Washington y la caja de Pandora

Por Gilles Kepel, catedrático en el Instituto de Estudios Políticos de París. Traducción de María Cordón (EL PAIS, 27/03/03):

La intervención militar en Irak va más allá del desarme y el derrocamiento de Sadam Husein. Su objetivo es cerrar la caja de Pandora que Estados Unidos abrió cuando decidió estimular, armar y financiar a unos aliados locales poco recomendables que han terminado por volverse en su contra. Sadam -así como los yihadistas y los talibanes de Afganistán- se inscribían en esa lógica con la que Washington quiere hoy romper. Para comprender este arriesgado reto hay que retroceder hasta el establecimiento de una política que comienza en 1979 y acaba con la invasión de Irak.

En febrero de 1979 se hundió el régimen del sha, el “gendarme del Golfo”, pilar fundamental de la seguridad de esta zona petrolífera, mientras triunfaba la revolución islámica al grito de “muerte al Gran Satán”; en noviembre, el ataque a la gran mezquita de La Meca por un grupo de radicales señalaba la fragilidad del aliado saudí y los límites de la utilización conservadora y proamericana del islam wahabí. Finalmente, en diciembre, el Ejército Rojo entraba en Afganistán. Traumatizado por la guerra de Vietnam finalizada cuatro años antes, Estados Unidos no envía a sus soldados a contener la expansión iraní ni a rechazar la invasión soviética: subarrienda la operación a dos aliados circunstanciales, debidamente armados y financiados por Washington y por las petromonarquías de la península arábiga. El Irak de Sadam Husein ataca en septiembre de 1980 a la República Islámica y frena el empuje iraní hacia el Oeste, protegiendo el petróleo de la península. Los muyahidines afganos y otros yihadistas, tanto árabes como paquistaníes, se alzan en armas contra el Ejército Rojo, sustituyendo de paso el antiamericanismo del islam radical por un antisovietismo de factura wahabí. Al finalizar la década, Washington tenía motivos para felicitarse por el trabajo de sus subarrendadores: el ayatollah de Teherán firmó en 1988 un armisticio con Sadam que bloqueó definitivamente la expansión de la revolución iraní; en febrero de 1989, los barbudos freedom fighters obligaron a Moscú a retirar sus tropas, preludio de la caída del muro de Berlín y del imperio soviético. Irán e Irak estaban exangües; Afganistán, en ruinas, pero la doble victoria política no costó casi nada al presupuesto de Estados Unidos, y las tropas estadounidenses no arriesgaron su vida en batallas inciertas.

A partir de ese momento, la Casa Blanca se lava las manos ante la suerte de esos dos aliados tan poco presentables: deja de subvencionar los yihadistas, que, de “combatientes de la libertad”, son repentinamente degradados a la categoría de traficantes de droga y terroristas en potencia, con la esperanza de que, a falta de financiación, terminen desapareciendo. Y no proporciona ninguna ayuda al Irak de Sadam, arruinado por la guerra, acosado por las exigencias de reembolso de las petromonarquías, que inundan el mercado petrolero en detrimento de un Irak lastrado por el bombardeo de sus instalaciones e incapaz de producir más: el hundimiento de los precios precipita su marasmo. Los efectos de esa política de Poncio Pilato son conocidos: Sadam se anexiona Kuwait el 2 de agosto de 1990, apoderándose de la caja fuerte, y, el 7 de agosto, el rey Fahd llama en su auxilio al Ejército estadounidense. Washington se ve entonces obligado a implicar temporalmente a sus soldados, apoyados entonces por una coalición internacional: la aplastante victoria militar, prácticamente sin muertos estadounidenses, de la Operación Tormenta del Desierto se ve como un triunfo político absoluto de EE UU. Sin embargo, este país se deja infectar por las dos úlceras del Este de Oriente Próximo: la cuestión iraquí se tapa con el emplasto del embargo -con lo que Sadam prospera en el poder-, y no hacen caso del aumento del poder de los yihadistas, agrupados en torno de un tal Bin Laden, que no perdonan al reino saudí que llamara en su auxilio, a la sagrada tierra de la península arábiga, a unas ejércitos “impíos”, y emprenderán una serie de violentas acciones, primero de guerrilla y luego de terrorismo, y organizarán la proliferación de la yihad afgana.

