Y el Caballero de la Rosa es…

«No hay nada más difícil que presentar lo existente como inexistente», escribió con conocimiento de causa el libretista Hugo von Hofmannsthal en su A modo de introducción de la ópera Der Rosenkavalier, que estrenó junto a Richard Strauss en Dresde. Dentro de 45 días hará 100 años.

¿A quién puede extrañarle que aquel que a mediados de los 90 se licenció con más contumacia que acierto, con más estómago que ciencia, en la repudiable disciplina de borrar el reguero de sangre del crimen de Estado y el rastro de miguitas de oro del saqueo del erario, pretenda doctorarse hoy en la mucho más sencilla actividad inversa de hacer aflorar impostadamente su propio prestigio? Comparado con lo de entonces, lo de ahora es coser y cantar: mientras los cadáveres ajenos son siempre difíciles de esconder, nunca falta el amor propio para inflar cuantas pompas de jabón sean necesarias.

Hace bien la dirección del Teatro Real en advertir a los espectadores en el primer texto de su programa de mano que «en El Caballero de la Rosa casi nada es lo que parece», añadiendo enseguida que «en la trama las apariencias engañan». A mí al menos este duplicado aviso me ha sido de gran utilidad, al salir a la calle después de la representación.

Si hubiera que resumir el argumento en cuatro palabras yo lo presentaría como la historia de una suplantación. Si hubiera que hacerlo en dos, exclamaría: ¡menudo cambiazo! Resulta que el desprestigiado barón Ochs de Lerchenau manda a un heraldo, a un portavoz, a un buen comunicador como el conde Octavio a concertar los esponsales con su joven novia, rosa de plata en ristre, y que en un santiamén sucede que es este el que se casa y aquel el que tira la toalla y se desvanece en el olvido con deportividad digna de mejor causa.

Se me dirá con razón que una cosa es que la vida pueda imitar al arte y otra que vaya a hacerlo de forma tan zafia y poco convincente como para que el jubilado sea más joven y atractivo que quien primero habla en su nombre y enseguida ocupa su lugar. Hasta tal punto Strauss y Von Hoffmannsthal concibieron su enredo como el tributo que la juventud impone a la vejez y lo nuevo a lo antiguo, que, como en el caso del Cherubino de Las bodas de Fígaro de Mozart, el papel del conde Octavio sólo lo podían cantar mujeres para acentuar su efluvio adolescente. Pero, claro, aquí el que está hecho unos zorros es el chico de la ceja y la variante fundamental respecto a ese libreto es el acuerdo entre suplantado y suplantador para engañar a la opinión pública de hoy, formada por los votantes de mañana.

Si el domingo pasado el que Zapatero no hubiera dado la cara al decretar la víspera el primer estado de alarma en 32 años de democracia me pareció una cuestión secundaria que sólo empañaba su acierto en lo esencial, hoy veo las cosas a la inversa. Es decir, cada vez me parece más relevante la operación política trenzada sobre el cañamazo de esta crisis y encuentro menos convincentes los argumentos gubernamentales cuando Enrique Gimbernat y otros eminentes juristas discuten que el estado de alarma fuera el cauce adecuado para resolver el conflicto y sobre todo cuando alegan que el Código Militar esgrimido para doblegar a los controladores era y es inaplicable al caso.

Lo propio hubiera sido proceder a la detención y puesta a disposición judicial de los sediciosos aplicándoles la ley civil de Navegación Aérea, tal y como proponía Conde-Pumpido. Pero entonces ¿quién hubiera operado las torres si los únicos capaces de hacerlo atiborraban los calabozos de los juzgados? Para apagar el sábado el incendio que el viernes había contribuido deliberadamente a propagar, el Gobierno necesitaba intimidar a los desertores con las penas del infierno militar sin llegar a desenvainar el sable. Ese fue su órdago y le salió bien. Además de la perspectiva de pasar unos añitos en una prisión castrense, lo que al parecer más impresionó a esta gentecilla, con menos luces que ínfulas, fue el riesgo de ver incautados fulminantemente sus bienes.

Rebobinando lo ocurrido ya me pareció raro que cuando a última hora de la tarde me llamó el ministro de Fomento -supongo que haría lo mismo con otros directores- dijera que el Gobierno había aprobado por la mañana un decreto permitiendo la militarización inmediata de los controladores. Yo le comenté que a esos tal y a esos cual, capaces de dejar tirada a la gente en el inicio de un puente, había que brearlos con toda la legalidad disponible. Pero me quedé con el reconcome de por qué tenía el Gobierno ya el horno encendido cuando aún no sabía que habría caza para cenar. ¿O sí lo sabía?

