Wolfowitz y el Banco Mundial, acorralados

Por Kenneth Rogoff, catedrático de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard. Fue economista principal en el FMI. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 04/05/07):

¿Servirán los problemas del presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, como catalizador para que, por fin, cambien verdaderamente las cosas en el Banco? ¿Acabará por fin la arcaica costumbre de que el presidente de Estados Unidos nombre de forma unilateral al jefe del organismo de desarrollo más importante del mundo?

Wolfowitz, que se enfrenta a una extraordinaria reprimenda del comité de supervisión ministerial del Banco y a la franca rebelión de su equipo profesional, tiene débiles esperanzas de superar a trancas y barrancas sus tres últimos años de mandato. La indignación más inmediata se debe al sueldo y el paquete de compensaciones tan desmesurados que otorgó Wolfowitz en 2005 a su novia a cambio de haber tenido que dejar el Banco cuando él llegó. En un momento en el que el Banco está haciendo hincapié en exigir prácticas de buen gobierno, que cumplan criterios estrictos, como clave para el desarrollo, la reciente revelación de los detalles de su acuerdo ha supuesto un duro golpe para la credibilidad de la institución.

Pero, incluso aunque Wolfowitz se vea obligado, al final, a dimitir, no servirá de nada si se permite que George W. Bush vuelva a escoger inmediatamente a su sustituto, como han hecho los presidentes de Estados Unidos desde que se fundó el Banco, tras la Segunda Guerra Mundial. El responsable del Banco debería elegirse mediante un proceso abierto y transparente que trate de seleccionar al mejor candidato, sea de Estados Unidos, Europa o los países en vías de desarrollo.

En realidad, una gran parte de la debilidad que tiene hoy Wolfowitz procede de cómo llegó a su cargo, nombrado de forma provocadora por un Gobierno estadounidense débil en materia de cooperación internacional. El Banco Mundial es una institución económica y de desarrollo. Y la trayectoria de Wolfowitz en los Departamentos de Estado y de Defensa de Estados Unidos no le proporcionaba conocimientos ni experiencia en ninguna de las dos áreas. Si era famoso era por haber sido el arquitecto de la fracasada guerra de Irak. Por lo que dicen, Wolfowitz es muy inteligente, pero resulta inconcebible que un proceso de selección abierto, transparente y multilateral hubiera podido escogerle para presidir el Banco.

Ésta es la conclusión a la que he llegado pese a que simpatizo con el deseo del Gobierno de Bush de catalizar los cambios en el Banco. Hace mucho tiempo que defiendo la necesidad de que el Banco traslade su centro de gravedad de los préstamos a las subvenciones, una política que la Administración de Bush apoya firmemente. Pero escoger a alguien sin claros antecedentes ni experiencia en el desarrollo económico no era la forma de avanzar en este sentido.

Un proceso de selección más abierto habría advertido enseguida que la novia de Wolfowitz trabajaba en el Banco. Puede parecer que esta cuestión es una tontería, pero no lo es, dada la estricta política del Banco en contra del nepotismo. Si Wolfowitz, por lo demás, hubiera sido claramente el candidato más capacitado, el comité de selección habría podido encontrar alguna forma de sortear el problema, de manera abierta y transparente. Pero, dado que era dudoso que fuera el más apropiado para el cargo, la cuestión de la novia habría podido ser suficiente para descalificarle.

¿Por qué acepta el mundo con tanta docilidad el statu quo y deja que Estados Unidos dictamine el puesto más alto del Banco? Es un ejemplo penoso de malas prácticas de gobierno en las instituciones internacionales. Europa no se entromete con Estados Unidos porque quiere mantener su propio privilegio, también anticuado, de nombrar al jefe del Fondo Monetario Internacional, la institución hermana del Banco.

Asia tiene poca opción salvo ceder ante los chanchullos de Estados Unidos y Europa, porque está tremendamente infrarrepresentada en ambos organismos. En cuanto a África, sus líderes no quieren hacer ni decir nada que pueda interrumpir el flujo de la generosidad del Banco Mundial.

Muchos, entre los que me incluyo, llevamos largo tiempo quejándonos del proceso de selección en el Banco Mundial y el FMI. ¿Cómo pueden seguir estas dos instituciones dando lecciones de buen gobierno y transparencia a los países en vías de desarrollo si no permiten el cambio entre sus propias paredes?

De vez en cuando, los dos organismos hablan de ello, pero es todo de boquilla. Hasta ahora, no han mostrado ningún deseo auténtico de cambiar. Es verdad que la dirección del FMI está haciendo un decidido esfuerzo para dar a las economías emergentes más dinámicas, sobre todo las de Asia, un papel más importante en el gobierno del Fondo. Si llega suficientemente lejos, este proceso podría acabar siendo el catalizador de los cambios necesarios.

Por desgracia, los esfuerzos de reequilibrio del FMI avanzan a paso de tortuga. En el Banco Mundial, no parece que se haga nada.

Quizá cuando Gordon Brown sea el próximo primer ministro del Reino Unido pueda convencer al grupo G-7 de países ricos que encabecen el cambio. Como jefe del comité de supervisión ministerial del Fondo, Brown conoce los problemas como nadie.

O quizá el desastre de Wolfowitz sea el catalizador. A lo mejor, el próximo presidente del Banco Mundial y el próximo director del FMI saldrán, por fin, de partes del mundo distintas a las habituales. Existen muchos posibles candidatos no americanos. El ministro de Finanzas de Suráfrica, Trevor Manuel, ha realizado una gran labor al frente del comité de supervisión del Banco Mundial y sería un magnífico presidente. Y, si no, podría seguir siendo un estadounidense que sí reúna los requisitos. ¿Tal vez Bill Clinton?

De una forma u otra, el proceso de selección de los dirigentes del Banco y el FMI necesitan modernizarse urgentemente. Lo que nos deja más claro el desastre de Wolfowitz es que ya está bien de statu quo.