… Y aún dicen que las medicinas son caras

«¡Y aún dicen que el pescado es caro!» es un famoso cuadro de Joaquín Sorolla en el que pinta uno de tantos accidentes que sufrían los marineros en sus faenas de pesca, que de alguna manera haría pensar que en el coste que tenía el pescado había una razón muy poderosa, porque los marineros se jugaban la vida en el mar.

Cuando Sorolla pintó dicho cuadro prácticamente no había medicinas. Y hoy en día que tenemos muchas y muy buenas medicinas se ha originado una leyenda de que las medicinas son caras.

Todos sabemos que con el paso del tiempo el precio de las cosas se va actualizando. Se actualiza el precio de todo menos el de las medicinas. Por ejemplo, la penicilina, que tantas vidas ha salvado, hoy cuesta menos que el frasco de cristal en el que se vende. Un ibuprofeno para tratar el dolor cuesta alrededor de un euro; una vacuna contra la gripe, ocho. Todas las vacunaciones que recibiremos a lo largo de nuestra vida puede que cuesten menos de ochocientos euros.

Cuando Alexander Fleming descubrió la penicilina había 2.000 millones de habitantes en el planeta y la gente moría de infecciones bacterianas, ya que muchas ellas resultaban una condena a muerte. Previamente se había iniciado la era de las vacunas gracias a Jenner, Pasteur y otros, que sirvieron para prevenir muchas enfermedades virales y bacterianas. Y en algún caso, como el de la viruela, para erradicarla, algo que está a punto de ocurrir con la poliomielitis.

Hoy somos más de 7.000 millones de habitantes en gran medida porque disponemos de vacunas y antibióticos para tratar enfermedades producidas por bacterias y ciertos virus que antes eran intratables, como la tuberculosis, pulmonías, sífilis, peste, viruela, rabia, cólera, tifus, etcétera. ¿Cuánto valen todas las vidas salvadas por los antibióticos y las vacunas? ¿Y en cuánto se podrían valorar los dolores que han sido tratados eficazmente con aspirinas o ibuprofenos? También resulta un dato interesante saber que en Estados Unidos los ciudadanos se gastan de media al año menos en medicinas que la cifra que gastan en arreglar y tener a punto su coche.

Es curioso constatar que, si las medicinas son prácticamente lo único que no incrementa su precio con el paso del tiempo, coincide con que es prácticamente el único producto que nos tienen que pagar los gobiernos, y ellos tienen en Europa el poder de fijar los precios. Los gobiernos de la Unión Europea son muy reacios a costear el gasto en medicamentos. Así, el tiempo que tardan en conceder precio y reembolso es muy largo. Y muchas veces no conceden el reembolso, como ocurre en Inglaterra con aquellos tratamientos que exceden las 35.000 libras. Otra paradoja es que, mientras que en otro tipo de industrias las nuevas tecnologías llegan cada vez antes al usuario, por el contrario, las nuevas medicinas llegan cada vez más tarde al paciente. Aquí el dicho de Francisco de Quevedo «sólo un necio puede confundir valor con precio» se puede aplicar perfectamente, porque el valor de las medicinas no guarda relación con el precio. El valor lo reciben los enfermos y el precio lo fija la Administración por decisiones políticas. Por ejemplo, el año 2015 en España se gastaron 2.200 millones de euros en tratamientos de hepatitis C, y 1.600 millones en tratamientos contra el cáncer. Está claro que la mayor presión de los enfermos de hepatitis C motivó esta paradoja.

Ahora vamos a analizar el problema desde otro ángulo: ¿cuánto cuesta desarrollar hoy un medicamento?

Hoy, los desarrollos de nuevas medicinas vienen a tardar una media de catorce-dieciséis años hasta su aprobación en Europa y/o Estados Unidos, y suele costar más de mil millones de dólares. Cada vez se tarda más en aprobar nuevos fármacos, porque existe una hiperregulación. Hace dos décadas se tardaba unos diez-trece años y costaba unos trescientos millones de dólares (hoy cuesta unos mil millones)… Y a veces no se aprueban medicamentos activos por burocracia reguladora y aversión al riesgo, y hay potenciales fármacos que la Humanidad pierde para siempre.

El desarrollo de ciertos tratamientos oncológicos hoy no es factible por dicha hiperregulación. Por ejemplo, el avance trascendental en el tratamiento de las leucemias infantiles ideado por los doctores Frei y Freireich en 1961 combinando de golpe cuatro fármacos (Vincristina, Adriamicina, Mercaptopurina y Prednisona, llamado VAMP) hoy no sería posible porque los reguladores exigen ir paso a paso, para no asumir riesgos.

Se están produciendo unos enormes retrasos en las tres fases clínicas del desarrollo de un nuevo medicamento antes de su comercialización, porque entre una y otra se le está exigiendo a dicho fármaco experimental saberlo todo sobre él, como si de aprobarlo para su comercialización se tratara. Se puede así llegar a perder más de un año entre fase y fase, que es un tiempo perdido en el desarrollo del fármaco, al que le quedará menos vida útil a su patente.

Por todas estas dificultades se está encareciendo el precio de los nuevos fármacos.

En su momento, cuando se descubrieron los antibióticos y las vacunas que tantas vidas han salvado, se comercializaron a precios bastante asequibles, dado que su investigación y desarrollo fue mucho más rápida y menos costosa que los procesos exigidos por los reguladores de hoy en día para aprobar un nuevo medicamento. Hasta tal punto se han incrementado los costes de desarrollo de nuevas medicinas que solamente en enfermedades muy graves se puede trasladar el mercado. Por ejemplo, la investigación y desarrollo de nuevos antibióticos es prohibitiva, hasta el punto de que la Comisión Europea ha tenido que lanzar unos programas de financiación y ayudas importantes para incentivar a las compañías que investigan el descubrimiento y comercialización de nuevos antibióticos.

No deja de ser cierto que algunas nuevas medicinas son extremadamente caras y su precio abusivo tiene difícil justificación, excediendo a veces los 200.000 dólares el coste de tratamiento, y esto es malo porque crea una imagen muy negativa de toda la industria.

Si el cuadro de Sorolla «¡Y aún dicen que el pescado es caro!» es muy explícito, en el caso de las medicinas hemos tratado de analizar por qué algunas (solo algunas) medicinas están siendo caras. En ambos casos el valor es obvio y el precio está justificado en la mayoría de los casos.

José María Fernández Sousa-Faro, presidente de PHARMAMAR.

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