Zapatero no lo aclaró en el debate parlamentario del jueves. Ni eso ni por qué se eligió uno de los días de más tráfico aéreo del año para desencadenar la catarsis. El que el fin de semana anterior hubiera habido lío con los controladores de Santiago que alegaban haber cubierto ya sus horas máximas implicaba que había un problema que resolver, no que hubiera que resolverlo ese viernes. Tampoco es normal pertrecharse para un conflicto bélico cuando lo que se va a insertar en el BOE es una mera aclaración sobre un cómputo horario. A menos que de antemano se busque desencadenar la clásica espiral acción-reacción que en este caso suponía ponerse a jugar al gato y al ratón a expensas de los pobres viajeros amontonados en salas de embarque.

No digo ni por asomo que lo que haya hecho el Gobierno sea golpista, pues si ha aplicado incorrectamente la Constitución ya lo dirán los tribunales y no dudo de que se someterá a su arbitrio, pero la técnica de cebar un desafío inaceptable prendiendo la mecha de la insurrección para luego sofocarla mediante una demostración de fuerza excepcional es algo que hemos visto una y otra vez en el cine –La batalla de Argel, El año que vivimos peligrosamente– y en la Historia, desde la toma del poder por los jacobinos hasta la llegada de Pinochet al Palacio de la Moneda con el respaldo de gran parte de la sociedad chilena. Era preciso resolver una situación extrema y el Gobierno lo hizo de forma razonablemente rápida y eficiente. Por eso obtuvo el apoyo casi unánime de la opinión pública justo el día en que la polémica privatización de Aena y la emblemática retirada del subsidio a los parados de larga duración -muy contestada en el propio PSOE- auguraban que se hundiría aún más en la sima de la impopularidad.

Mi tesis es pues que el Gobierno sabía a lo que se exponía y puso en marcha la dinámica de la confrontación, consciente de que un número muy grande de viajeros sufriría los «daños colaterales» del envite. Probablemente pensaba que todo se articularía a través de una de esas huelgas de celo encubiertas que han ido gestando la justa inquina popular hacia los controladores, con innumerables retrasos y horas de espera acumuladas. Sólo si, a medida que avanzara el puente, la situación alcanzaba niveles de deterioro geométricos se sacaría de la manga el decreto de la militarización para llevar más trabajadores a las torres.

Con lo que es difícil de creer que contara el Gobierno es con que los controladores fueran a ser tan estúpidos como para abandonar masiva y abruptamente el servicio, regalándole así un conflicto sin matices en el que ya nada había que hablar porque al tirar por esa calle de en medio habían transformado un problema laboral en una emergencia nacional. Sólo un grupo con una tasa tan alta de majaderos como este, en el que lo peor del matonismo sindical se matrimonia con la insolidaridad diletante de los nuevos ricos, podía ignorar que el obligado cierre del espacio aéreo tenía la carga simbólica de un jaque al Estado. «¿Dónde cojones dice que seamos vuestros esclavos?», escribió en su blog la controladora Cristina Antón durante esas horas infames. Y millones de españoles le contestaron mentalmente: pues en el mismo sitio en que dice que te tengamos que pagar un dineral por hacer un trabajo que requiere muy poquitas luces y una formación limitada, guapa.

¡Claro que quienes prestan un servicio esencial para la comunidad en régimen de monopolio deben de sentirse «esclavos» de ese trabajo, en el sentido de anteponer su desempeño a cualquier otra consideración! Al menos eso les pasa a miles y miles de médicos, maestros, policías o bomberos que no cobran ni la mitad. ¿Dónde está el sentido de la responsabilidad, esa decencia básica, ese respeto a la convivencia que distingue a las personas civilizadas del homo homini lupus? El que no quiera seguir en esas condiciones, que lo diga: España está llena de personas con mucho mejores currículos que se comprometerían a «separar aviones» con más mimo y esmero, por menos dinero y sin fallar una sola vez en la vida. ¡Venga ya! ¡Ánimo fiscales, al banquillo con estos caraduras!

Al Gobierno se lo pusieron a huevo cuando ni siquiera el nominalismo de la militarización fue suficiente para que los sediciosos se bajaran del burro de su flagrante delito. Había que darles una lección que no olvidaran nunca con el respaldo de España entera. Más que un crimen, que también, aquello era ya una estupidez supina pues regalaba al peor Ejecutivo de la democracia la oportunidad soñada de tirar a pichón parado y ser aplaudido como resuelto guardián de nuestro asueto. Bravo, muchachos, os habéis lucido. Y la prueba de que, como bien sabemos, la ocasión la pintan calva, es que, tachín, tachín, atención españoles, os habla vuestro protector, progresista y solidario… ¡Alfredo Pérez Rubalcaba!

