¿Vuelta al pasado?

La llegada de Donald Trump a la presidencia de la mayor potencia mundial está produciendo escalofríos en la inmensa mayoría de cancillerías del mundo. En primer lugar, por su afición a mostrar sus opiniones a través de las redes sociales, en particular de Twitter: por lo que supone de inmediatez y riesgo de reacciones irreflexivas o insuficientemente informadas, y, por consiguiente, de imprevisibilidad y ruptura de las formas tradicionales en las relaciones internacionales y usos diplomáticos, tan apegados a la discreción y a los códigos implícitos. De seguir así, es indudable que tendremos que afrontar un período de sobresaltos e incertidumbre desconocido desde hacía mucho tiempo, entre otras cosas porque por mucho que un comentario en Twitter sea limitado y, por ende, incompleto, no dejaría de ser la opinión de una figura con un gran poder a su alcance (militar, económico, financiero, comercial, etcétera).

Por otro lado, sus propuestas de política económica no parecen generar grandes preocupaciones. Una gran inversión en infraestructuras y aumento del gasto militar, a pesar de la incógnita sobre su financiación, significarían, a corto plazo, un impulso a la actividad económica y un aumento de la inflación. Los mercados financieros parecen descontar positivamente este escenario.

Por el contrario, las perspectivas en política comercial no son nada halagüeñas: proteccionismo y revisión de los tratados internacionales. Un escenario de este tipo, de materializarse en términos de mayores aranceles a las importaciones y de las subsiguientes represalias de los socios comerciales, supondría una reducción significativa del comercio mundial y, por tanto, el riesgo de una nueva recesión económica. Es cierto que si se respetan los tratados internacionales (bilaterales y multilaterales), una actitud proteccionista encontraría un freno en su ejecución, pues los cambios en los mismos o su denuncia exigen períodos de transición y negociaciones entre los socios comerciales que podrían retardar y suavizar sus consecuencias.

Pero lo más inquietante sería una vuelta al unilateralismo de antaño en el que la potencia militar y económica hegemónica dictaba las reglas de juego en las relaciones internacionales, lo que supondría un golpe mortal para la gobernanza internacional. Actualmente, existen unas instituciones y reglas internacionales que ofrecen un marco de referencia estable y predecible y que sirven para canalizar la resolución de conflictos no solo militares sino sobre todo económicos, comerciales, de inversión, seguridad, etcétera. Mal que bien, el conjunto de este entramado (que podría subsumirse en un genérico Derecho Internacional) es particularmente útil y necesario para países pequeños y de potencia media como España, al ofrecerles las herramientas para protegerse de posibles abusos o ante situaciones conflictivas con estados dotados de mayor capacidad disuasoria. Por ejemplo, las reglas de la OMC permiten que países como España (vía la UE) puedan hacer valer sus derechos ante una subida de aranceles a sus exportaciones hacia EE UU más allá de los límites consolidados en esta organización.

Por ello, el desdén mostrado por Donald Trump hacia varias de estas instancias supondría, de materializarse una actitud unilateral de no respeto de sus normas, un verdadero terremoto de alcance impredecible y mucho peor que el que podría producirse en el contexto limitado de la política comercial. El no respeto de las normas de la ONU (en términos de conflictos y derecho internacional general), OTAN (en caso de necesidad de activación de la cláusula de defensa colectiva), OMC (comercio), OCDE (movimientos de capitales), Basilea (regulación bancaria), IOSCO (regulación de los mercados de valores), solo por citar algunos ejemplos, significaría una vuelta al pasado donde la fuerza era el principal argumento para hacer valer los derechos de un estado. Una vuelta a un pasado donde la “política de la cañonera” era practicada con especial énfasis por países antaño hegemónicos como el Reino Unido ante impagos de deuda u obstáculos al comercio internacional.

Pero esta actitud es aún más preocupante cuando otros países con credenciales de respeto a los valores democráticos y el Derecho Internacional de largo alcance exhiben similares actitudes unilaterales que podrían deteriorar o incluso destruir el actual marco de gobernanza internacional (que aun siendo mejorable es el único que tenemos). Por ejemplo, la anunciada denuncia por parte del Reino Unido de la Convención Europea de Derechos Humanos (y, por consiguiente, su no sujeción al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo) supondrá una reducción de la protección de los derechos individuales de sus ciudadanos.

Sin embargo, y en clave positiva, quizás sería una oportunidad única si Donald Trump, aplicando la misma actitud proteccionista que anuncia para su futura política comercial, aprovechara la ocasión para declarar ilegales las transacciones financieras con los paraísos fiscales dificultando, así, la vida de los defraudadores estadounidenses. Una medida que la UE debería también aplicar una vez el Brexit se haga realidad, ya que el Reino Unido es uno de los principales valedores de tal anomalía, al encontrarse muchos de ellos bajo su soberanía. Soñar es gratis.

Víctor Andrés-Maldonado es licenciado y MBA por ESADE. Fue funcionario de las instituciones de la UE de 1986 a 2012.

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