Y Cervantes se va a América

Por César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes (EL PAIS, 01/03/05):

El 17 de febrero del año 1582, Miguel de Cervantes, de regreso a Madrid, dirige una carta a Antonio de Eraso, del Consejo de Indias, que se encontraba en Lisboa, agradeciéndole el interés que ha tomado por su frustrada pretensión de encontrar algún oficio en América, lo que se le negó por no haber ninguno vacante. Miguel de Cervantes deseaba ir a América, pero fracasó en los varios intentos. Años después, el 21 de mayo de 1590, solicitó por medio de su hermana Magdalena la contaduría del Nuevo Reino de Granada, la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatemala, ser contador de las galeras en Cartagena de Indias o ser corregidor de la ciudad de La Paz. El Consejo de Indias sentenció en apenas 15 días: “Busque por acá en qué se le haga merced”.

Tenía por entonces 42 años y una vida abocada al fracaso. Con poco más de 20 había huido a Italia por herir en duelo a un intendente de construcciones reales, a los 24 había perdido de un arcabuzazo la mano izquierda en la batalla de Lepanto, de los 28 a los 33 había estado prisionero en Argel, a los 37 había tenido una hija con la mujer de un tabernero y se había casado con una joven toledana, a los 39 había abandonado el hogar conyugal y a los 40 había sido excomulgado por embargar el trigo de varios canónigos. También había estrenado tres obras de teatro y publicado una novela pastoril, La Galatea, que habían pasado casi desapercibidas.

Las relaciones de Cervantes con América constituyen un buen motivo de reflexión acerca de la proyección internacional de nuestra lengua común y cultura, porque el cuarto centenario de la primera parte del Quijote no sólo debe ayudarnos a explicar lo que fuimos, sino lo que somos y lo que queremos ser. Cervantes sufrió la vida y logró expresar lo que de mejor hay en el ser humano, incluso hasta la misma utopía. La prohibición de alcanzar las Indias fue una de las muchas decepciones que padeció, y lo llevó a olvidarse del Nuevo Mundo. En su obra sólo lo mencionará en dos o tres ocasiones y siempre con cierto dejo de amargura, como en la novela ejemplar de La española inglesa, donde afirmaba que las Indias eran “común refugio de los pobres generosos”. En El celoso extremeño, incluso, asegura aún más despechado que América venía a ser amparo de los desesperados, “iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, añagaza general de mujeres libres” y, en resumen, “engaño común de muchos y remedio particular de pocos”.

Tal vez por ello se produjo un olvido de América, justo lo que no puede volver a ocurrir. Hace unos años, el International Herald Tribune aseguraba que España e Hispanoamérica habían sabido crear un espacio cultural común, y citaba el caso de la película Todo sobre mi madre, en la que un cineasta español, Pedro Almodóvar, había elegido a una actriz argentina, Cecilia Roth, para el papel protagonista. Le parecía un hecho excepcional.

Desde entonces, los ejemplos se han multiplicado, y no sólo en el cine. La historia viene de lejos. Ya en 1930, el gran ensayista dominicano Max Henríquez Ureña había observado en El retorno de los galeones que cada día se hacía más intenso el intercambio de influencias entre unos y otros países de América y entre éstos y España, y concluía: “La producción literaria de habla castellana adquiere cierto carácter de unidad, no obstante las diferencias de ideología y de costumbres que en cada pueblo y aun en cada región pueden observarse”. Años después, Alejo Carpentier dirá que Cervantes era el novelista mayor de Cuba, y hace apenas unas semanas el escritor chileno Antonio Skármeta afirmaba que las actividades de los museos españoles, de los festivales de cine, de las ferias del libro, de las bienales de arquitectura y “el trabajo mundial de los Institutos Cervantes, donde los artistas latinoamericanos reciben un trato fraternal y persistente junto a sus colegas españoles, son señales de una relación vital” entre Iberoamérica y España.

Pintores, escritores, cineastas, arquitectos, músicos y dramaturgos son vistos hoy, tanto desde dentro como desde fuera de nuestras fronteras y con independencia de sus países de origen, como miembros de una misma y potente cultura. Algunos han revolucionado los cánones del arte moderno, muchos han producido varias de las cumbres de la literatura mundial de los últimos cien años, otros hacen uno de los cines más creativos que se pueden ver en las pantallas y unos cuantos construyen en ciudades de medio mundo. También los investigadores, quizá por primera vez en la historia, se han integrado de forma relevante en la comunidad científica internacional. Todos ellos forman lo que Carlos Fuentes ha llamado el “territorio de La Mancha”, al que configura la lengua común.

España ha salido de la dictadura y del aislamiento internacional en apenas una generación, se ha convertido en una democracia avanzada y ha construido una sólida economía que nos hace un 75% más ricos que hace 30 años. “Quizá ningún otro país europeo ha logrado tanto, y en tantos frentes, tan rápidamente”, decía hace poco el semanario de The Economist.

