Winston Churchill y el referéndum británico

EL papel único jugado por Churchill durante la guerra y la particular fascinación que aún ejerce en nuestros días explican la relevancia que han vuelto a adquirir sus palabras sobre Europa ante el referéndum del próximo 23 de junio, en el que los británicos decidirán sobre su pertenencia a la Unión Europea.

Churchill fue la voz más potente que se alzó en favor de la unidad europea inmediatamente tras la Segunda Guerra Mundial. La necesidad de una reconciliación entre Francia y Alemania, que intuyó tempranamente, se convirtió a partir de su famoso discurso de Zúrich en 1946, cuando a muchos parecía una proposición escandalosa, en una firme apuesta personal. Al servicio de la unidad europea puso, durante años, su tremenda capacidad de trabajo, su inspirada oratoria y todo el caudal de su prestigio personal. Como le escribiría Coudenhove-Kalergi, presidente de la Unión Paneuropea: «Ahora que usted ha planteado la cuestión, los gobiernos no pueden seguir ignorándola». Su contribución crucial a la hora de legitimar el movimiento europeo, que él mismo presidiría, e impulsar en La Haya y en Estrasburgo su institucionalización parece indiscutible.

La lectura de sus preciosos discursos europeos –pues Churchill era un escritor, tanto como un político–, recién publicados en español (Winston Churchill, Europa Unida, Dieciocho discursos y una carta, Ediciones Encuentro, 2016) manifiesta además que su idea de Europa iba más allá de la mera cooperación entre sus gobiernos. Hay en ellos una apertura a la idea de la soberanía compartida que él percibía, ya entonces, como un medio que permitiría a los Estados europeos proteger en común unas costumbres y tradiciones que solos no podrían preservar. Churchill proponía una aproximación gradual, pues consideraba necesario desarrollar primero una opinión pública favorable, pero también afirmaba sin rodeos que «la soberanía nacional no es inviolable».

En lo que respecta a Gran Bretaña, cuando Churchill pronunció su discurso de Zúrich aún no contemplaba su participación, creyendo probablemente que, como había escrito años atrás: «We are with Europe, but not of it». Sin embargo, en los años que siguieron fue proponiendo a cada paso, casi arrastrado por su propio entusiasmo, una mayor participación británica, llegando a imaginar su idea de los tres círculos –Gran Bretaña como punto de encuentro entre el Imperio, la Comunidad trasatlántica con los Estados Unidos y la Europa Unida– y a reclamar incluso un acomodo entre el Imperio y la Europa Unida.

Su interés en la participación británica fue creciente desde 1947 hasta 1951, y sus apasionados discursos de aquellos años, en los que los conservadores estaban en la oposición, son difícilmente reconciliables con la idea de que Gran Bretaña se limitase a animar desde fuera. Su entusiasmo por la unidad europea y sus críticas a las reticencias del gobierno laborista fueron tales que muchos creyeron que, cuando volviese al gobierno, el Reino Unido se implicaría profundamente en las organizaciones europeas. Sin embargo, no fue así y muchos de sus colaboradores más cercanos, como su yerno Duncan Sandys o Harold Macmillan, que habían defendido la unidad europea en los años de la oposición, se sintieron decepcionados.

Creo que la causa que explica esta reticencia última no fue su avanzada edad, ni la oposición de su ministro de Asuntos Exteriores. Tampoco la relación especial con unos Estados Unidos que ya se habían manifestado –como de nuevo hacen ahora– en favor de la participación británica. La causa primera fue la relevancia del Imperio y la Commonwealth, pues por aquel entonces, a pesar de su declive, un victoriano como Churchill no podía adivinar hasta qué punto aquel mundo tocaba su fin.

Por eso, el primer ministro Edward Heath diría años después que la reticencia de Churchill se basaba en las circunstancias, no en los principios. Por eso creo que, si Churchill hubiese vislumbrado que Gran Bretaña dejaría de ser una potencia mundial, habría percibido que su futuro estaba en Europa. Su entusiasmo por la idea de la unidad europea, su apertura a la posibilidad de la soberanía compartida y su visión global, abierta y cosmopolita de su país y del mundo occidental, le habrían situado bien lejos de las posiciones nacionalistas e introvertidas de algunos euroescépticos –no solo en el Reino Unido– de nuestros días.

Quizás –como ha sugerido Allan Tatham, profesor de la Universidad CEU San Pablo–, si Churchill hubiese escuchado las voces que se han alzado estos años en el Partido Conservador, habría cruzado el pasillo del Parlamento británico para abandonar los bancos conservadores y unirse, una vez más, a sus antiguos colegas liberales. En todo caso –como ha escrito Charles Powell en el epílogo del citado libro– dada su fe en la democracia parlamentaria, lo que sí puede afirmarse con rotundidad es que jamás se le habría ocurrido la peregrina idea de convocar un referéndum sobre cuestión tan decisiva para el futuro de su país.

Belén Becerril Atienza, profesora de Derecho de la Unión Europea de la Universidad CEU San Pablo.

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