Si Estados Unidos deja entonces degradarse la situación iraquí, sin arriesgarse a eliminar a Sadam, es porque utiliza la palanca política que le proporciona el prestigio de la victoria y la unanimidad de la coalición que encabeza para ejercer más presión y obligar a firmar la paz a israelíes y palestinos. En efecto, una vez disipado el peligro soviético, su política en la región está gravada por la persistencia de la contradicción entre dos imperativos igualmente importantes: garantizar la seguridad del suministro de petróleo (ilustrada por la alianza privilegiada con Arabia Saudí) y la de Israel (sobre la que vela un poderoso grupo de presión electoral). La victoria en Kuwait permite a George Bush padre obligar a negociar a Arafat y Shamir, ambos agotados por la primera Intifada y debilitados por las consecuencias de la guerra -uno, por haber apoyado a Sadam, lo que le hace perder sus apoyos en el Golfo; el otro, por no haber obtenido permiso para responder a los Scud iraquíes lanzados sobre Tel Aviv-. El proceso de paz de la década de 1990 permite pensar, también, que Washington ha logrado sus objetivos: reconciliar, en Oriente Próximo, la cuestión del petróleo y la israelí. Pero esa esperada dinámica de paz que debería proporcionar prosperidad a toda la región no se produce: su toque de difuntos será la segunda Intifada, que comienza en septiembre de 2000 debido a la falta de confianza entre los dos socios, israelíes y palestinos. Mientras tanto, la infección de la yihad, que no ha recibido tratamiento, comienza a gangrenar la península arábiga -de donde Bin Laden exige “la expulsión de los judíos y los cristianos”-, a la vez que se producen los primeros atentados espectaculares: el 7 de agosto de 1998 en Nairobi (en conmemoración del octavo aniversario del llamamiento del rey Fahd a las tropas estadounidenses) y en octubre de 2000 en Adén, nada más relanzarse la violencia en Israel y Palestina.

Tendrá que acontecer el 11 de septiembre de 2001, cuandola yihad penetra hasta el corazón de Estados Unidos, para que la Administración de George W. Bush cuestione profundamente la política que se ha llevado a cabo desde 1979. Los dos regímenes fundados por los antiguos aliados de los años ochenta -los talibanes en Afganistán y Sadam en Irak- serán condenados a una ablación quirúrgica a pesar de que hasta entonces, en el contexto de la ilusoria paz palestino-israelí, se había dejado que se necrosaran lentamente, uno bajo la influencia de la charía, y el otro, bajo la presión del embargo. La conexión entre Bin Laden y Kabul permite la rápida eliminación de los talibanes, aunque la batida contra Al Qaeda tropieza con la evanescencia de su jefe. La polémica cuestión de las armas de destrucción masiva en poder de Irak proporciona el motivo, o el pretexto inicial, de la presente guerra, aunque no se establezca claramente la existencia de un vínculo entre Sadam y Bin Laden. Pues ése no es el objeto real del conflicto armado. Mientras que en 1991 Washington había optado por neutralizar a Irak mediante el embargo, a fin de reorganizar Oriente Próximo a través de su fachada occidental -a partir del proceso de paz palestino-israelí y, posteriormente, árabe-israelí-, la ofensiva actual cambia el orden geográfico de prioridades: al eliminar a Sadam, se vuelve a introducir en el corazón de Oriente Próximo al actor iraquí con su considerable potencial económico, aunque haya sido dilapidado primero por la dictadura militar-baazista y congelado, después, por el embargo. Esta dinámica, cuyo objetivo es transformar Oriente Próximo mediante un impulso procedente del Este, crear una zona de paz y prosperidad en la que Israel terminaría integrándose, consuma la ruptura con la estrategia seguida por la Casa Blanca desde 1979.

Tras la eliminación de los antiguos aliados yihadistas al suprimir el régimen de los talibanes en el otoño de 2001, Estados Unidos vuelve in fine a ocuparse del antiguo socio iraquí mediante la implicación directa de sus tropas sobre el terreno.

Esta intervención exclusiva en los asuntos de Oriente Próximo sanciona el fracaso de la política de subcontratas locales que, menos costosa a corto plazo, era preferible mientras durara el traumatismo de Vietnam, y que, además, parecía rentable debido al containment del Irán jomeinista y al roll-back del Ejército Rojo en Kabul.

Pero la auténtica factura llegó con el terrorismo de los años 1990, el fracaso del proceso de paz en 2000, la amenaza que pendía sobre la garantía del suministro de petróleo y los atentados del 11 de septiembre. Para Washington, significaba un coste muy superior a la economía en hombres y en dólares que se había creído hacer, y un peligro mucho más grande que el imaginado: había que cerrar definitivamente la caja de Pandora abierta en 1979.

El traumatismo del 11 de septiembre, que se superponía al de Vietnam borrándolo de la memoria, hace posible hoy que el presidente de Estados Unidos envíe a los chicos de Kansas, de Tejas o de New Jersey a poner en peligro sus vidas o ser hechos prisioneros en el camino hacia Bagdad. Hasta el momento, la opinión pública le sigue. Pero él mismo es prisionero de un calendario que le impone una victoria rápida e incontestable. Sin ella, puede abrir más la caja de Pandora, liberando en todo Oriente Próximo unas fuerzas hostiles susceptibles de descomponer aún más la región y hacer aún más difícil el establecimiento de la pax americana.

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