Vuelven los fachas

Vuelven los fachas. Estaban justo ahí, apolillados, con sus codos artríticos. El desconfinamiento los ha ido sacando de su encierro doble: el del coronavirus y el interno, porque el facha se esconde en su caverna y, cuando sale, trata de camuflarse en la selva demócrata. Una pulserita por aquí, un cuello del niqui por allá. Porque llevar tirantes con la banderita te puede salir caro, como nos enseñó Rodrigo Lanza. Pero hoy en día, con el coronavirus, a falta de éxitos deportivos fulgurantes, pueden llevarla a las caceroladas.

Ésta sería la lectura que hace mucha gente de las manifestaciones contra la gestión del Gobierno de Sánchez durante la pandemia. Los que se manifiestan son fachas. ¿Por qué? Vaya pregunta. ¿No ves que van con la bandera? Intenta razonar que si gana la selección a nadie le parece mal. No, esa frase es demasiado larga. Sencillamente, intenta razonar, porque ese hueso es duro de roer. Para empezar, por el fanatismo: la izquierda siempre tiene razón. Si sale a manifestarse, por algo será. Y puede acertar, como contra la invasión de Irak. Pero si sale la derecha, o lo que percibimos como derecha, desde el principio no están legitimados. Como mucho se les puede conceder el derecho a hacerlo, pero no la causa: porque son fachas. No se les ofrece ni el beneficio de la duda, y su protesta ni siquiera merece ser considerada. Para qué, si van con la banderita. No importa que sea la bandera constitucional: basta que aparezca una sola con el águila de San Juan para que tizne las demás de chapapote totalitario. Viene a ser como si la facción violenta de una hinchada, sólo por existir, extendiera esa categoría a toda la afición. Eso debería hacernos pensar; pero una de las características de cierta izquierda ultra es que aquí no hay nada que pensar, porque tenemos todas las certezas y la razón moral de nuestra parte.

Es alucinante que todavía haya que estar aclarando estas cosas, pero es la España de hoy y casi siempre, porque la Transición fue otra cosa. Mucha de esa gente saca la bandera sencillamente porque le da la gana a hacerlo. Otra, me imagino, porque sabe que jode al rojerío automático, es decir: el que acepta los dogmas y condena los símbolos sin hacerse preguntas. Estamos ante la perfección final del confort ideológico: para qué voy a molestarme en plantearme nada, para qué arriesgarme a disentir, si al ser de izquierdas tengo la razón. Esa comodidad ideológica puede aplicarse a todo: también a Cataluña. Así, una respuesta común entre cierta izquierda es «que hagan lo que quieran», obviando que un Ejecutivo autonómico legisla y gobierna contra la mitad de su población, que también tiene derechos. Y ojo: si eres de izquierdas y eliges defender el principio de legalidad, o negar el presunto derecho a decidir, o recuerdas que, en Cataluña, por ahora, la mitad de la ciudadanía se siente española y catalana, entonces eres más facha que los fachas. Porque en esa izquierda, desde Stalin, no existe el disentimiento, sino la traición. Y sucede igual si cuestionas al Gobierno en la crisis del Covid-19: quién no se alinee con él, es facha. PP, Ciudadanos, Vox: todo es lo mismo. Y no hay que escucharlos.

Yo no considero que todo aquel que se manifiesta con la bandera sea nada, sino un ciudadano como los demás. Y no me gusta, o detesto más bien, el doble rasero que nos fuerza a creer que cuando unos grupos de CDR cortan violentamente el paso de La Junquera, con varios días de disturbios, son luchadores por la libertad, y si una gente sale a manifestarse pacíficamente con la bandera, es facha. (También yo, aunque no me haya dado cuenta, por estar escribiendo todo esto, seguramente soy facha: así es como funciona.) Otro ejemplo: tú puedes manifestarte a favor de un etarra. De un tipo que ha matado, secuestrado o extorsionado a alguien, y muy poca gente hoy, en la izquierda, cuestionará públicamente tu derecho a hacerlo. Incluso podrán decir que eres un hombre de paz. Pero ¡amigo!, que no se te ocurra echarte a la calle con la bandera constitucional.

Se habla mucho de las cesiones de la izquierda durante la Transición. La cesión de la derecha fue conceder la superioridad moral a la izquierda. Ha sido una construcción implacable, cultural y periodística de nuestra democracia. Y no estamos hablando de la izquierda que se batió el cobre en el franquismo. No estamos hablando de los abogados de Atocha, ni de Enrique Ruano, ni de Arturo Ruiz, esa gente espléndida que luchó, amó, vivió y murió por nuestra libertad. No hablo, en palabras del ministro Alberto Garzón, de «la izquierda domesticada de la Transición», esa gente fantástica que entendió que vivir, y dejar vivir, sin renunciar a luchar por sus principios, sería la base de nuestra convivencia. Me refiero a quienes hablan de aquellos días y son valientes cuando ha pasado el peligro.

Manuela Carmena y Cristina Almeida han contado su colaboración, esos días de plomo, con letrados monárquicos en el Colegio de Abogados de Madrid, presidido por Antonio Pedrol Rius, que había sido fiscal en varias causas contra los jefes de las checas, pero apoyó a aquellos jóvenes abogados comunistas. Como Jaime Miralles, con todos sus hermanos caídos en el bando nacional. Pero en la España de hoy, en la que Rafa Nadal y Pepe Reina son atacados por criticar a Sánchez, y Santiago Segura es insultado por Antonio Maestre, vigilante de la moral pública, sólo por pedir, frente al fantasma de las dos Españas, concordia y entendimiento, cualquiera de ellos sería considerado un fascista.

Por eso quienes nunca han ocultado su objetivo de dinamitar nuestra democracia necesitaban resucitar, precisamente, esas dos Españas. El primer paso era equiparar la democracia con el franquismo y llamarla «Régimen del 78». El segundo, espolear a la izquierda radical. El tercero, como la consecuencia indirecta y lógica de ese calentamiento, era resucitar y hacer visibles a los fachas. Y el cuarto, citarnos en la calle.

No vamos a salir más fuertes de todo esto. Por otro lado, el ambiente festivo de la manifestación de Vox fue tan indignante como Diarios de la cuarentena en TVE. Con casi 28.000 fallecidos oficiales, no hemos ganado ningún Mundial, pero sí estamos perdiendo un país.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor. Su última novela es Atocha 55 (Almuzara, 2020)

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