Todavía deberíamos estar frotándonos los ojos por el hecho de que quien compareciera en la televisión para comunicar a la Nación la medida legal más excepcional adoptada en tres décadas fuera quien formalmente es aún el número dos del Gobierno. La explicación de Zapatero de que él debía informar primero al Congreso es doblemente falaz: primero porque el estado de alarma conlleva intrínsecamente ir por delante del trámite parlamentario, y segundo porque la pretensión inicial del Gobierno fue que también compareciera Rubalcaba ante la Cámara y sólo bajo la amenaza del PP -con la legalidad de su lado- de exigir su intervención, el presidente dio su brazo a torcer.

Bono, que cuando se siente en plena forma -como es el caso- no da nunca titulares sin hilo, acaba de reiterar en EL MUNDO y en la Cope que «quienes analizan el mucho poder de Rubalcaba se quedan cortos» y ha añadido que la clave estriba en que «el presidente quiere que así sea». No sé si le tienen en el ajo o tan sólo intuye la tostada. Si es así su instinto coincide con el mío, pero la clave no está en la dosis de poder sino en la de protagonismo. Desde su plurinombramiento todos contábamos con que Rubalcaba volvería, como en el tardofelipismo, a dirigir la cocina durante cualquier crisis -y nadie puede discutir que este guiso tiene su genuino punto de sal-, pero lo inesperado es que haya empezado a encarnar funciones representativas propias del presidente con mucha más intensidad y prisa de lo que el Príncipe viene haciendo en relación al Rey.

Zapatero está enfermo, muy enfermo. Sufre de aluminosis política y sabe que el edificio de su «democracia bonita» está condenado a la demolición. Por eso en su fuero interno ha decidido no volver a presentarse a las elecciones -es posible que ni siquiera se haya sincerado aún con su yo exterior- y para ponerse a cubierto del reproche de dejar tirados a los suyos ha optado por poner en su lugar al preferido por el núcleo duro más sectario del partido.

Rubalcaba juega al despiste diciendo eso de que «llevo pensando mucho tiempo en la salida» y «estoy corriendo los últimos metros» con el mismo desparpajo autoconmiserativo con que el Conde-Duque de Olivares pedía a Dios que le sacara del poder «a un miserable rincón» y advertía al Rey en 1634: «Señor, no puedo más, soy uno solo, ya sin fuerza ninguna y con achaques que me traen postrado del todo». Sólo le quedaban otros nueve años en el machito.

La cúpula del PP haría bien en preparar el escenario de una dimisión de Zapatero y una investidura de Rubalcaba como presidente en 2011. De momento sus principales figuras se recrean con el chiste de la granja que contrata al vicepresidente primero como hombre para todo. Va el capataz y el primer día le dice a Rubalcaba: «Prepara estos pollos para cenar». Y Rubalcaba lo hace. El segundo día el encargo es otro: «Cubre de abono este campo». Y Rubalcaba lo hace. El tercer día llega la tarea aparentemente más fácil: «Separa en este cesto las manzanas sanas de las podridas». Pero pasan las horas y Rubalcaba no lo hace. El capataz le pide explicaciones y él lo aclara enseguida: «Para cortar cabezas y esparcir estiércol soy un hacha, pero que no me pidan distinguir el bien del mal».

El mero hecho de que este chiste parezca certero es la prueba de que el juego de los espejos y mixtificaciones de la producción operística está teniendo éxito. Es lo que ocurre cuando el teatro dentro del teatro se eleva al cuadrado o cuando un disfraz se superpone sobre el anterior. Que sea siempre una cantante quien interprete al conde Octavio no tendría mayor trascendencia si no fuera porque en el tercer acto el supuesto joven se hace pasar por mujer de forma tan estereotipada que nadie ni dentro ni fuera del escenario -con la excepción del pobre barón Ochs- parece creerse que lo sea.

Rubalcaba ha cultivado tanto la caricatura de sí mismo que hechos gravísimos ocurridos durante su actual mandato en Interior -desde el chivatazo del Faisán a la fuga consentida de Rodríguez Menéndez, pasando por la manipulación de la investigación de Gürtel- parecen amortizarse como parte de un aura mefistofélica que de puro obvia no puede ser verdad. Pero voto al espacio aéreo que la atractiva mezzosoprano norteamericana Joyce DiDonato que volverá a pisar mañana el escenario del Real es una chica y vaya que si Rubalcaba sabe distinguir el bien del mal. Ese es el problema.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.