Vuelve la vieja Rusia

Por Edward. N. Luttwak , experto del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS), Washington. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 20/12/06):

El asesinato en Londres del exiliado ruso y antiguo policía secreto del KGB/ FSB Alexander Valterovich Litvinenko se complica con nuevas acusaciones. Quizá no hagan más que reflejar las naturales complejidades de la política de los exiliados (hay muchos rusos disputando entre sí en Londres), pero quizá estemos presenciando una clásica campaña de desinformación. Puesto que la acusación de que Litvinenko fue envenenado por antiguos colegas para que acabara con sus denuncias del presidente Putin es más que verosímil, los desmentidos no bastan. Así que la acusación original se diluye con otras teorías. No importa demasiado que ninguna sea demasiado creíble, sirven para desviar la atención de la explicación más sencilla. Algunos sostienen, pues, que Litvinenko no fue asesinado por sus enemigos, sino por sus mejores amigos, como el magnate Boris Berezovski, precisamente para implicar al FSB y a Vladimir Putin. Esa clase de inversiones era un proceder típico en los días soviéticos. De modo aún más improbable, se ha afirmado que Litvinenko fue asesinado por sus amigos judíos porque decidió convertirse al islam. Otros han declarado que el polonio 210 que le destruyó de modo irreversible los tejidos no apunta en absoluto a un crimen de Estado, porque ese elemento suele utilizarse en los cepillos antiestáticos y puede adquirirse libremente en internet.

En realidad, con una vida media de sólo 138 días y una dosis letal en caso de inhalación de una cienmillonésima de gramo, no resulta posible extraer sin grandes esfuerzos y de modo seguro el polonio 210 contenido en cepillos y artículos similares, mientras que es un subproducto normal en los reactores nucleares.

Otro elemento que recuerda épocas pasadas es el trato dado a los agentes de Scotland Yard que quisieron entrevistar en Moscú a los dos ciudadanos rusos que acudieron a Londres con el objeto específico de reunirse con Litvinenko el mismo día en que éste enfermó. Las autoridades rusas ridiculizaron la sugerencia de que el polonio 210 procedía de Rusia (hasta que las pruebas demostraron que el avión de British Airways en que habían viajado los dos antiguos agentes estaba contaminado), pero de todos modos prometieron plena cooperación. De todos modos, a los agentes británicos no se les permitió efectuar ningún interrogatorio, sino sólo permanecer en silencio mientras los agentes rusos llevaban a cabo la entrevista.

Cuando a Andrei Lugovoi, uno de los dos antiguos oficiales del KGB/ FSB, se le detectaron rastros de polonio 210, el fiscal ruso anunció muy contento que iría a Londres para investigar e interrogar al círculo de allegados de Litvinenko, que constituían obviamente sus sospechosos predilectos. El caso es que no hay necesidad de especular sobre asesinatos misteriosos (Litvinenko sólo ha sido una de varias víctimas recientes) para formarse una opinión de la Rusia de Putin. Cuando ese pulcro y joven licenciado en Derecho de aspecto occidental y procedente de San Petersburgo llegó a la presidencia en 1999, parecía seguro que se esforzaría por occidentalizar Rusia. Su tema favorito era la urgente necesidad de un mayor grado de legalidad en todas las cosas, con tribunales justos e independientes, fuerzas de policía profesionales y honradas, abogados competentes... Putin también dio la impresión de favorecer la inversión extranjera y, de modo más general, de proseguir con la liberalización de la economía rusa. No queda hoy gran cosa de esas esperanzas.

Cuando en el 2003 Mijail Borisovich Jodorkovski, por entonces el hombre más rico de Rusia, se embarcó en una campaña por la presidencia, fue detenido y acusado de evasión fiscal. En el posterior proceso, los jueces rechazaron casi todas las acciones de la defensa, aceptaron casi todas las del fiscal y, en su sentencia de 662 páginas hecha público en mayo del 2005, repitieron casi palabra por palabra las acusaciones de la fiscalía. En agosto del 2005, cuando ya estaba cumpliendo una pena de nueve años de cárcel, Jodorkovski anunció su intención de presentarse al Parlamento, algo que podía hacer, dado que su caso estaba pendiente de un recurso ante el Tribunal de Apelación, un proceso que suele durar más o menos un año. Sin embargo, la sentencia final se emitió - con una velocidad sin precedentes- al cabo de dos semanas, lo que impidió cualquier campaña parlamentaria. Por entonces ya nadie podía creer en la inocencia de Jodorkovski y en la independencia de los tribunales que lo encontraron culpable. Una vez más, quien se sienta en el Kremlin deja de estar sometido a la ley y, en realidad, controla su aplicación.

Las compañías occidentales siguieron invirtiendo sumas enormes en operaciones gasísticas y petroleras, incluso cuando la petrolera gigante Yukos le fue arrebatada a Jodorkovski y a otros accionistas con medidas judiciales de dudosa legalidad. Puede que las compañías petroleras occidentales lo lamenten, y que lo lamenten pronto. Las autoridades rusas han empezado a acusar a esas compañías, que están invirtiendo unos 30.000 millones de euros (!) en Sajalín, de destrozar el medio ambiente; podría ser cierto, claro está, e incluso probable, pero la coordinada campaña de propaganda al estilo soviético en curso para arrebatarles su propiedad se basa en la constante repetición de unas imágenes televisivas de salmones muertos, unos peces que siempre mueren cada dos años en un ciclo regular de desove. Otras compañías petroleras occidentales son ahora acusadas de evasión fiscal, el delito de Jodorkovski. Esa acusación podría ser cierta, en efecto, pero los consorcios de producción también incluyen compañías rusas y sólo ha sido acusado el socio occidental.

En la frontera sobre el río Narva, entre Estonia y Rusia, hay una señal aún más evidente de cómo van las cosas. Debido a una disputa con Polonia, Rusia ha decidido tomar represalias contra todos los miembros de la Unión Europea y aplica una huelga de celo en todos los trámites aduaneros. Cientos de camiones, algunos procedentes de lugares tan alejados como el sur de España, hacen cola durante días en la ciudad de Narva para cruzar la frontera. Las temperaturas son ahora muy bajas, no hay instalaciones para que coman o se laven los camioneros, que tienen que calentarse manteniendo encendidos los motores. En otros lugares, se habría llegado a algún arreglo temporal para evitar penalidades innecesarias, pero los funcionarios rusos de la frontera permanecen impasibles, al igual que sus superiores, a quienes resulta curioso que todo el mundo se preocupe por el bienestar de unos camioneros anónimos.

En lugar de la legalidad occidental, lo que vemos ahí es el espíritu de la tiranía oriental, como en el abortado intento de Putin de interrumpir el año pasado los suministros de gas ucraniano. Sin embargo, Putin olvidó de forma evidente que los suministros de gas ruso a Italia y el resto del sudeste europeo tienen que pasar por el gasoducto ucraniano; y, lo más significativo, nadie en el Kremlin se atrevió a contradecirlo mostrándole un mapa.

Ése es el servilismo que crea tiranos. Así que, en el fondo, no importa quién mató a Litvinenko, ni si lo hizo para complacer a Vladimir Putin.