Voy a llamar al Ayuntamiento

Querido J:

Aquello de Artur Koestler, tan didáctico: «¿Viene usted a conocer al escritor? Desconfíe. Es decepcionante. Será como si después de haber comido foie-gras fuese usted a conocer la oca en persona.» Koestler suele tener razón. En la idea que un lector se hace de un escritor, a partir de sus textos, está el lector mismo. La adoración por un escritor está formada en buena parte por la adoración ensimismada y de ahí que los encuentros cara a cara no sean satisfactorios. «Se parece mucho menos a mí de lo que había pensado leyéndole», eso es lo que, inconscientemente, suele pensarse. Sin embargo, hay aún un ensayo más excitante y peligroso, que es el de ir en busca de los textos, de aquellos lugares que sirvieron de modelo más o menos aproximado a los textos que convulsionaron nuestra vida. Ya sabes. La proustiana bandada de muchachas en Balbec de Cabourg. La inexistente vista, en Delft de Veermer. El Tepoztlán de Firmin y mezcal. El cortijo del Fraile, cuando las Bodas de Sangre, en Níjar. La humedad y la muerte en el Excelsior del Lido veneciano. El hombre enamorado que atraviesa como un gigante el delta de Arbó. Bearn y Mallorca, Sicilia y Lampedusa. Y entre Olmedo y Medina la canción del crimen.

Voy a llamar al Ayuntamiento

Hace unos meses unos amigos me ofrecieron viajar hasta la Ribera de los Alisos. El aliso es un árbol interesante. La wiki botánica explica que su madera clara se vuelve roja al cortarla, y eso les convenció a los antiguos de que era un árbol de brujas. La caja de algunas guitarras lleva su madera. Y, lo que te encantará: los cimientos de muchos edificios venecianos están hechos de aliso. Pero nosotros solo queríamos ir a la palabra y al corazón de la poesía de Jaime Gil de Biedma. Te transcribiré unos versos de Ribera de los alisos y así esta carta tendrá unas líneas garantizadas de interés:

Los pinos son más viejos.
Sendero abajo,
sucias de arena y rozaduras
igual que mis rodillas cuando niño,
asoman las raíces.
Y allá en el fondo el río entre los álamos
completa como siempre este paisaje
que yo quiero en el mundo,
mientras que me devuelve su recuerdo
entre los más primeros de mi vida.

En Nava de la Asunción está la hermosa casa castellana de la familia, sombra de lo que ayer fuera. Tan distinta de aquella que curó la tuberculosis del poeta y cuya soledad introvertida y casta alentó la escritura de su Retrato del Artista en 1956. De la casa hasta la Ribera de los Alisos habrá un poco menos de ocho kilómetros de aireado camino entre pinares. Un pequeño rincón en el mapa de España. Uno puede bajar hasta el Eresma, a la ribera propiamente dicha, o subir hasta la casa que la familia usaba en excursiones o partidas de caza. Un antiguo documental de Inés García-Albi, que puedes ver en la web de Tve, muestra imágenes de esa felicidad ligera y campestre, muy joven el poeta, el vino y la vida que bebe. La casa la bordea un barranco, que es el más bello que existe porque cae sobre un poema mullido donde no se puede distinguir entre el humus, las palabras y los hombres.

(…)
Como el latido
de los pinares, al pararse el viento,
que se preparan para oscurecer.
Algo que ya no es casi sentimiento,
una disposición de afinidad profunda
con la naturaleza y con los hombres,
que hasta la idea de morir parece
bella y tranquila. Igual que este lugar.

La casa está en ruinas. Pero ruina es una palabra demasiado noble. Aquí ruina tiene que ir obligatoriamente agredida por contemporánea. Solo es una casa que ha caído. En los pocos muros que se tienen en pie hay grafitis de pollas y se pide la dimisión de Zapatero. Inmediatamente e iracundo voy a llamar al Ayuntamiento. Este país de cabreros. La memoria. El escritor. Sus cuidados. Al borde del barranco, buscando el río enterrado por los árboles, imagino la casita pulcramente reconstruida, con audiovisuales y visitas de las escuelas y maestras municipales, desesperadas y redichas. Pero bien sabes hipócrita lector, mon semblable, cuánto mejor es para ti, que llevas el poema dentro y todo lo que hay que saber, cuánto mejor es esta soledad descuidada, esta barbarie de la memoria, este silencio sin afectación.

Sin embargo entre el grafitero y el audiovisual hay un camino intermedio. A la manera de las personas, los países pueden ser pobres, pero limpios. Una pala mecánica y unos cuantos viajes de volquete que se llevaran las piedras tatuadas. (Nota: el tatuaje y el grafiti: esa misma escoria sobre pieles diferentes.) Bien que se llevaron, robada, y ayudándose de alguna grúa, la gran mesa maciza del jardín. Hay un camino intermedio. No siempre hay que levantar fundaciones. Limpiar, desbrozar. Y si acaso cerca del barranco unas organizadas incisiones en alguna lámina de aliso que dijeran:

Un pequeño rincón en el mapa de España
que me sé de memoria, porque fue mi reino.
Podría imaginar
que no ha pasado el tiempo,
lo mismo que a seis años, a esa edad
en que el dormir descansa verdaderamente,
con los ojos cerrados
y despierto en la cama, las mañanas de invierno,
imaginaba un día del verano anterior.
Con el olor
profundo de los pinos.
Pero están estos cambios apenas perceptibles,
en las raíces, o en el sendero mismo,
que me fuerzan a veces a deshacer lo andado.
Están estos recuerdos, que sirven nada más
para morir conmigo.

Sigue con salud

Arcadi Espada

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