Wall Street y el bolsillo del español

La crisis financiera internacional está amenazando los cimientos del sistema financiero estadounidense. Y las excepcionales medidas que se han tomado confirman la importancia de lo sucedido. Su origen se remonta a agosto del 2007, con la emergencia de una contundente sequía de los mercados internacionales de crédito y dinero. Así, para bancos e instituciones financieras de todo el mundo, desde entonces ha sido mucho más difícil obtener fondos, por la falta de confianza sobre quién tenía pérdidas y de qué volumen se trataba.

A partir de entonces, los bancos centrales comenzaron a inyectar dinero para ampliar su oferta y reducir su costo. Y ese proceso de notables tensiones financieras se prolongó hasta que lo que aparecía como una crisis de liquidez comenzó a derivar en otra mucho más seria, de solvencia.

Así, en la Semana Santa del 2008, la quiebra del banco de negocios Bearn Stearns, al que la Fed americana tuvo que apoyar con más de 30.000 millones de dólares, destapó la caja de los truenos. A esta quiebra siguió, en septiembre, la nacionalización de facto de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac (con activos de más de 5 billones de dólares), la quiebra de Lehman Brothers, la venta de Merrill Lynch para evitar su suspensión y la compra de AIG por el Gobierno federal (con activos que superan los 1,3 billones de dólares).

Finalmente, la garantía del Gobierno sobre los mutual funds (1,4 billones de dólares), y la dotación de 700.000 millones de dólares para la creación de un banco malo que compre los activos tóxicos al sistema financiero americano, los aparque y los revenda cuando pueda, han sido los capítulos --¿finales?-- de esa dramática historia.

En síntesis, el Gobierno americano, con una deuda cercana a los 6 billones de dólares, ha adquirido compromisos que la superan largamente. Y el déficit inicial de 450.000 millones de dólares va a acabar situándose en el billón.

El lector que haya llegado hasta aquí seguro que manifiesta sentimientos encontrados. Un tanto atónito ante la envergadura de las cifras. Confuso porque no acaba de entender en qué le va afectar ese enorme agujero. Y seguro de que lo que sucede en Estados Unidos no es bueno. Y tiene razón. A pesar de la lejanía del mercado inmobiliario norteamericano, lo que allí sucede nos afecta, y nos afectará, mucho, y no para bien.

¿Cuáles son los canales por los que circulan esas negativas consecuencias del colapso americano?

El primero, y el más importante para los hogares, lo están padeciendo hoy, o lo padecerán, aquellos que deban revisar próximamente sus hipotecas. Observarán que el euribor ha vuelto a subir, a cotas máximas, por encima del 5,6%. De hecho, las subidas desde el pasado verano reflejan directamente la escasez de crédito que la crisis financiera americana ha generado.
Una segunda consecuencia, vinculada a la anterior, es la agudización de la crisis inmobiliaria española, generada inicialmente por nuestros propios excesos. La falta de fondos para financiar la actividad inmobiliaria refuerza su desplome y, además, la extiende al resto de la economía.

El negativo efecto sobre la financiación de nuestras empresas y familias aparece como un tercer, y potencialmente muy preocupante, efecto del colapso financiero americano. Y ya empezamos a sentir las consecuencias contractivas de esa falta de liquidez empresarial y familiar, tanto en forma de descenso de la inversión como del consumo.

Un cuarto impacto procede de la caída del dólar, parcialmente vinculada a los temores que genera el excesivo endeudamiento americano. Y las consecuencias de la pérdida de valor de la divisa de EEUU son claramente negativas para nosotros. En primer lugar porque la fortaleza del euro es una mala noticia para trabajadores y empresarios de la industria, aunque la agradezcamos como turistas. Y, en segundo término, por la vinculación entre pérdida del dólar y alza del petróleo, aunque no todo su aumento derive de aquella caída. Para muestra, el botón de lo sucedido el viernes de la semana pasada: el descenso del dólar causó el aumento más importante contemplado en un día del precio crudo Texas (de 89 dólares por barril a 107).

Un último aspecto que nos afecta es el generado por la pérdida de actividad que se produce en el resto de Europa y los países emergentes. Una parte, no menor, de nuestro bienestar viene de fuera, porque nuestra economía está muy abierta al exterior. Por ejemplo, la sequía de crédito y el alza del petróleo han afectado negativamente al turismo extranjero (en agosto ha caído en 800.000 personas), al tiempo que la ocupación hotelera también disminuía con cierta intensidad. Cualquier pérdida de actividad fuera de nuestras fronteras la pagamos, tarde o temprano, aquí.

Problemas de disponibilidad y de precio del crédito, crisis inmobiliaria agudizada, dificultades de financiación para las empresas, pérdida de competitividad exterior, alzas del petróleo y de otras materias primas y reducción de la actividad por la caída global en el crecimiento del PIB son, entre otras, las más importantes consecuencias de aquel desbarajuste.
¿Nos interesa lo que sucede en Wall Street? Para bien o para mal, lo que allá ocurra es más que relevante para nuestro bienestar.

Josep Oliver, catedrático de Economía de la UAB.