Washington contra Rusia

Es sabido que las relaciones entre Estados Unidos y Rusia se han deteriorado notablemente. Se debate actualmente en Washington cuál debería ser la política estadounidense hacia Rusia. Cuando resultó elegido el presidente Obama, declaró que un “reajuste” (una mejora de las relaciones) figuraba entre las principales prioridades de su agenda. Indudablemente lo intento, pero la suerte le fue esquiva. ¿Por qué? Según la versión oficial rusa, porque Washington intentó constantemente causar perjuicios a Rusia de todas las formas posibles. La élite política gobernante rusa (muchos de sus integrantes proceden del KGB) constituye una clase formada en la creencia de que EE.UU. es el eterno enemigo de Rusia y de que los líderes estadounidenses, casi sin excepción, se han visto implicados día y noche en intrigas tendentes a la destrucción de Rusia. EE.UU. fue responsable de la caída de la URSS y ahora quiere acabar la tarea de modo que Rusia deje de ser un factor de cierta importancia en los asuntos mundiales.

Una teoría interesante. Sin embargo, ¿es verdadera? La actitud de Washington hacia Rusia mientras llegaba a su fin la guerra fría no fue de hostilidad implacable; fue de una gran falta de interés, perceptible a todos los niveles. Así sucede, por ejemplo, en el terreno de la economía: Rusia aparece sólo en el lugar número veinte de la lista como socio comercial de EE.UU.. En el terreno del mundo académico, hasta 1990 se había observado un gran interés en Rusia y sus universidades y centros de investigación, y gran número de estudiantes aprendían la lengua rusa y los temas soviéticos. Tras 1990, a los jóvenes dotados y con ambiciones se les aconsejó no entrar en la escena rusa con el argumento de que no sería positivo para el desarrollo de sus carreras. Entre los expertos en política exterior de Washington se abrió paso la convicción de que Rusia ya no revestía importancia. En resumen, Rusia, en lo concerniente a Estados Unidos, no era la víctima de intrigas diabólicas sino de falta de interés y de descuido e indiferencia que, en última instancia, desembocaban en falsas ilusiones y errores de apreciación por parte del presidente y de numerosos políticos. Incluso hace tan sólo un año, las falsas ilusiones sobre Rusia estaban ampliamente extendidas. No se entendió que, aunque Rusia había perdido su imperio, era lo más natural del mundo que intentara recuperarse en la mayor medida posible. Mientras que las ideas estadounidenses sobre Rusia demostraron ser equivocadas, tras la reconquista de Crimea y los combates en Ucrania el estado de ánimo imperante se inclinó hacia la decepción e, incluso, a la convicción (según los recientes sondeos de opinión) de que Rusia era el principal enemigo de EE.UU., cosa que no había sido así en los últimos treinta años.

De ahí el debate actual: ¿cómo actuar con respecto a Rusia? Según una escuela de pensamiento, hay que oponer resistencia a Rusia. Crimea ha podido perderse, pero es menester ayudar a Ucrania para mantener su independencia. No obstante, otra escuela de pensamiento argumenta que sería un error básico, tal vez fatal, que EE.UU., después de Afganistán e Iraq se viera implicado en una guerra más que no sería ganada y en la que ningún interés importante de EE.UU. está en juego. Tales puntos de vista proceden de la extrema izquierda y la extrema derecha, de la llamada escuela política realista y de algunos considerados elementos de influencia o gente con intereses concretos en servir a los fines del Kremlin.

Sus argumentos son muy poderosos; el precio que podría tenerse que pagar por una intervención estadounidense, aunque fuera sólo indirecta, podría ser muy elevado y lo cierto es que resta escaso entusiasmo en EE.UU. para implicarse en otra guerra en principio de pequeñas proporciones pero que podría convertirse en una guerra de amplias proporciones.

Pero estos argumentos adolecen de una fatal debilidad: no abordan la cuestión de cuál sería el precio de la inacción estadounidense. ¿Es Ucrania (o el Este de Ucrania) todo lo que quiere el Kremlin? ¿O sería el principio de la reconquista del antiguo imperio, de Asia Central a los países bálticos, Moldavia y en última instancia la imposición de gobiernos aliados con el Kremlin en toda Europa Oriental? ¿No acarrearía el final de la UE y la OTAN y el surgimiento de Rusia como poder dominante en Europa?

Tonterías, argumentan los realistas, siembra de temores… Las ambiciones de Rusia son muy limitadas e históricamente, tal vez, incluso justificadas. Hoy, Rusia es muy débil económica y también militarmente. Ha invertido mucho dinero en rearme en los últimos años, pero los resultados sólo se apreciarán dentro de cinco o diez años. Con la mala situación económica (las sanciones, el declive del rublo y el precio del petróleo) podría suceder perfectamente que fuera imposible mantener tal política de rearme. ¿Cabe concebir que se comprometa en una peligrosa aventura desde una posición de debilidad? Que alguien sea fuerte o débil es siempre una afirmación relativa. Depende de las fuerzas y la determinación de la otra parte. En caso de observarse que los riesgos implicados en la expansión son pequeños, podría constituir una gran tentación seguir apostando. Como dice la Biblia: “No nos dejes caer en la tentación”.

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington.Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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