¿Y ahora qué?

Le llamó el teatro de la palabra, el espacio donde lo más acendrado del separatismo catalán increpaba y tachaba, sin embargo, las palabras del presidente. Este no se inmutó, musitó palabras atropelladas de adherencias hacia la concordia y el espíritu constitucional precisamente cuando muchos niegan absolutamente tanto ese mismo espíritu como la Constitución que les ha dado la mayor dosis de autonomía y libertad que las regiones han conocido en su historia. La partitura que se ha empeñado en escribir busca afinaduras que no llegarán. Es un juego de todo o nada. Un enrevesado juego de suma cero que solo genera fricciones, desencuentros y demasiadas, tal vez, frivolidades que no ayudan a cohesionar un país que a algunos molesta. Pero en el teatro hay palabras que resuenan adustas, ácidas. No hay más ciego que el que ve y se empeña en no querer ver ni que el oye y sin embargo no quiere escuchar. Volvemos al sempiterno zafarrancho de combate, en esta España goyesca de amargos garrotazos al que somos no obstante entre aflictivos y resilentes.

Ha llegado el indulto, lo hace sin contentar a nadie, salvo quizá al todavía inquilino de La Moncloa. Las elecciones venideras quizá no sean tan indulgentes con él mismo. Todo se andará. Nada de aventurar presagios. No vale la pena. No han tardado apenas horas los próceres y altavoces del terrorismo de antaño con sus todavía cientos de presos en cárceles por delitos de sangre en reclamar precisamente igual gracia. Otros hablan de amnistía.

Y salta al instante en aquellos días de un octubre no lejano y con un jefe de Estado mayúsculo ante el encogimiento del gobierno de turno, el recuerdo a miles de funcionarios y cuerpos de seguridad que cumplieron con sus funciones frente al griterío, el insulto, el lanzamiento de piedras y unas imágenes bochornosas. La sensación de desamparo que muchos catalanes con sentimiento igualmente español sintieron. Y la sensación de deriva descontrolada y despechada que con el transcurrir de las horas cobraba todo aquel espectáculo.

Apela el presidente a la utilidad pública del indulto, pero qué utilidad es esa cuando quien es indultado insiste y persiste en sus fines y sus desafíos y si no va acompañado de una inhabilitación política. Otros apelan también a falta de pedagogía. Pero ¿es pedagógico un indulto cuando nace entre pañales solo políticos y no sociales? La oposición ha cargado contra los mismos desde el primer instante. Ha sido erróneo utilizar o traer al debate el papel o las funciones del jefe del Estado. No todo vale en la patalea del discurso partidista. Las instituciones han de ser preservadas. Siempre y en todo caso desde la lealtad, honestidad y rigor de todos.

El presidente quería los indultos. Ya están aquí. ¿Y ahora qué?, ¿Cuál va a ser el libreto de opereta que el nacionalismo y el separatismo interpretarán a partir de este momento? Y no nos equivoquemos, los réditos políticos no serán para el Gobierno. ¿Se puede dialogar con quien no quiere dialogar o su voluntad es otra?

Abel Veiga es profesor de Derecho en Icade y decano de la Facultad de Derecho.

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