, y mientras el populismo radical siga marcando la agenda, el equilibro estratégico entre polos parece una opción más que recomendable.

En España el caso de Vox resulta paradigmático. En asuntos clave como el debate territorial, el desplazamiento de uno de los polos ha sido tan acusado que la irrupción de un partido que equilibre la balanza ejerciendo de contrapeso está siendo percibida como algo natural, inevitable, y esperado incluso por una parte de la ciudadanía muy alejada de su teórico público objetivo. Su subida en los sondeos resulta cuando menos muy poco sorprendente: es como si una buena parte del país que busca la medianía hubiera intuido que, para que florezca la virtud del justo medio antes descrita, es condición necesaria que entre los dos polos en tensión exista simetría. Y sucede que esta simetría hace tiempo que la habíamos perdido en España.

Dicho con otras palabras: para que el mecanismo de la equidistancia funcione es preciso que existan perfectas antinomias, de suerte que cada polo tenga ante sí, al otro extremo del hilo en tensión, un polo opuesto que refleje su imagen invertida. Si nos ceñimos al debate territorial, basta aportar un par de ejemplos para que se entienda lo que queremos decir: si un extremo apuesta por llevar el autogobierno hasta la independencia, el extremo opuesto no es defender el más amplio nivel de autogobierno dentro de la Constitución, sino abogar por la supresión de las autonomías, empezando por las más desleales, como la de Cataluña; si un extremo apuesta por un sistema de inmersión que desconecta al alumnado de la realidad española y excluye el castellano como lengua vehicular, el extremo opuesto no es el que solicita una enseñanza trilingüe, sino el que exige que la educación sea una competencia nacional exclusiva y no compartimentada en sistemas educativos estancos inspirados en modelos de construcción de una nación distinta de la que nos incluye a todos los españoles.

Y podríamos seguir así largamente, revisando los distintos temas en debate, para descubrir que el ejercicio de la equidistancia requiere de la existencia de auténticos polos, y que colocándose al otro extremo de Podemos y los separatismos, Vox aporta el polo que faltaba.

Por eso es saludable que Vox se incorpore a la oferta electoral. Siempre podremos combatir su extremosidad, en muchos asuntos muy discutible, pero de entrada su consolidación como partido tiene un efecto beneficioso, ayudando a resituar el eje de la medianía en un escenario como el español, donde incluso la defensa del orden constitucional estaba empezando a ser considerada como uno de los dos polos “extremos” en tensión.

Gracias a este partido los españoles dispondremos de dos extremos para calcular con precisión, si así lo deseamos, el justo medio donde colocarnos. Los equidistantes deberían estar de enhorabuena.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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