Vox y la racionalidad

Aristóteles dijo que el hombre es, por naturaleza, un animal político. Parecemos estar abocados por propia naturaleza a esa ordenación de la convivencia. Y siendo así, más vale que sepamos encauzar la elección de los que van a predisponer ese orden. Bajo mi punto de vista, la política, a la que algunos llaman incluso ciencia, debería honrar esa definición, y procurar acercarse a la racionalidad y no a banales emociones.

Sin embargo, sabemos que los defensores de ciertas ideologías suelen aferrarse a sistema de creencias. Para ser más gráficos: hemos pasado del «no, bonita, las feministas son socialistas» de Carmen Calvo al «no, bonito, los machotes ibéricos son de Vox». Autoencasillamientos respectivos, ambos igual de totalitarios, para sesgar al votante mediante ideas fijas y generalizadas sin argumento, pasando del viejo «yo más» al cansino «yo todo». Y cuánto más emocional, y más chapas, pulseras, lazos o banderas -dependiendo de la significación política del momento-, más convencidos estarán algunos votantes.

Les cuento esto porque quiero pedir disculpas. Disculpas porque me equivoqué al concebir esperanza por un proyecto innovador de siglas verdes, creyendo que la racionalidad estaría más presente en él. Aun así, mi historia no comienza con esas siglas su andadura. Hace un tiempo cofundé un partido liberal regional llamado Actúa. En Baleares no habíamos tenido la suerte de que el arcoíris político balear nos bañase con soluciones claras en los últimos tiempos, gobernados por una izquierda amarrada a los minoritarios partidos secesionistas influidos desde Cataluña, en una suerte de esquizofrenia autonómica.

Y andando por esas sendas, similares al PP o Cs en términos liberales, llegó Vox a nuestras puertas, y nos propuso una coalición electoral, que no fusión. Y nosotros, conscientes de la premura, aceptamos, no con pocas discusiones, no con pocas dudas, no con pocas diferencias. Y así parió la abuela: «Actúa Vox» a la palestra.

El inicio de la XIII Legislatura del Congreso de los Diputados, en la cual obtuve escaño, vino seguido de las elecciones autonómicas y municipales. En Baleares los comicios regionales de las siglas emparentadas tuvieron un resultado inferior a lo esperado y, poco después, como en un cortijo mal tutelado, fueron surgiendo los problemas. Descontento creciente con pérdida de grandes figuras internas, cierre a cal y canto de todos los comités locales, dimisión de la contable por «no poder aclarar las cuentas del partido» -dijo- y «presuntas irregularidades». Y así las cosas, decidí presentar mi dimisión como vicepresidenta de Actúa Baleares. Por supuesto el tema no quedó exento de señalamientos varios con ruedas de prensa llenas de falsedades, pero eso es otro asunto.

El trabajo prosiguió en el Congreso de los Diputados con normalidad. Intenté encauzar una agenda política algo menos plus ultra y conservadora con el paso de las semanas. Y finalmente preferí presentar mi renuncia a volver a liderar las listas de Vox en Baleares para las elecciones del 10-N por cuestiones ideológicas, y precisamente por ello voy a volver al tema de la racionalidad política.

Vox es un partido legítimo, faltaría más. Incluso algunos de sus planteamientos me parecen lógicos, y los comparto. Pero no todos. Vox se presenta como la solución omnipotente a los problemas y el adalid de la libertad. «Nosotros tenemos el poder para proteger a los españoles de los enemigos», dicen repetidamente. Su enfrentamiento al propio ejercicio del parlamentarismo -«el consenso progre o nosotros, no hay más»- es constante. Ese tipo de expresiones totalitarias y etiquetas genéricas necesitan también de identificativos gremiales a los que tocarles la fibra, independientemente de que las propuestas sean más o menos factibles, para llegar con empatía publicitaria a grupos amplios: cazadores, taurinos, madrugadores, católicos, españoles de bien, patriotas de verdad, o simplemente los cansados del sistema (los antisistema), da igual. Y después se sitúan a sí mismos como la única vía de éxito, arrogándose la viril condecoración de la derechota valiente. Como si no hubiera madrugadores de izquierdas.

Sin embargo, en el debate preelectoral del pasado lunes, Santiago Abascal estuvo bien; expuso las ideas con la cabeza fría y de forma ordenada y educada. El quid de la cuestión es que las propuestas más polémicas ni se mencionaron, y algunas de las otras apenas ni se rebatieron. Una oportunidad perdida para los que quisieran marcar diferencias o vislumbrar cuestiones. Vox hizo un trabajo correcto para con el voto, que no necesariamente para con el votante.

Pondré solo algunos ejemplos, y no se me vayan a ofender los adeptos, porque son puntos literales. Verán, no es lo mismo decir que se quiere impulsar la producción nacional, lo cual está muy bien, que querer establecer un sistema proteccionista, o presentar el falso dilema de autonomías o pensiones. O no es lo mismo decir que se quieren hacer políticas de natalidad en positivo que establecer el aborto cero. O que se respeta a los homosexuales porque son españoles e iguales, y luego superponerles lo que llaman la familia natural, y por ende eliminar completamente cualquier derecho matrimonial o de adopción, o legalizar de nuevo las terapias de reversión. Tampoco considero que sea lo mismo hablar de la función cinegética de la caza, que efectivamente existe, que sacralizarla por completo, incluso llevándola a las aulas escolares, proponiendo lo mismo para la tauromaquia. ¿Tendrán algo que decir los padres? Tampoco es lo mismo querer solucionar los problemas migratorios con la legislación existente y facilitando el trabajo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que levantar un muro, calificar directamente a todas las ONGs como mafias o identificarse continuamente con Salvini, quien por cierto apoya efusivamente el independentismo catalán, estelada incluida.

Anteayer mismo Vox acusaba al PSOE de estar utilizando la exhumación de Franco para hacer la campaña «más burda y lamentable de la democracia». Y estoy de acuerdo, pero creo que Vox no lo lamenta tanto como dice (lo de la campaña, no lo de Franco).

Creo que sería bueno tener presente que el voto es una responsabilidad, no solo un derecho. Y que por tanto, bien sea para las siglas verdes o para cualquier otro color, cuestionar las propuestas y procurar no caer en puntos ciegos de irreflexión o sesgos de autoridad es más que conveniente.

Malena Contestí es ex diputada de Vox en el Congreso por Baleares.

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