…Y Charlie empuñó su lápiz

En sus horas más bajas de popularidad y con los medios de comunicación franceses debatiendo si el recién iniciado 2015 podía dar paso a un renovado François Hollande en la presidencia de la República, el inquilino del Elíseo habló, con inusitada gravedad, a sus compatriotas la víspera de la festividad de Reyes en una entrevista radiofónica a la emisora France Inter: “La crisis de identidad de Francia es grave, el futuro está amenazado; hacen falta nervios templados, pensamiento firme y una fuerte convicción republicana”. Las palabras del presidente sonaron en las redacciones de los medios de comunicación galos como una advertencia sobre las debilidades actuales que tensan las costuras de la Francia imperial. Apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas de estas declaraciones cuando dos hombres armados con subfusiles automáticos penetraban en el semanario satírico de izquierdas Charlie Hebdo y asesinaban a una docena de personas, entre ellas varios profesionales de la revista. Los supuestos combatientes franceses del Estado Islámico (EI) –una evolución del terrorismo de Al Qaeda– que han proferido amenazas a sus compatriotas en las últimas semanas a través de las redes sociales, han consumado así su terrible desafío en medio de una fuerte conmoción de la opinión pública internacional ante el ataque terrorista más grave que ha padecido la ciudad de París.

Y Charlie empuñó su lápizDesde los primeros atentados en Nueva York, Madrid y Londres a principios de este siglo hasta el del pasado miércoles en París ha transcurrido más de una década y, sin embargo, no ha avanzado lo suficiente la capacidad de defensa para minimizar los daños y tampoco la información policial para tratar de evitarlos. Charlie Hebdo no es un semanario cualquiera, quizás por eso también la consternación es mayor. Las amenazas eran constantes desde que publicó las caricaturas de Mahoma, siguiendo la estela del diario danés Jyllands-Posten que había insertado en el 2006 una docena de dibujos satíricos del Profeta. Se puede decir que la polémica ha acompañado siempre al semanario desde su fundación en 1992. Incluso en aquella decisión de publicar las caricaturas, que unos cuantos criticaron en público y muchos en privado, y que acabó en los tribunales franceses. La justicia, finalmente, dio la razón al semanario. En el 2011 la redacción sufrió un incendio provocado por islamistas radicales. Hoy se sabe que aquella acción era tan sólo una advertencia de la gran tragedia de este miércoles. El principio fundamental de que en lo que atañe a creencias religiosas el único límite a la libertad de expresión es la incitación a la violencia sigue siendo válido por más que diferentes colectivos puedan sentirse lesionados por la crítica a su credo. Esas son las normas y eso dicta la ley en cualquier Estado laico.

Lo que sucede ahora es que la globalización y sobre todo la crisis económica ha puesto en riesgo el modelo de integración francés que hasta el 2005 parecía el adecuado y que era para sus ciudadanos motivo de orgullo. La revuelta de las banlieues de aquel año, siendo Nicolas Sarkozy ministro del Interior, y el trato ofensivo que este dedicó a los manifestantes, a los que tildó de “escoria”, dejó al descubierto un problema de una magnitud colosal. La segunda revuelta del 2009 certificó que lo sucedido cuatro años antes no era un hecho aislado y que las nuevas generaciones de franceses, hijos de inmigrantes que habían llegado en condiciones precarias, no se conformarían con repetir la situación de sus padres. Para el visitante acostumbrado a las ciudades del llamado cinturón rojo de Barcelona, algunos episodios de las banlieues francesas o las imágenes de campamentos que cobijan en condiciones muy precarias a miles de personas en poblaciones de alrededor de la capital resultan hoy chocantes e inexplicables. La combinación de crisis y miedo en amplias capas de la sociedad francesa explican el crecimiento imparable del Frente Nacional, en primera posición de todas las encuestas si se celebraran ahora unas presidenciales, y que ha colocado contra las cuerdas a la derecha de la UMP y a la izquierda tradicional del PS.

En una de las esquinas del Jardín de las Tullerías próxima a la plaza de la Concordia se encuentra la Galería Nacional Juego de Palma, construida por Napoleón III y que debe su nombre a que allí se practicaba un deporte de raquetas relacionado con la pelota vasca, precursor del tenis y conocido como juego de palma. Hasta febrero se puede visitar una exposición de Gary Winogrand, considerado unánimemente el fotógrafo que mejor retrató la vida estadounidense entre 1950 y 1980. La muestra, que está repartida en dos plantas, ha recorrido previamente San Francisco, Washington y Nueva York y estará en Madrid en primavera. Consta de 300 fotografías realizadas con una cámara Leica M4, en la que montaba un objetivo gran angular preenfocado y con la que disparaba una foto tras otra sin preocuparle el encuadre. El objetivo era potenciar el instante y la rapidez. Decía Winogrand que la fotografía no trata sobre lo que es fotografiado, sino sobre cómo se ve lo fotografiado. Ello le convirtió poco menos que en el padre de las fotos callejeras y aunque murió prematuramente a los 56 años su legado de 250.000 imágenes le sirven como reconocimiento al fotógrafo más prolijo de la historia.

Aunque la muestra tiene varias docenas de fotografías excepcionales, muchas de ellas iconos de carteles y fácilmente reconocibles por el gran público, hay una instantánea de Winogrand mucho menos famosa que merece un pequeño reconocimiento. Fue realizada en 1974 en un partido de fútbol en el estado de Texas y aparecen los 22 jugadores en mo vimiento , como si de una coreografía se tratara. La fortuna permitió una instantánea única y excepcional, imposible de hacer un segundo antes o después.

No fue el azar el que ordenó este miércoles la sucesión de las imágenes terribles de dos de los tres asesinos que perpetraron el atentado de Charlie Hebdo. Era el rostro de la barbarie infinita lo que aparecía en la dramática secuencia del policía tendido en el suelo que parece reclamar el perdón de su verdugo mientras este no duda ni un instante antes de rematarlo sin contemplaciones.

Francia es hoy un polvorín y la crisis ha alimentado todos los viejos fantasmas. Los cálculos policiales elevan por encima del millar el número de franceses vinculados a redes yihadistas, de ellos unos 400 han sido entrenados en Siria e Iraq. El miedo al fanatismo ha alcanzado París con un gran atentado, igual como antes lo hizo en otras capitales occidentales. Y aunque todos los atentados son igual de execrables, el del míércoles supone un salto cualitativo de los terroristas: las víctimas no son aleatorias como en Nueva York, Madrid o Londres sino seleccionadas previamente por su ideología. Su culpa: dibujar en Charlie Hebdo. Un nuevo capítulo de la guerra contra la libertad y la democracia se ha empezado a escribir. Quién sabe si, en este caso, las muertes inocentes cambiarán el rumbo de la historia.

José Antich

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *