Wimbledon

Si olvidamos la desilusión causada por las derrotas de Bautista y de Nadal, Wimbledon nos ha devuelto por unos días el inmenso placer de la urbanidad, del civismo, del respeto a las formas: tenistas de blanco, recogepelotas perfectamente uniformados, jueces de silla, de red y de línea con camisa y corbata. Wimbledon no ha necesitado rendirse a la vulgarización de las modas para seguir siendo el torneo de tenis por antonomasia. En materia de formas Wimbledon sigue siendo un fenomenal valladar frente al populismo.

La urbanidad no es cuestión de autonomía. La urbanidad es heterónoma. Las normas de urbanidad vienen impuestas por la sociedad y en algunos casos, los menos, por la ley. Las formas sociales varían de tiempo en tiempo. Son -o eran- resultado de una creación aristocrática y de una necesaria aceptación democrática posterior. El proceso inverso jamás ha preservado el buen gusto. Tan buen o mejor ejemplo que el del conocido Petronio es el de Ziryab, cantante persa que fue el prescriptor elegantiae en la corte califal cordobesa. Las formas evolucionan necesariamente, pero no deben hacerlo como consecuencia de la rendición al populismo de quienes tienen la responsabilidad social de fijarlas.

Wimbeldon es una tregua reparadora en la feroz guerra universal que hay contra las formas.

En el arte, el conceptualismo pretende liberar al artista de su responsabilidad en la creación de la belleza formal. Su misión ya no es la belleza sino conducir a la contemplación interior de ideas y de conceptos libremente imaginados por cada espectador. La belleza formal del Grito de Munch nos conduce a la idea de angustia; la de la anunciación de Fra Angelico a la de la sumisión sobrenatural de la Virgen; la de la patética de Tchaikovski a la del abismo de la muerte. Con el conceptualismo toda obra de arte es un jeroglífico que cada uno puede descifrar a su antojo. Cualquier solución es válida. Ni la academia ni el genio son ya necesarios. Las sensaciones del espectador no tienen por qué ser agradables, estimulantes o placenteras. Y si lo fueren para algún afortunado, sería en función de criterios propios y autónomos.

No es de extrañar que en ese delirio se haya pasado de la liberación a la total ausencia de representación formal. Se ha conseguido en música. La música conceptual existe. Tuve el dudoso privilegio de asistir al estreno de una composición. El público aplaudió fervorosamente al finalizar el tormento de sonidos chirriantes sin armonía de ninguna clase. Yo me uní al aplauso en agradecimiento a verme liberado de aquella tortura. Mi vecino de asiento me dijo entusiasmado «Esto ha sido magnífico, pero el culmen de la música conceptual sigue siendo 4’33’’de John Cage». Por si alguien lo ignora, en esta obra el pianista aparta a un lado la partitura, cierra la tapa del piano y permanece cuatro minutos y treinta y tres segundos en solemne silencio. Se pretende que el espectador represente internamente los conceptos e ideas que le inspire «escuchar o, mejor dicho, oír, la magia creadora» del silencio (así la llamó mi vecino de butaca). Me aclaró que las toses y otros ruidos del público contribuyen a la fuerza creativa de 4’33’’.

Siento una gran desazón cuando veo aplicar en la política los mismos principios liberadores de formalismos y usos sociales. La política no es un arte. Los políticos están obligados a buscar con eficacia el bien de los ciudadanos. Las formas son la manifestación del respeto a los demás, que es una obligación democrática esencial. La expresión del respeto contribuye eficazmente al sosiego necesario de un mundo esencialmente conflictivo como es el de la política. Se regula por normas jurídicas exigibles coercitivamente o por reglas sociales privadas de coerción jurídica, pero tan importantes como aquellas. Los políticos no son libres de prescindir de las formas o de manipularlas a su criterio.

La vestimenta y el aspecto exterior son parte principal de las formas exigibles en el ejercicio público de la función política. Bono, presidente del Congreso, recriminó al ministro Sebastián la ausencia de corbata en el hemiciclo. ¡Qué tiempos aquellos! Hemos pasado a la camiseta, por ahora con mangas, veremos mañana. Las nuevas formas no son solo discrepancia de los criterios de buen gusto establecidos. Son una declaración de principios: la manifestación expresa de falta de respeto hacia lo que las instituciones burguesas, como el Parlamento, representan. La mejor prueba de ello es el chaqué de Garzón en su boda o el esmoquin de Iglesias en la gala de los Goya.

Más grave es el incumplimiento de la declaración de acatamiento de la Constitución por algunos señores diputados que la adornan con toda clase de matices y reservas. La fórmula de acatamiento está fuera del ámbito de la libertad política o literaria de los diputados. No es admisible que la promesa o el juramento se califiquen o se expliquen como en una rueda de prensa. Hemos pasado del ridículo «por imperativo legal» a declaraciones que burlan la finalidad perseguida por la exigencia reglamentada de acatamiento, o que exigen un esfuerzo interpretativo totalmente improcedente.

No se pide que los diputados entren en el hemiciclo precedidos de maceros. Ni siquiera que cumplan los requisitos formales que se les exigirían si desempeñaran su oficio ante un tribunal de justicia. Bastaría, simplemente, con que guardasen el decoro que exige el respeto a los ciudadanos que representan. En lo que se refiere al juramento o promesa, no se trata de que hagan una representación solemne del juramento de Santa Gadea. Sería suficiente con que se ajusten a la aburrida fórmula legal; sus motivaciones y propósitos forman parte de su vida política personal, pero están fuera de lugar para formalizar su condición de miembros del Parlamento de la nación.

Como sanción, para casos leves, propongo que asistan a un partido en Wimbledon; para los casos más graves y reincidencias, oír de pie una larga composición de música conceptual. Así quizás aprecien el valor del respeto y la armonía. Me refiero solo a la armonía formal, desde luego.

Daniel García-Pita Pemán es miembro correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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