Vuelve la inestabilidad a Líbano

La situación libanesa vuelve a ser muy volátil. Y numerosos estados se hallan de nuevo implicados, positiva o negativamente. En términos mediáticos, en Occidente y en los regímenes árabes cercanos a la política euro-estadounidense, las mismas simplificaciones abusivas pintan de nuevo un Hizbulah todopoderoso que ha hecho caer un gobierno y se apresta a apoderarse del Estado. Sin embargo, lo que ha desencadenado este nuevo interés internacional por la pequeña República Libanesa no es más que un hecho trivial en toda democracia: la marcha de los ministros de una de las dos coaliciones del Gobierno de unión nacional, formado laboriosamente en el 2009 tras los años de desestabilización subsiguientes al asesinato de Rafiq al Hariri. La coalición de partidos que ha abandonado el Gobierno provocando así su caída, es muy amplia. Aparte de dos ministros pertenecientes a Hizbulah, incluía a los ministros de la otra importante formación chií, el partido Amal, aliado de la Corriente del Futuro fundada por Rafiq al Hariri, pero, sobre todo, a los ministros de la Corriente Patriótica Libre del general Michel Aun, que encabeza el principal bloque político cristiano.

Al punto se han alzado comentarios indignados, alimentados por la retórica de la otra coalición de partidos políticos cuyo centro de gravedad es el partido del primer ministro, Saad Hariri, heredero de su padre asesinado y muy próximo a Arabia Saudí y EE. UU. Esta coalición abraza a los partidos cristianos prooccidentales, sobre todo a las falanges y a las fuerzas libanesas. Por eso es difícil oponerse a una presentación de la situación libanesa en que Occidente ha de apoyar a demócratas prooccidentales contra los peligrosos partidarios del eje sirio-iraní.

Tal caricatura resulta más verosímil por el hecho de que la principal manzana de la discordia entre los dos grupos políticos libaneses opuestos sigue siendo la conducta de la comunidad internacional y la creación de una comisión internacional de investigación y de un tribunal especial para Líbano para identificar y juzgar a los asesinos de Hariri. La constitución del tribunal se ha situado por el Consejo de Seguridad bajo el capítulo VII de la Carta de este organismo, reservado a las situaciones que amenazan la paz mundial y que posee, por tanto, fuerza vinculante para todos los estados miembros. Es aún más curioso que la justicia penal internacional nunca se haya preocupado de los asesinatos políticos u operaciones terroristas, pues su función se circunscribe a castigar a los autores de crímenes de guerra, genocidios o crímenes contra la humanidad.

Dicho lo cual, el caso es que desde hace cinco años la justicia de la ONU no para de crear tensiones en Líbano debido a sus comportamientos erráticos: testimonios fantasiosos o escasamente creíbles – e incluso inverosímiles-sobre ciertos detalles aceptados sin precaución alguna por la comisión internacional de investigación de la ONU que precedió a la creación del tribunal. Tales testimonios han resultado en la inculpación de 18 libaneses, cuatro de ellos generales de las fuerzas armadas, que han pasado casi cuatro años en prisión sin poder acceder a indemnización alguna ni poder llevar a juicio en Líbano o ante el tribunal especial a determinadas personas a fin de conocer la identidad de sus inspiradores.

Es, por tanto, normal que las filtraciones registradas desde hace año y medio en medios internacionales y locales sobre un acta de acusación inminente del fiscal ante el tribunal especial para Líbano (TSL) contra elementos de Hizbulah hayan propiciado renovadas tensiones en el país. Es difícil, por otra parte, entender las razones que pudieron impulsar a Hizbulah a asesinar al primer ministro Rafiq al Hariri, habida cuenta de las buenas relaciones reinantes entre ellos. Finalmente, una decena de miembros del TSL han dimitido desde su constitución, dato ilustrativo de sus fuertes tiranteces internas.

Ya en noviembre del 2006 todos los ministros que representaban a la comunidad chií y un ministro cristiano habían abandonado el Gobierno debido a que el primer ministro de entonces, Fuad Siniora – miembro de la Corriente del Futuro de la familia Hariri-,había firmado, sin respeto alguno a los procedimientos constitucionales, los acuerdos entre Líbano y la ONU sobre la constitución del tribunal. Pasó por alto, en efecto, las observaciones jurídicas muy pertinentes del presidente de la República que se había negado a firmar estos acuerdos, lo que había abierto una crisis muy grave en Líbano, en la cual los jefes de Estado europeos y el presidente de EE. UU. habían tomado partido abiertamente a favor de una fracción libanesa, condenando a la otra.

Asimismo, ¿es legítimo preguntarse hasta cuándo sufrirá Líbano graves incumplimientos por parte de una comunidad internacional en su contra que, en lugar de obligar a Israel a retirarse de los territorios palestinos, libaneses y sirios ocupados y a desmantelar sus innumerables asentamientos de colonos en Cisjordania, se implica en las querellas internas libanesas, no haciendo más que echar leña al fuego? La elección de Nayib Mikati, uno de los hombres más ricos del mundo árabe, como nuevo primer ministro por una mayoría parlamentaria inclinada a favor de la coalición política opuesta a la de la Corriente del Futuro debería tranquilizar a los estados occidentales. Hay que desear, en consecuencia, que pueda sin tardanza ni interferencias externas perturbadoras formar gobierno.

Georges Corm, ex ministro de Finanzas libanés. Autor de El Líbano contemporáneo. Historia y sociedad, Ed. Bellaterra, 2006.

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