Y al final… ganó el PSC

Los hombres crean a los dioses por su necesidad de explicar lo que no entienden y para combatir la inseguridad que les ocasiona el mundo que les rodea y su mismísima efímera existencia. Los dioses son el resultado de nuestra necesidad de seguridad trascendente. Hace muchos años toda España pudo oír, aunque fuera una conversación privada, cómo Txiki Benegas se refería a Felipe González como “el dios”; a otro le llamaba “el enano” y a otro “el ciego”, por lo que todos consideramos acertadamente que Benegas utilizaba ese lenguaje en tono irónico con una voluntad de describir las características más sobresalientes de los personajes a los que se refería. Pasado el tiempo, la necesidad que el PSOE ha tenido de González ha rozado lo religioso, lo incomprensible, lo que se acerca de forma indistinguible a la fe.

Sin embargo, durante estas últimas primarias del PSOE, la figura de González ha sido tan duramente criticada por muchos de los partidarios de Sánchez que, en ocasiones, yo mismo, que tuve en su momento algún rifirrafe público con el ex presidente, me he visto en la necesidad de exigir ecuanimidad y proporcionalidad a sus críticos; grupos que hasta hace poco le veían como el brazo incorrupto de Santa Teresa, con capacidad milagrera, le negaban ahora el pan, la sal e incluso el agua. Es evidente que alrededor de Sánchez, sin que él sea responsable, se han agrupado algunos dispuestos a pasar cuenta rigurosa al pasado y muy principalmente a González.

Pero la necesidad que tiene el hombre de seguridad es tan grande que estos adversarios de última hora de González le han aupado involuntariamente y sin duda alguna a ese estadio casi divino que ya auguraba Benegas. Por lo menos, esa ha sido mi impresión cuando he visto cómo Felipe González se ha dirigido al Congreso de los socialistas, desde más allá de los mares, como si de una aparición se tratara, deseando a los feligreses suerte y acierto en sus decisiones, sin referencia alguna al recién ungido por las bases secretario general. Creo que González ha vuelto a ganar a sus adversarios. No tendría nada en contra ni a favor sino fuera porque la razón que me llevó a polemizar con él o a defenderle cuando las críticas eran desproporcionadas me hace rechazar también ahora esas necesidades teológicas.

Pero vayamos a lo importante del Congreso socialista. Ha terminado definiendo a España como una nación de naciones (¿un Estado plurinacional?), dejando a salvo la cuestión de la soberanía; ¡faltaría más! Ahora bien, profundicemos sobre una cuestión tan importante que por lo menos Patxi López parecía tener clara. Si España es una nación de naciones, parece claro que las naciones y la nación resultante se diferenciarán en algo. Es evidente, según los propios socialistas, que la diferencia está en que la nación con mayúsculas tiene como base la soberanía política y las otras, las causantes, son la expresión de un sentimiento. Una es el producto de la razón, las otras son naturales y espontáneas como el salvaje rousseauniano. Hasta aquí todo parece en orden, aunque resulte difícil entender porque llamamos a dos cosas distintas de la misma manera.

Pero sigamos profundizando en esa dirección. Si reconocen en la asamblea socialista tal contradicción es por el convencimiento, supongo que también subrayado en las resoluciones del Congreso, de que la pluralidad, la diferencia nos hace mejores. Entonces, ¿no deberíamos llevar este principio irrenunciable e irrebatible hasta las últimas consecuencias? Por ejemplo, si Cataluña es una nación natural por la suma de sentimientos, lengua y reivindicaciones de diversa naturaleza y sin embargo el principio de pluralidad es tan válido en Barcelona como en Madrid, ¿podríamos admitir razonablemente que es posible la existencia de varias naciones en Cataluña? Lo digo porque no creo que pertenezcan a la misma nación sentimental por ejemplo, Guardiola y Boadella, Artur Mas y Félix de Azúa, Puigdemont y Carlos Herrera o Pilar Rahola y Borrell…

Todos son catalanes, pueden pertenecer a una nación política producto del acuerdo y, por lo tanto, de la razón, pero forzarles a pertenecer a una comunidad sentimental es prodigioso y estúpido, cuando no autoritario. La nación política, el acuerdo para trasladar la soberanía a la comunidad, fue la forma de hacernos iguales, de retirar toda la importancia política que habían tenido los orígenes familiares, la fortuna, los sentimientos religiosos o de cualquier otra naturaleza; toda esta tradición ilustrada es lo que ha derribado el PSOE en su congreso, con una literatura que expresa muy bien el quiero y no puedo en el que viven instalados.

En resumen, la pluralidad que hace fuerte y poderosa a España para los socialistas parece inconveniente en Cataluña, donde todos estarían obligados a comulgar, contradictoriamente, con la nación natural y con la oficial, impuesta herméticamente a todos los catalanes, sientan lo que sientan, piensen lo que piensen, crean en quien crean.

Pero, teniendo en cuenta que muchos dirigentes socialistas que aprecio y estimo están dispuestos a apoyar esta propuesta, en contra de lo que su inteligencia y su conocimiento les debería imponer, yo podría admitirla como una solución para pacificar una situación política explosiva pidiendo a mis amigos Boadella, Azúa o Herrera que perdonen que esta solución les condene a pertenecer a una “nación” que no parece entusiasmarles. El Estado plurinacional puede ser el producto de un acuerdo en el que la otra parte renunciara a determinadas pretensiones, me cuesta mucho llegar a ese punto, pero lo admito intelectualmente. Lo que es un despropósito que terminaremos pagando es que termine convertido en una característica política del PSOE, en una base programática, en un punto de partida. ¿Se pueden aceptar soluciones no compartidas totalmente? Desde luego que sí, pero no pueden convertir un partido con una historia nacional irrenunciable, basada en la razón como mejor instrumento, en un batiburrillo sentimental, inútil y criptonacionalista.

Esta resolución congresual no soluciona nada y a cambio da con la puerta en las narices a quienes buscan soluciones razonables y modernas a la altura del siglo XXI. Han cambiado la política con mayúsculas, han renunciado a ver el problema en toda su complejidad y a enfocarlo desde la razón; todo ha sido sustituido por un pleonasmo vicioso. Hoy más que nunca, los más (el PSOE) se han dejado secuestrar por los menos (PSC) y esa situación nos obliga a pedir con ansiedad explicaciones: ¿la resolución supone una enmienda al artículo 2 de la Constitución? ¿Los socialistas lo patrocinan? ¿Es el punto de partida para negociar con los independentistas? ¿Cuántas naciones sentimentales constituirán España?… En fin, lo que no puedo reprochar al Congreso socialista es su coherencia al expresar la necesidad de buscar seguridades en personajes que creen taumatúrgicos y en dar a las palabras el valor milagrero de solucionar los problemas.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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