A menudo se olvida en el recuento lo que ha ocurrido con el español. En el mismo periodo de tiempo ha pasado de ser una lengua hablada por 250 millones de personas a más de 400 millones, de estar presente en los planes de enseñanza de algunos países -y siempre por detrás de otras tres o cuatro- a estarlo en los de casi todos y a que, por ejemplo, en Estados Unidos haya dejado de considerarse una subcultura y que la estudien dos de cada tres universitarios. Los miles de cifras y datos que están disponibles en los libros de investigación y las estadísticas llevan a una conclusión: el español se ha convertido, junto con el inglés, en la apuesta que hacen los padres de los más diversos países para asegurar el futuro de sus hijos.

Todo ello constituye una fuente de recursos inigualable. Sólo en España aporta el 15% del PIB, y está por estudiar lo que supone para el resto de los países hispanohablantes. Nuestra presencia en el mundo se lleva a cabo desde hace años, sobre todo mediante el español, y por eso se puede afirmar que, a la vista de los resultados, la política exterior de la lengua es la que más éxito ha tenido de cuantas España ha desarrollado en las últimas décadas.

El mundo de la cultura es consciente de que la lengua es su mejor aliado. Por citar el último caso, hace unos días el cantante y compositor uruguayo Jorge Drexler, cuyo tema Al otro lado del río acaba de ganar un Oscar en la categoría de mejor canción original, aseguraba: “No se puede desligar lo que me está pasando a mí de lo que ocurre con el castellano en todo el mundo. El centro principal de difusión de cultura del mundo está siendo conquistado desde dentro por el idioma español”. Ya Andrea había descrito a su hermano Miguel de Cervantes como “un hombre que escribe y trata negocios, y por su buena habilidad tiene amigos”. Rondaba entonces los 57 años y acababa de publicar la primera parte del Quijote.

Pero el territorio de La Mancha se extiende de forma muy desigual. En él nuestro país es sólo una provincia. El 90% de los hablantes vive en América, cuya cornisa occidental forma parte de la región económica -la de Asia y el Pacífico- que, según todas las previsiones, crecerá más en las próximas décadas, y Estados Unidos y Brasil constituyen los dos países del mundo en los que el español progresa con mayor rapidez. La provincia en la que nosotros vivimos es la única que se sitúa en el continente europeo, donde el número de hablantes de español como lengua materna es inferior a los de alemán, inglés, francés e italiano y equivalente a los de polaco. Por eso se puede decir sin exageración que el futuro del español pasa por América. No podemos gestionar solos los retos de la demanda del español en el mundo. Sería de suma importancia desarrollar de manera conjunta una política cultural común iberoamericana en lo general, y en especial en el caso de la lengua, porque lengua y cultura son comunes y hay que difundirlas entre todos.

De igual modo que el Instituto Cervantes enseña la norma culta común de toda la comunidad hispano-hablante, con las variantes específicas de las distintas áreas lingüísticas, deberíamos reflexionar si nuestra labor cultural en el extranjero no debería contemplar la cultura en español como conjunto y contar también con algunos intelectuales hispanoamericanos para el cuerpo directivo. Es decir, convendría encontrar el modo de articular de modo efectivo y sin demagogia lo nacional español con lo supranacional iberoamericano. En Hispanoamérica, año tras año, reciben a millones de personas que desean mejorar su español y profundizar en nuestra cultura, saben que la lengua constituye una gran fuente de riqueza y que se necesita la colaboración de todos para afrontar la ingente demanda. Necesitamos también colaborar en una tarea tan urgente e imprescindible como formar profesores, que constituye la clave de la expansión del español en los próximos años, y sumarnos a una enseñanza y certificación común del español como lengua extranjera que aúne esfuerzos y multiplique resultados.

Cervantes no llegó a América, pero el Quijote lo hizo muy pronto. Ya en febrero y abril de 1605 salieron cargamentos para las Indias, y los envíos se sucedieron a lo largo del año. Tres ejemplares tuvieron como destino Cartagena de Indias, 262 México y otros 100 de nuevo Cartagena, todos ellos pertenecientes a la edición príncipe. En el magistral estudio Los libros del conquistador, publicado hace más de medio siglo, Irving Leonard explicaba que la exportación de libros al Nuevo Mundo era tan provechosa que, “como en el caso del Quijote, muchas veces se sacaban de las prensas para llevarlos precipitadamente a Sevilla a fin de que no perdiesen la salida de las flotas anuales”. La popularidad de los personajes cervantinos en las Indias fue rápida, y dos años después Don Quijote y Sancho desfilaban en Perú durante unos festejos.

Leonard demostró también que algunas de las visiones apasionadas que animaron a los hombres del Renacimiento español habían tenido su fuente de inspiración en las imaginarias utopías descritas en las obras de ficción que los acompañaban. Miguel de Cervantes no lo consiguió, pero nosotros, en este cuarto centenario, deberíamos intentarlo, pues allí es donde se debate nuestro futuro.